| Metí el
cigarrillo dentro de la hamburguesa. La doblé,
tal como especificaba la orden, y la puse sobre el mostrador.
- Son siete dólares.
- Pero el poster dice dos dólares con cuarenta.
- Oye, estúpido, ¿quieres saber más
que yo?
- Quiero hablar con el gerente.
- Ahora no se puede. El gerente está masturbándose
con el catálogo de corpiños de una compañera.
- Pero…pero ¿qué es esta irrespetuosidad?
- Lo mismo le digo yo, pero el mocoso tiene 18 años
y anda caliente con mi compañerita….Aquella,
mire…la que está detrás de las tetas.
Ni el uniforme horrible de aquí puede disimular
semejante cuerazo…
- ¿Quién es el responsable de todo esto?
Quiero quejarme.
- Wilkins, pero si dice algo, le patearé el
culo hasta cansarme. A mi jefe se lo respeta. ¿Ok?
Espere a que el imbécil del gerente se lave las
manos con jabón neutro y luego charla con él.
Siguiente…
Así es. Una mañana, en casa (la casa
de Wilkins) mientras me ponía mi mejor batón
(el de Wilkins) y mis pantuflas (las de Wilkins), caminé
hacia el baño y mientras me lavaba los dientes
con mi cepillo (Jo, te jodiste, creías que era
el de Wilkins….era el de Rita), sentí unos
ruidos extraños. Mejor dicho, dos extraños
ruidos. (mi panza maldecía un brócoli
de la noche anterior) El Segundo ruido era la policía.
Como soy alérgico a los policías y cada
vez que charlo con uno termino preso, decidí
no bajar. A eso de las tres de la tarde ya había
terminado mi cuidado aseo personal, incluyendo el arma,
mi diente de plata y un rizado de pelo que me daba un
aire Starsky.
Bajé a la sala y me encontré a Rita,
llorando a mares.
- Oye Rita, ¿donde está Wil?
Como las mujeres, cuando lloran no saben pronunciar,
dijo algo como cárcel, bisbis, tu madre, no bajaste
y sólo logré entender la última
parte: cuándo vuelva, te agarrará de los
huevos.
- Eso quiero…huevos. Revueltos, si pueden ser.
- ¿Es que no entiendes que Wilkins ha sido llevado
preso?
- Vamos Rita, eso sólo pasa en las historietas.
Y en los cuentitos que algunos escritores ponen en el
web. Pero, ¿por qué lo han llevado preso?
- ¿Recuerdas al tipo aquél que mataste?
- Rita, necesito un poco más de información
que eso…
- Al que le cortaste las manos y se las colgaste al
pecho, porque había jurado que con esas mismas
manos mataría a Wil…
- Ahora redujiste la cuenta a apenas cien personas.
A Wilkins lo amenazaban seguido.
- Bueno, Cristo. Rubbins. Ése es. El tipo no
estaba muerto.
- ¿Cómo que no estaba muerto? Si se empezó
a desangrar delante de mí y lo dejé en
el desierto…
- Bueno, parece que hizo dedo…ok, hizo codo y
alguien lo levantó en el desierto. Lo llevó
a un hospital. Le enchufaron sangre y el tipo vive.
Te ha identificado, y ha identificado a Wil, además
de prometerle al fulano que lo llevó un tapizado
nuevo para el auto. La pasma te busca para echarte guante.
Estás más frito que un pollo. ¿Se
te ocurre algo?
- Sí, que te estás juntando muy seguido
con nosotros. Ya hablas como un gángster. ¿Y
mis huevos?
- De eso estoy hablando…¿No vas a hacer
nada por Wil?
- Mmm…
No tenía sentido raptar a Wil de adentro de
la trena. Perdón, de la cárcel. Esto me
pasa por juntarme seguido con Rita. Tampoco tenía
sentido….a lo mejor sí…bueno, yo
no tenía dinero para comprar un tanque tierra
- aire. Soy alérgico a los abogados, aunque bueno…podíamos
comprar al mejor de la ciudad. Llamé a Troy Richards,
el mejor abogado de la ciudad. Casualmente me atendió
su mujer.
- Hola, Troy…
- Soy la mujer de Troy. Troy está preso por
culpa de tu maldito jefe.
