Pedro Crabajal > ESCRITOR
 
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Metí el cigarrillo dentro de la hamburguesa. La doblé, tal como especificaba la orden, y la puse sobre el mostrador.

- Son siete dólares.

- Pero el poster dice dos dólares con cuarenta.

- Oye, estúpido, ¿quieres saber más que yo?

- Quiero hablar con el gerente.

- Ahora no se puede. El gerente está masturbándose con el catálogo de corpiños de una compañera.

- Pero…pero ¿qué es esta irrespetuosidad?

- Lo mismo le digo yo, pero el mocoso tiene 18 años y anda caliente con mi compañerita….Aquella, mire…la que está detrás de las tetas. Ni el uniforme horrible de aquí puede disimular semejante cuerazo…

- ¿Quién es el responsable de todo esto? Quiero quejarme.

- Wilkins, pero si dice algo, le patearé el culo hasta cansarme. A mi jefe se lo respeta. ¿Ok? Espere a que el imbécil del gerente se lave las manos con jabón neutro y luego charla con él. Siguiente…

Así es. Una mañana, en casa (la casa de Wilkins) mientras me ponía mi mejor batón (el de Wilkins) y mis pantuflas (las de Wilkins), caminé hacia el baño y mientras me lavaba los dientes con mi cepillo (Jo, te jodiste, creías que era el de Wilkins….era el de Rita), sentí unos ruidos extraños. Mejor dicho, dos extraños ruidos. (mi panza maldecía un brócoli de la noche anterior) El Segundo ruido era la policía.

Como soy alérgico a los policías y cada vez que charlo con uno termino preso, decidí no bajar. A eso de las tres de la tarde ya había terminado mi cuidado aseo personal, incluyendo el arma, mi diente de plata y un rizado de pelo que me daba un aire Starsky.

Bajé a la sala y me encontré a Rita, llorando a mares.

- Oye Rita, ¿donde está Wil?

Como las mujeres, cuando lloran no saben pronunciar, dijo algo como cárcel, bisbis, tu madre, no bajaste y sólo logré entender la última parte: cuándo vuelva, te agarrará de los huevos.

- Eso quiero…huevos. Revueltos, si pueden ser.

- ¿Es que no entiendes que Wilkins ha sido llevado preso?

- Vamos Rita, eso sólo pasa en las historietas. Y en los cuentitos que algunos escritores ponen en el web. Pero, ¿por qué lo han llevado preso?

- ¿Recuerdas al tipo aquél que mataste?

- Rita, necesito un poco más de información que eso…

- Al que le cortaste las manos y se las colgaste al pecho, porque había jurado que con esas mismas manos mataría a Wil…

- Ahora redujiste la cuenta a apenas cien personas. A Wilkins lo amenazaban seguido.

- Bueno, Cristo. Rubbins. Ése es. El tipo no estaba muerto.

- ¿Cómo que no estaba muerto? Si se empezó a desangrar delante de mí y lo dejé en el desierto…

- Bueno, parece que hizo dedo…ok, hizo codo y alguien lo levantó en el desierto. Lo llevó a un hospital. Le enchufaron sangre y el tipo vive. Te ha identificado, y ha identificado a Wil, además de prometerle al fulano que lo llevó un tapizado nuevo para el auto. La pasma te busca para echarte guante. Estás más frito que un pollo. ¿Se te ocurre algo?

- Sí, que te estás juntando muy seguido con nosotros. Ya hablas como un gángster. ¿Y mis huevos?

- De eso estoy hablando…¿No vas a hacer nada por Wil?

- Mmm…

No tenía sentido raptar a Wil de adentro de la trena. Perdón, de la cárcel. Esto me pasa por juntarme seguido con Rita. Tampoco tenía sentido….a lo mejor sí…bueno, yo no tenía dinero para comprar un tanque tierra - aire. Soy alérgico a los abogados, aunque bueno…podíamos comprar al mejor de la ciudad. Llamé a Troy Richards, el mejor abogado de la ciudad. Casualmente me atendió su mujer.

- Hola, Troy…

- Soy la mujer de Troy. Troy está preso por culpa de tu maldito jefe.

