Pedro Crabajal > ESCRITOR
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EL CRISTO / Puta Suerte ©

- Maldito reloj….maldito reloj…

No hay nada más difícil que sacarle una antigüedad a un muerto. El cuerpo se pone en un rigor mortis, doce horas después del primer balazo, lo que conlleva a la consabida angustia del asesino.

- “¿Dónde lo entierro?”

Luego de seis intentos fallidos de cambio de nombre, cambio de domicilio, había yo acabado con Nicky Jhones. Wilkins había dado y dado vueltas al asunto, antes de largarme la misión.

- Cristo, has mierda a Nicky Jhones.

- ¿Por qué?

- Hoy no tengo un buen día.

- Ok.

Desde esa magnífica tarde han pasado ya casi ocho años. Ocho años en los que he vivido aventuras, ocho años en los que he estado muchas veces en la trena, ocho años de risa, ocho años de dolor, ocho años de amores correspondidos y no, ocho años de…

- Oye, ¿quieres dejar de hacer pucheros, maldito llorón?

- Es que…Will, la vida es corta. Se me han pasado ocho años como una gota de agua entre los dedos.

- Te has pasado los últimos diez años drogándote con ácidos. ¿A ti que te parece?

- Me parece que esta década ácido bastante complicada.

- Oye, tienes que matar de una buena vez a Nicky Jhones.

- Hace ocho años que lo busco. ¿Por qué causa?

- Por el reloj de mi padre.

- Will, tu eres huérfano. No tienes padre. – sostuve, tratando de ser lo más cauto posible.

- Cristo, sí tengo un padre.

- Will, te criaste en el orfanato. No tienes padre.

- Cristo, todos los seres humanos tienen padre.

- Will, tu no, porque te criaron las monjas.

- Mierda, ¿quieres matar al maldito y quitarle el reloj?

- Bueno. Pero no tienes padre, ¿estamos?

Salí raudamente de la oficina, esquivando el cenicero. En los últimos ocho años el buen Nicky Jhones había sido: Charles Nonstópulos, un camionero, Nicky Gerard un diseñador de ropa, Nicky Ortega, un mexicano, John Doe, un exitoso empresario salido de la nada, John Smith, un agente especial del FBI (esas cosas que se dan por contagio) y actualmente era Cristian Stick y vendía desodorantes.

Durante esos años se había hecho tantas cirugías que lo más fácil del mundo era reconocerlo por la calle. Bastaba con buscar un tipo que pareciera salido de un túnel de viento en alguna parte de la populosa Nueva York.

Si no lo habíamos matado antes es porque el maldito FBI se había metido hasta las orejas en su caso. Era un “marcado” para la muerte. Durante los primeros tres años la agencia lo protegió. Si, ya sé que dije que fueron ocho años de búsqueda, pero este lustro ácido difícil.

Luego de mucho deambular de arriba hacia abajo por la ciudad, lo encontré en su residencia, a tres cuadras de la casa de Wilkins. Allí, desodorizado, estaba el tipo que tenía una historia para contar, la cual yo no sabía. Así que, como no soy curioso, lo maté rápidamente.

Cual un artista metí su cuerpo en el baúl de mi coche.

- Oiga fulano, le sale sangre del baúl.

- Si no quiere que sea la suya, será mejor que no diga nada.

Este comic se está pareciendo cada vez más a un estereotipo norteamericano….

Bueno, como tenía múltiples obligaciones, me fui al bar, a relajarme un poco. Era hora de Happy Hour.

- Oye, Jesús. Dame medio vaso de cerveza.

- Cristo, me tienes harto. No puedes pedir medio vaso de cerveza para que te de uno completo.

- Oye, mexicano, es happy hour. Y el happy hour se respeta. No estamos en tu maldito país.

- Bueno.

Así fueron pasando lentamente las horas…doce en total. Cuando me acordé del muerto, estaba demasiado borracho como para sacarle el reloj. Así que ahí estaba, en el garage de Personal Jesús, tratando de arrancarle un reloj a un muerto que se había hinchado desmesuradamente (porque uso balas de guerra). Si, ya sé que no tiene nada que ver, pero…¿ERES CRITICO LITERARIO, IDIOTA?

Con las horas, con la ayuda de una sierra , pude sacar el reloj. Me preocupé un poco, porque le rayé un tanto el cristal, pero bueno…ya Wilkins le encontraría otro. Y la manecilla de la cuerda. Y algunos eslabones de la correa.

Cuando llegué a lo de Wilkins con el reloj en la mano, mi jefe y amigo hizo un respetuoso silencio. Tomó el reloj entre sus dedos índice y pulgar, lo miró un segundo, y lo remachó contra el suelo. Luego, con toda la fuerza del peso de sus tacos, lo fue destrozando. Finalmente, agarró el pequeño resultante y se lo pasó por el culo. Luego de tirarlo a la basura, me dijo:

- Tenías razón, Cristo. No he tenido padre.




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EL CRISTO > Ilustración de Mariano Ures ©