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Vampiros en Colonia ©

Los Orsini eran vampiros, pero no cualquier tipo de vampiros. Eran vampiros de la vieja escuela, de esos que tienen los dientes afilados, los ojos rojos, cierta belleza salvaje que los hace irresistible al sexo opuesto. Los habitantes de Colonia los amaban.

En Colonia es imposible ser un vampiro de ésos los de las películas y andar matando indiscriminadamente. El motivo: hay poca gente. Como los Orsini vivían mudándose debido a que a los pocos meses de vivir en una ciudad los habitantes iban muriendo como moscas, y como querían afincarse en un solo lugar, tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos (digámoslo bien, vampirescos) para llevar una vida de ciudadanos decentes en Colonia.

De hecho, repito, los habitantes de Colonia amaban a los Orsini, por razones bien distintas. Chocho, el Carnicero, los amaba porque Don Orsini iba todas las noches a limpiar su carnicería sin cobrar sueldo, con la única condición de quedarse con toda la basura. Así que todas las noches Don Orsini se traía una bolsa repleta de sangre para alimentar decentemente a su familia, y si Chocho estaba generoso, un par de chorizos.

Doña Carmela Orsini, una bellísima mujer, esposa de Orsini, tenía el único servicio de desratizado de Colonia. Gracias a ella, las casas de Colonia quedaron libres de ratas y yo nunca oí de una rata, ni siquiera de un ratón de campo invadiendo una casa en toda mi infancia. Tenía una técnica muy buena para cazar. Como corresponde a los vampiros, había que llamarla de noche, esperar unos cortos minutos a que se transformara en murciélago, y corriera a la rata, atrapándola por lo general viva. Cuando terminaba su trabajo, metía a las ratas que había obtenido dentro de una bolsa de arpillera, y se iba cantando una canción rumana. Lo que si encontrábamos seguido eran ratas exprimidas como si se las hubiera hecho pasar por un cernidor. Los maledicientes también dicen que se las agarraba con los perros callejeros, pero yo nunca vi un perro exprimido, tirado en la calle.

Por los servicios prestados en Colonia por los Orsini no eran raros diálogos como el que sigue:

- Pasame la aguja que le voy a mandar medio litro a Don Orsini. Chocho está de vacaciones y no quedan ratas en la ciudad.

- ¿Otra vez? Te vas a debilitar.

- ¡¡¡ESA FAMILIA TIËNE QUE COMER!!! ¡¡Pasame la jeringa, te digo!!

Washington Orsini, el hijo mayor de los Orsini, fue, hasta su temprano retiro, mi ídolo futbolístico. Gracias a él el fútbol se juega de noche en Colonia, y éste es un dato que poca gente sabe. Como Washington no podía ir a jugar al fútbol de día y tenía grandes condiciones, en el Club Juventud armaron altas torres de iluminación que no afectaban la morfología de Washington.

Washington jugaba a todo. Cierto es que se aprovechaba de algunos de sus poderes, como la invisibilidad y la velocidad de los vampiros, pero nunca asustó a un contrario para quedarse con una pelota dividida. Se dice que lo vinieron a ver desde Nacional de Montevideo y que ya había arreglado un pase con condiciones de rey: translados a Montevideo, entrenamientos de Noche, un departamento cerca del banco de sangre de Montevideo, ataúd nuevo. Pero, la envidia nunca deja caminar al diferente, como decía René, el maricón que vivía al lado de casa, y una noche que jugaban Juventud contra Colonia A, Ramiro Celebrelli, arquero de Colonia A, vio llegar a Washington con la pelota dominada, corriendo contra el viento y cientos de patadas voladoras, y sacó una cruz de plata y con ella, se tiró a matar o morir y pinchó el muslo de Washington.

Como corresponde a los vampiros, Washington comenzó a incendiarse allí mismo. El ayudante de campo, que ya tenía prevista una situación así, lo apagó con un matafuegos que llevaba siempre a los partidos. El árbitro expulsó a Celebrelli por juego brusco, y además porque era el último hombre. Con los días, el tribunal de disciplina de la AUF determinó el alejamiento total de Celebrelli de las canchas. También ese fue el último partido de Washington. No quiso volver a jugar nunca más al fútbol, y según su madre, Washington es tan empecinado que probablemente pasarán por lo menos trescientos años antes de que vuelva a tocar una pelota.

