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Siempre es bueno saber con quien te metes. Si vas a matar
a alguien, debes conocer su raza, sus gustos, su familia,
de donde procede, a donde iba...
- ¿Como te pudiste confundir a un boliviano con un
chino, idiota? -me dijo Wilkins, cuando le conté.
- Bueno, Wilkins...estamos en verano...la piel se quema...
Le decían: Anzuelo, porque una vez que la veías,
picabas. No es que fuera bella, ni siquiera linda: era más
un poco bastante...¿cómo decirlo? era más
fea que la mierda. ¡¡Pero su negocio!!
Anzuelo Rodríguez era mexicana. Tenía el prostíbulo
más respetable de la Ciudad, y si me apuran un poco,
de la Nación. Las chicas de Anzuelo eran sencillamente
espectaculares: señoritas de un metro ochenta, con
cinturas delicadas, tetas enormes, culos paradísimos,
y precio razonable. De esas que salen del cabaret y van a
pagarse la colegiatura. Un cartel colgaba sobre la entrada.
"No se aceptan matones"
y debajo
"No, Cristo, no ENTRES".
Así que entré, una tarde, para ver si me recordaban.
Anzuelo salió en persona a recibirme como si yo fuera
un presidente, un diputado, vamos, un político de influencia:
¡¡Maldito ladrón!! ¡¡Asesino!!
¡¡¡Hijo de una tal por cual!! (lo de tal
por cual lo agregué yo, en realidad anzuelo me dijo:
¡¡Hijo de monja!!...recordemos el negocio de Anzuelo)
- Hola Anzuelo...¿Cómo andas?
- Ahora peor....
- ¿Que mal te aqueja?- dije, sacando mi irresistible
sonrisa.
- Tienes un ají rojo en el diente.
- Ah, perdón, no es un ají...es un poco de
sangre...Tuve que arrancar una oreja, y bueno, ya sabes...¿Cuál
es tu problema?
- Además de tú y de lo que le hiciste a aquella
muchacha, las chinas...
- Bueno, ya es un asunto viejo...era muy puta. Además,
mi querida Anzuelo, todos hemos tenidos problemas de drogas.
Por ejemplo yo. Ayer.
- No hablo de las piedras, hablo de las chinas chinas, de
la China. De las ciudadanas de China, imbécil.
- Perfecto, no era necesario tanto explicamiento. Una de
tus chicas es drogadicta entonces....
Entendí al rato, frente a mi tercer vaso de whisky
cual era el problema.
- ¿Así que una de tus chicas es drogadicta
y china?
- No, idiota, no. Te repito. La maffia china me está
metiendo a sus chicas en el burdel, y no me dejan comisión.
- ¡¡Malditos fumadores de opio!! Los mataré
a todos.
- Solo tienes que matar a uno. Ji Kaliú o algo por
el estilo.
- Me lo tienes que marcar...tu sabes que con los chinos nunca
se sabe.
- ¿Nunca se sabe que?
- Nunca se sabe quién es quién, son todos iguales...
Me tomé cinco vasos más de whisky...La cosa
estaba brava.
- Si yo te protejo el burdel....¿me darás una
participación de lo que sacan tus chicas, verdad?
- Cinco por ciento.
- Doce.
- Siete
- Un balazo en la cabeza ahora.
- Ok, doce por ciento.
- Hecho.
Salí a buscar un poco de aire fresco y a un chino
en particular. Lo segundo es más fácil que lo
primero, recuerden que estamos en Nueva York. Y lo encontré....
Me fuí al barrio chino directamente. Quizás
ustedes desconozcan que yo hablo chino...Ah, los sorprendí.
Hablo el chino perfectamente...mejor que los chinos.
- Ji Kaliú.
- Not here, not here - me respondieron los chinos.
Y allí empecé...a hablar chino, digo. Es muy
simple aprenderlo, simplemente hay que hablar mucho con la
ele y estirar los ojitos.
- No me mieltas, maldito bastaldo. Te matalé.
- No entender nosotros.
- Valiente Samurai Crito, o sea, un selvidor, os empalalá
con su alma.
Y dicho esto les mostré mi "ruidoso".
- Esto hacel agujelos glandes en chinitos que no hablal.
Además, yo sabel karate y aikido.
Casi me matan a trompadas...Los chinos sabían de verdad
hablar chino...Y estoy seguro que uno de ellos sabía
realmente artes marciales. Mientras me pegaban, me hablaban
y no entendí demasiado. Estaba muy borracho, creo.
Por una serie de casualidades puramente causales (al otro
día cuando me pude levantar empecé a amenazar
chinos en completo estado de "sobliedad") llegué
a la cueva de Ji Kaliú. Me dieron apuntes precisos:
a 50 km. de la ciudad había otro barrio chino. Las
cosas que se entera uno conociendo gente, ¿verdad?
ah, y hay algunos chinos que pronuncian bien.
Era un lugar realmente detestable: lleno de automóviles
chiquitos, de los que consumen poco, y para peor, seguros...
Entré a lo loco, con mi arma. Abatí a uno:
- ¡¡Terminó el arroz para tí, muchacho!!
Abatí a otro.
- ¡¡Adiós, arroz adiós!!
Y luego a un tercero
- Se me terminaron los chistes, pero...¡¡Muere,
amarillo!!
Eso les pasa por pelear contra nosotros en Vietnam junto
con los Turcos. Como supuse Ji Kaliú había desaparecido.
No estaba en su guarida. Empecé a utilizar una fría
lógica: Si se había ido, estaba seguro que alguien
lo estaba buscando. Si alguien lo estaba buscando, se escondería
o disfrazaría. ¿Que hace uno para disfrazarse?
Se deja los bigotes, se pone peluca, se tiñe el pelo,
y se esconde en una multitud.
Ya sabía donde estaba.
Entonces salí del lugar. Me fuí hasta a la
quinta y Drummond....Estaba en la calle. Llevaba una riestra
de ajo al cuello. Y murió.
No saben lo parecidos que son los bolivianos a los
chinos.
EL CRISTO. Todos
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