Defender a Wilkins en la causa aquella de vender cianuro
en mal estado para envenenar enemigos había sido
demasiado. Así que así estaba, más
solo que un pan sin manteca, vulnerable, hecho mierda
y sin trabajo. El dinero empezaba a escasear. Mi ropa
comenzaba a raírse. Llegó la nieve, las
tormentas de arena, los huracanes. Mi barba tocaba el
suelo. Pedía mendrugos de pan por las calles
de Nueva York, y lo peor de todo, es que me los daban.
- ¿No tiene un mendrugo de pan? – preguntaba
yo
- ¿Un qué?
Hasta que un día, mientras tenía la cara
sepultada entre las manos, sentado en la escalera, Rita
me dijo.
- Hace ya medio día que Wilkins está
preso y no has hecho nada, Cristo
- Estoy pensando.
- El imperio se viene abajo, los contactos no responden
el teléfono. ¿Qué vas a hacer?
De repente, una idea me iluminó el cerebro.
Era arriesgada, era casi imposible, y sabía que
mancharía mi buen nombre y honor. Pero lo haría.
Haría eso y mucho más por mi amigo.
- Ya lo tengo, Rita. Voy a trabajar. Con eso pagaré
un abogado para Wil.
Luego recuperarse del ataque de risa, Rita prometió
que me acompañaría. Así que conseguí
un rápido trabajo en Hamburlandia, una hamburguesería
de esas que…no usan armas.
Pero como el gerente era un muchacho comprensivo, y
además le gustaba disparar seguido, consintió
en que yo fuera armado, siempre y cuando, escondiese
mi arma de su hermano, que era vicemanager y estúpido.
Así pasaron los días y los años,
y el aceite me fue consumiendo la piel y el pelo, y
me fui pareciendo cada día más a la bola
de grasa que nunca quise ser. Pero me ganaba estrellitas
de productividad seguido. Digamos, cada tres cargadores
completos de mis balas que se gastaba el gerente. Empecé,
con los años, a desarrollar una relación
de comprensión y trabajo en grupo con mis compañeros.
- Oye, Cristo, entiendo que hace dos días que
trabajas aquí, pero si quieres cambiar el aceite,
debes poner un bidón debajo…y además,
es conveniente no cambiarlo cuando está hirviendo.
- Gracias por el aviso, idiota pedazo de un vicemanager.
Por ese motivo no te llevaré al cabaret esta
noche.
- Yo lo limpio.
Hasta que un día, un hombre se acercó
a mi mostrador. Traía un extraño colgante,
y pasaron varios segundos hasta que me dí cuenta
de quién era. Al fondo del local, dos tipos me
miraban y remiraban. Eran dos polis.
- Hola Señor, ¿en qué puedo servirle?
- Deseo una hamburguesa. Eso sí, ¿puede
procesarla y servírmela con pajita?
- ¿El señor no tiene manos para sostener
la hamburguesa?
- ¿No ve mis manos colgando de mi cuello? ¿O
cree que soy contorsionista?. Vamos, tengo prisa.
- ¿Desea agregarle queso por cincuenta centavos
más?
- Sí, pero que el queso esté fundido,
porque sino se trabará el sorbete.
- Correcto.
Cuando fui al fondo, allí estaba mi vice gerente.
- Oye, manager. ¿Quieres probar el arma sobre
un sujeto?
- Hmmm…
- Mira, es aquél.
- Hmmm…
- Con lo que le debe haber dolido que le cortaran los
brazos, no va a sufrir con un balazo de morondanga,
¿verdad?
- Supongo que no va a sufrir tanto.
- Dale.
Los adolescentes son siempre difíciles de convencer,
porque dudan de todo. Aquél parecía un
adolescente, pero no lo era. Era un auténtico
adulto: un idiota, sin dudas y con mucha seguridad sobre
sí mismo. El muchacho agarró el arma.
Apuntó. Y disparó.
Tres días más tarde, todo estaba como
antes. Wilkins en casa, porque el principal testigo
en su contra, no había podido declarar. Rubbins,
muerto, como debía haber quedado en el desierto.
Yo, sin trabajar, como siempre. Él único
que no estaba en su lugar era mi vice gerente. Pobre
muchacho. Ni siquiera recuerdo como se llama. Bien dicen
que los idiotas siempre terminan en la cárcel.
¿ DESEA UNA BALA EXTRA POR CINCUENTA CENTAVOS?
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