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Historias menores de gente que nunca creció ©

Si hay algo que sobra en Colonia, son los adolescentes. Pero no hablo de esa franja etaria que corresponde a lo que ahora se conoce con el pomposo nombre de “teenagers” (Palabreja que en algunos años será tan ridícula como las ahora caídas en desuso “pelafustán” “mequetrefe” y otras lindezas) Hablo de aquellas personas que nunca crecieron, aunque los años pasaran.

Por supuesto que no caeré en la obviedad de nombrar en estas páginas al enano de Meléndez (ser humano carente de apellido propio, que tomó el gentilicio de una quinta donde que se quedó a trabajar como peón, y que apareció en Colonia luego de escaparse del itinerante y famélico circo Barnumetti: “Dos perros dos, un gato que maúlla y un enano”). No, amigos, no. Hablaré de aquellos que pasando los años de la adolescencia, les importó una higa seca que los años siguieran andando y el mundo rotando y trasladándose, y recaían una y otra vez en las mismas idioteces de siempre.

A ver si aprendo.

EL CRONISTA CRUEL

Carini es periodista de profesión y cruel de alma. Se solaza llevando tinta roja a los lugares donde ha habido una pelea, o provocando a dos desconocidos para fomentar una pelea. Creo que tiene un futuro prometedor en algún canal de Buenos Aires.

Lamentablemente para las mujeres, Carini es un tipo pintón. Digo lamentablemente porque el tipo también se solaza haciendo sufrir a las mujeres en sobremanera: las termina convenciendo que es incapaz de amar a una sola, y por eso lo veíamos por la calle, caminando del brazo de una mina y con una turbamulta llorosa y doliente de mujeres detrás.

Hace poco lo encontré en Buenos Aires. Coincidimos en un café de la calle Corrientes. Me preguntó si no conocía a nadie en Crónica TV, le solté un par de nombres conocidos y me dijo que iba a mandar un currículum. Le pregunté que hacía en Buenos Aires.

- No vuelvo más allá.

Ni siquiera quería nombrar Colonia. Según parece, había conocido a una muchachita de dieciocho años, y había intentado enamorarla para que se entregase. La chica se entregó sin mayores trámites y sin mayor disgusto, y luego de terminar el momento de pasión, le dijo algo que lo hizo aterrar. Carini había pasado por todo con las mujeres: había pasado por los “te amo”, “fue mi primera vez” “esto no me pasa con mi marido” “vos me ponés salvaje” o los aterradores “es la primera vez que tengo un orgasmo” o “sos el hombre de mi vida”. Sin embargo, esta muchachita tuvo la inteligencia de decirle

- La verdad que me encantó. Sos bárbaro.

Según Carini, esa misma madrugada agarró el buque que lo traía a Buenos Aires, con las pocas cosas que alcanzó a juntar en una maleta. No volverá a pisar nunca más Colonia en su vida, hasta que la muchachita se case, tenga hijos y sea una realidad irrecuperable. De ser posible, que esa realidad pese ciento treinta kilos y se parezca más a un carrero que a una muchachita de dieciocho años que soltó una frase tan simple que le ha fileteado el alma a nuestro amigo periodista.

Hay adolescentes que no soportan lo pequeña que puede ser una verdad.

 

LA FAMILIA AXIOMA

No quiero develar en estas modestas páginas el verdadero apellido de la familia Axioma. Es una lástima, porque si usted quisiera pasar una tarde aburrida en Colonia, debería ir por su casa. O si usted es un humorista, podría sacar muy buenos personajes de esa familia.

Suele encontrárselos en su casa porque “La Calle es peligrosa”. Rara vez pisan el mercado “Porque uno debe encontrar lo necesario para subsistir, y punto”. Alguna vez los vi cargando un televisor gigante, y traté de sacarlos de las casillas, pero el pater familias me detuvo con una mano, y antes de que hablara me espetó “La tecnología es alegría”.

