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- Maldito reloj….maldito reloj…
No hay nada más difícil que sacarle una
antigüedad a un muerto. El cuerpo se pone en un
rigor mortis, doce horas después del primer balazo,
lo que conlleva a la consabida angustia del asesino.
- “¿Dónde lo entierro?”
Luego de seis intentos fallidos de cambio de nombre,
cambio de domicilio, había yo acabado con Nicky
Jhones. Wilkins había dado y dado vueltas al
asunto, antes de largarme la misión.
- Cristo, has mierda a Nicky Jhones.
- ¿Por qué?
- Hoy no tengo un buen día.
- Ok.
Desde esa magnífica tarde han pasado ya casi
ocho años. Ocho años en los que he vivido
aventuras, ocho años en los que he estado muchas
veces en la trena, ocho años de risa, ocho años
de dolor, ocho años de amores correspondidos
y no, ocho años de…
- Oye, ¿quieres dejar de hacer pucheros, maldito
llorón?
- Es que…Will, la vida es corta. Se me han pasado
ocho años como una gota de agua entre los dedos.
- Te has pasado los últimos diez años
drogándote con ácidos. ¿A ti que
te parece?
- Me parece que esta década ácido bastante
complicada.
- Oye, tienes que matar de una buena vez a Nicky Jhones.
- Hace ocho años que lo busco. ¿Por qué
causa?
- Por el reloj de mi padre.
- Will, tu eres huérfano. No tienes padre. –
sostuve, tratando de ser lo más cauto posible.
- Cristo, sí tengo un padre.
- Will, te criaste en el orfanato. No tienes padre.
- Cristo, todos los seres humanos tienen padre.
- Will, tu no, porque te criaron las monjas.
- Mierda, ¿quieres matar al maldito y quitarle
el reloj?
- Bueno. Pero no tienes padre, ¿estamos?
Salí raudamente de la oficina, esquivando el
cenicero. En los últimos ocho años el
buen Nicky Jhones había sido: Charles Nonstópulos,
un camionero, Nicky Gerard un diseñador de ropa,
Nicky Ortega, un mexicano, John Doe, un exitoso empresario
salido de la nada, John Smith, un agente especial del
FBI (esas cosas que se dan por contagio) y actualmente
era Cristian Stick y vendía desodorantes.
Durante esos años se había hecho tantas
cirugías que lo más fácil del mundo
era reconocerlo por la calle. Bastaba con buscar un
tipo que pareciera salido de un túnel de viento
en alguna parte de la populosa Nueva York.
Si no lo habíamos matado antes es porque el
maldito FBI se había metido hasta las orejas
en su caso. Era un “marcado” para la muerte.
Durante los primeros tres años la agencia lo
protegió. Si, ya sé que dije que fueron
ocho años de búsqueda, pero este lustro
ácido difícil.
Luego de mucho deambular de arriba hacia abajo por
la ciudad, lo encontré en su residencia, a tres
cuadras de la casa de Wilkins. Allí, desodorizado,
estaba el tipo que tenía una historia para contar,
la cual yo no sabía. Así que, como no
soy curioso, lo maté rápidamente.
Cual un artista metí su cuerpo en el baúl
de mi coche.
- Oiga fulano, le sale sangre del baúl.
- Si no quiere que sea la suya, será mejor que
no diga nada.
Este comic se está pareciendo cada vez más
a un estereotipo norteamericano….
Bueno, como tenía múltiples obligaciones,
me fui al bar, a relajarme un poco. Era hora de Happy
Hour.
- Oye, Jesús. Dame medio vaso de cerveza.
- Cristo, me tienes harto. No puedes pedir medio vaso
de cerveza para que te de uno completo.
- Oye, mexicano, es happy hour. Y el happy hour se
respeta. No estamos en tu maldito país.
- Bueno.
Así fueron pasando lentamente las horas…doce
en total. Cuando me acordé del muerto, estaba
demasiado borracho como para sacarle el reloj. Así
que ahí estaba, en el garage de Personal Jesús,
tratando de arrancarle un reloj a un muerto que se había
hinchado desmesuradamente (porque uso balas de guerra).
Si, ya sé que no tiene nada que ver, pero…¿ERES
CRITICO LITERARIO, IDIOTA?
Con las horas, con la ayuda de una sierra , pude sacar
el reloj. Me preocupé un poco, porque le rayé
un tanto el cristal, pero bueno…ya Wilkins le
encontraría otro. Y la manecilla de la cuerda.
Y algunos eslabones de la correa.
Cuando llegué a lo de Wilkins con el reloj en
la mano, mi jefe y amigo hizo un respetuoso silencio.
Tomó el reloj entre sus dedos índice y
pulgar, lo miró un segundo, y lo remachó
contra el suelo. Luego, con toda la fuerza del peso
de sus tacos, lo fue destrozando. Finalmente, agarró
el pequeño resultante y se lo pasó por
el culo. Luego de tirarlo a la basura, me dijo:
- Tenías razón, Cristo. No he tenido
padre.
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