La última causa y quizá la principal por la cual los habitantes de Colonia querían a los Orsini era la misma por la cual los quería yo: María Inés Orsini. Ah. (Perdonen el suspiro) Ah. Que mujer. Que belleza. Que piel. La niña menor de los Orsini era una mujer hecha y derecha, bastante promiscua, es verdad, pero la promiscuidad de las vampiros que están creciendo (entre los 17 y 345 años) no es algo que alborote a sus padres. Al comienzo sí alborotó a Colonia, por supuesto. Un grupo de madres presentó una queja formal en la intendencia, pero ya era tarde: María Inés había departido amablemente con el intendente y los concejales. Luego, las madres quisieron que el cura activase una marcha, una protesta, pero también llegaron demasiado tarde. El único tipo de Colonia que tenía quejas contra María Inés, era mi vecino Renée. Pero con el tiempo fueron desoidas, o quizá también, María Inés logró convencerlo.

Porque María Inés tenía amor para todos los adolescentes de Colonia, para todos los hombres mayores de Colonia, para todos los casados de Colonia. Resumiendo: para TODOS los hombres de Colonia. Terminó siendo tan común acostarse con la vampiro que no se consideraba infidelidad. Incluso las mujeres terminaron amándola más que nosotros, porque María Inés era una muchacha atenta, que salvaba matrimonios con comentarios precisos, que fomentaba noviazgos que derivaban en casamientos felices, que daba consejos a las mujeres sobre sus propios maridos. Una noche el pelado Camilión nos contó una vez la causa de su futuro casamiento:

- “Yo me estaba vistiendo y viene la vampira y me dice: ¿Vos viste a la viudita de Romero, no? Es una mujer joven y linda, vo. Dicen que anda atrás tuyo...¿Cuándo te vas a dejar de joder y casarte? “ Y yo le digo, dice…le digo: Pero, la mina dicen que está loca. Y le digo, dice: Y de vos dicen que sos raro, o loco, o tarado. Y ahí me quedé pensando, y al otro dia la fui a ver la de viuda de Romero con un ramo de rosas rojas, y ahora estamos de novios – me dijo el pelado Camilión, mientras me pasaba la tarjeta de su casamiento, guiñándome un ojo.

Desde ese momento, la señora Camilión no dejó de pasar un día sin enviarle una rosas rojas a la Vampira y de cuando en cuando, sangre. Increíblemente Camilión y señora fueron muy felices, y se llenaron de hijos.

Incluso las prostitutas amaban a María Inés: por el contrario de lo que pueda pensarse, para pasar una noche con la vampiro había que sacar turno con unos cuatro o cinco años de anticipación. El Eructo (el prostíbulo que se encuentra en el barrio de la fábrica de gaseosas) jamás tuvo tanto trabajo. Los muchachones como yo íbamos al prostíbulo a recordar las caricias de María Inés, o llegado el caso, a olvidarlas.

Era tan buena y tan comprensiva que, como no quería infectarnos de vampirismo, nos mordía la yugular, es verdad, pero poquito, y nos ponía inmediatamente un suero que le preparaba el viejo Elías, a base de ajo. Yo nunca tuve deseos de morder una yugular, y no conozco a nadie de Colonia que se haya transformado, después de estar con María Inés. Bueno, quizá un poco René.

La Vampirita mordía que daba gusto. En el momento culmine de la relación sexual, uno sentía la delicada boca de María Inés apoyando apenas los colmillos sobre la yugular, sorbiendo su medio litro de sangre espesa, rica, vívida. No, si daban ganas de hacerse vampiro para casarse con ella, como decía el paisano Ríos, que antes de conocerla era resero, y ahora tenía una finca.

Pero María Inés nos amaba a todos, y todos la amábamos. Ella no era vampiro de un solo varón. No estaba para esas cosas. Ya llegarían los quinientos años y la hora de tomar responsabilidades, y en ese entonces, elegiría a un muchacho del pueblo que le gustase, le hincaría los dientes, lo transformaría en vampiro y se casaría con él. Todos detestábamos al afortunado que todavía no había nacido.

Mientras tanto, disfrutaba de la vida y de la sexualidad tanto como podía. No se tomaba días libres ni feriados, nunca le dolía la cabeza, y no preguntaba sobre olores ni marcas de rouge. Era tan buena y tan franca que hacía debutar a los pibes que quisieran, tratándolos con un cariño y una tranquilidad que hicieron de Colonia “el lugar de las caras sonrientes”.

Con el tiempo, yo me mudé de Colonia y perdí mi derecho a visitarla. Solo los habitantes de Colonia con residencia fija en la ciudad podían visitarla. Cierto es que intenté convencerla más de una vez de que había vuelto al pago, pero era inútil, porque se acostaba también con el intendente y todos los administrativos de la intendencia.

Por eso, si usted va a Colonia, y ve muchos tipos con caras sonrientes o mujeres complacidas, no se trata de un aumento de sueldo, tampoco se trata de un hijo en camino: se trata todo de los buenos oficios de la Familia Orsini para mantener la paz y el orden, y los buenos oficios de su hija menor para mantener el amor en la ciudad.



VAMPIROS EN COLONIA.
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