Defender a Wilkins en la causa aquella de vender cianuro en mal estado para envenenar enemigos había sido demasiado. Así que así estaba, más solo que un pan sin manteca, vulnerable, hecho mierda y sin trabajo. El dinero empezaba a escasear. Mi ropa comenzaba a raírse. Llegó la nieve, las tormentas de arena, los huracanes. Mi barba tocaba el suelo. Pedía mendrugos de pan por las calles de Nueva York, y lo peor de todo, es que me los daban.

- ¿No tiene un mendrugo de pan? – preguntaba yo

- ¿Un qué?

Hasta que un día, mientras tenía la cara sepultada entre las manos, sentado en la escalera, Rita me dijo.

- Hace ya medio día que Wilkins está preso y no has hecho nada, Cristo

- Estoy pensando.

- El imperio se viene abajo, los contactos no responden el teléfono. ¿Qué vas a hacer?

De repente, una idea me iluminó el cerebro. Era arriesgada, era casi imposible, y sabía que mancharía mi buen nombre y honor. Pero lo haría. Haría eso y mucho más por mi amigo.

- Ya lo tengo, Rita. Voy a trabajar. Con eso pagaré un abogado para Wil.

Luego recuperarse del ataque de risa, Rita prometió que me acompañaría. Así que conseguí un rápido trabajo en Hamburlandia, una hamburguesería de esas que…no usan armas.

Pero como el gerente era un muchacho comprensivo, y además le gustaba disparar seguido, consintió en que yo fuera armado, siempre y cuando, escondiese mi arma de su hermano, que era vicemanager y estúpido. Así pasaron los días y los años, y el aceite me fue consumiendo la piel y el pelo, y me fui pareciendo cada día más a la bola de grasa que nunca quise ser. Pero me ganaba estrellitas de productividad seguido. Digamos, cada tres cargadores completos de mis balas que se gastaba el gerente. Empecé, con los años, a desarrollar una relación de comprensión y trabajo en grupo con mis compañeros.

- Oye, Cristo, entiendo que hace dos días que trabajas aquí, pero si quieres cambiar el aceite, debes poner un bidón debajo…y además, es conveniente no cambiarlo cuando está hirviendo.

- Gracias por el aviso, idiota pedazo de un vicemanager. Por ese motivo no te llevaré al cabaret esta noche.

- Yo lo limpio.

Hasta que un día, un hombre se acercó a mi mostrador. Traía un extraño colgante, y pasaron varios segundos hasta que me dí cuenta de quién era. Al fondo del local, dos tipos me miraban y remiraban. Eran dos polis.

- Hola Señor, ¿en qué puedo servirle?

- Deseo una hamburguesa. Eso sí, ¿puede procesarla y servírmela con pajita?

- ¿El señor no tiene manos para sostener la hamburguesa?

- ¿No ve mis manos colgando de mi cuello? ¿O cree que soy contorsionista?. Vamos, tengo prisa.

- ¿Desea agregarle queso por cincuenta centavos más?

- Sí, pero que el queso esté fundido, porque sino se trabará el sorbete.

- Correcto.

Cuando fui al fondo, allí estaba mi vice gerente.

- Oye, manager. ¿Quieres probar el arma sobre un sujeto?

- Hmmm…

- Mira, es aquél.

- Hmmm…

- Con lo que le debe haber dolido que le cortaran los brazos, no va a sufrir con un balazo de morondanga, ¿verdad?

- Supongo que no va a sufrir tanto.

- Dale.

Los adolescentes son siempre difíciles de convencer, porque dudan de todo. Aquél parecía un adolescente, pero no lo era. Era un auténtico adulto: un idiota, sin dudas y con mucha seguridad sobre sí mismo. El muchacho agarró el arma. Apuntó. Y disparó.

Tres días más tarde, todo estaba como antes. Wilkins en casa, porque el principal testigo en su contra, no había podido declarar. Rubbins, muerto, como debía haber quedado en el desierto. Yo, sin trabajar, como siempre. Él único que no estaba en su lugar era mi vice gerente. Pobre muchacho. Ni siquiera recuerdo como se llama. Bien dicen que los idiotas siempre terminan en la cárcel.




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