La hija de la Familia Axioma se casó joven (porque “Las mujeres no deben quedarse para vestir santos”) con un abogado que la dejó pronto porque “le gustaba más la pierna que la cena”. Con el tiempo volvió para su casa, porque “taza, taza, cada cual para su casa”. El hijo de los Axioma tenía condiciones para el fútbol, pero aunque “men sana in corpore sano”, el fútbol “son solamente veintidós idiotas corriendo detrás de un balón”. Ahora trabaja como lamedor de estampillas a domicilio.

La verdad es que no sé que pensar de la familia Axioma. A lo mejor son felices.

 

UN MALEVO DE AQUELLOS

El Malevo Gutiérrez es insoportable. Digo porque aún no se ha muerto (tiene como ciento cuatro años, o fomenta esa ilusión) y sigue jodiendo con sus malevadas, sus retruécanos (que todos conocemos y ya nos cansamos de repetir) , y su medio y medio de caña con vermú.

Ir al bar y encontrárselo requiere una gran prudencia o ignorancia. Hace unos años, cruzarse con él era pelea fija. Gracias a Dios, el resto de los adolescentes colonienses hemos aprendido la lección y ya no se pelea más afuera de los bares, o cuando se arma alguna, el Malevo no corta ni pincha, mordiéndose de rabia mientras toma su trago en la barra. Pero durante la época de apogeo del Malevo, no había fin de semana sin pelea en Colonia, y por supuesto, uno de los dos protagonistas era él.

Si no se ha muerto es porque “yerba mala nunca muere”. Los de mi edad no sabemos muy bien la historia de cómo empezó toda esta gigantesca bola de nieve, pero puede ser que el primo de un vecino de mi tío abuelo le haya dicho alguna vez al Malevo que parecía bastante valiente. Valiente era, pero peleaba pésimo: yo que he sudado alguna vez en un gimnasio practicando boxeo, lo he visto levantando las manos a la altura de la cintura, dejando el rostro descubierto, ofreciendo el mentón, canchero y sobrador, y finalmente, sentado de culo en la acera. Parecía (y era) que iniciaba las peleas para perderlas.

Digámoslo ya: el Malevo Gutiérrez era incapaz de sostener una pelea decente. No le quedan ya dientes ni muelas, le han roto infinidad de sillas en la cabeza, camina como una babosa y al igual que ella, deja un hilo de plata a su paso. No me he propuesto averiguar qué clase de líquido es. Además, según me han contado, hay pocos tipos más quejosos que él en la post pelea. Los vencidos suelen asumir con sumisión su derrota: el otro pelea mejor. No era el caso del Malevo. Además de chillar como una bestia, de llorar a cuatro mares por la rabia, el Malevo seguía provocando después de apaleado. Creo que no lo han matado por lástima, o porque nadie es tan inconsciente en Colonia.

El Malevo ligaba siempre. Lo fajaban que daba miedo y nunca aflojó en su estupidez: siguió provocando a troche y moche. No creo que le haya ganado a nadie una sola pelea, pero peleaba varias veces con los mismos estúpidos que le seguían el tren. Es bajísimo, de esqueleto enjuto y pobre, con la cabeza deformada de las piñas que ha sufrido. Ahora que se ha abandonado la costumbre de fajarlo, se me hace que pelea con el viento.

Aún hoy, a los ciento y pico de años, el Malevo Gutiérrez sigue provocando. Hace poco caí por Colonia y entré a “Chanta Cuatro”, para ver si combatía un poco el gélido frío invernal con un whisky. Estaba el Malevo. Me vio y me dijo:

- Y vos, pedazo de un pelafustán, a ver si escribís una buena vez sobre mí.

Y yo, cumplí, y le dedico estas líneas, porque sino le voy a tener que romper la jeta, y la verdad, no tengo ganas de ser tan cobarde.



HISTORIAS MENORES DE GENTE QUE NUNCA CRECIÓ.
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