Pedro Crabajal > ESCRITOR
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Un descubrimiento Inútil ©

El Ingeniero – Bichicome Colo, había hecho un descubrimiento inútil. Algunos lechuguinos, (que son muchos, porque a la gente no le queda otra que pensar que es diferente al resto), sostienen con cara enojada que ningún descubrimiento es inútil. A ésos indiferentes, el Ingeniero Colo los invitaba a leerse todos los tomos de “El Capital” de Marx, para ver si los descubrimientos eran inútiles o no. No era porque Colo fuese comunista, sino más bien porque era un tipo jodido, al que le gustaba ver como huía la gente de su rancho, echada por sus malas maneras y por sus peores olores.

La cultura popular y también yo mismo (yo también pertenezco a la cultura popular y soy, desde luego, un lechuguino que también se cree diferente) sostiene que El Ingeniero pasó a ser Bichicome en cuestión de unas semanas: el tiempo exacto que tardó su novia, Cecilia de Novacourt, en morirse. En la otra vereda está el propio interesado:

el Ingeniero – Bichicome Colo, que sostiene su teoría con una resignación que parece una venganza, pero sin ningún tipo de orgullo por haberla descubierto.

- Puras habladurías, compañero – me dijo el Ingeniero – Bichicome cuando lo entrevisté en su ranchito pobre de la playa “La oreja de negro”.

Era una hedionda pieza hecha de barro y juncos trenzados que jugaban el papel de techo, sin gas, sin agua corriente, sin luz. Era una de ésas que en Cabo Polonio salen un millón de dólares y son descriptas en los avisos para viajeros como “habitación agreste, con una vista tal que la transforma en un ambiente ideal para convivir con la naturaleza”

Por lo menos la última parte del anuncio es verdad, porque Colo convivía con la naturaleza: se levantaba al alba, se iba a dormir al crepúsculo, se moría de frío en invierno, y utilizaba como baño privado el anchísimo Río de la Plata. Porque según él, el hombre no necesita mucho para ser feliz, y el camino del hombre común hacia la felicidad, ese duro trajinar de los días y de las cosas es simplemente “puro grupo”.

El Ingeniero-Bichicome Colo me pasó un mate y me contó su secreto para que le saliera tan rico y tan espumoso. Nunca lo lavaba, y el sabor se concentraba de tal manera, que el mate se terminaba partiendo al medio. Cierto es que en veinte años viviendo en la playa, ya había gastado tres veces esa cantidad calabazas para mate, pero Colo tenía una disposición natural para fabricar mates perfectos, con incrustaciones de cosas que iba encontrando tiradas por la calle, o con grabados hechos a mano con alambres de acero. En casa tengo uno de sus mates, pero a diferencia del Ingeniero – Bichicome; nosotros , siempre que el mate está sucio, le pegamos una lavada.

Pero el motivo de mi entrevista para Radio Real no era averiguar sobre la fama de susmates, puntuales, calientes y siempre con una espumita cuyo génesis no pretendo imaginar ahora, sino la causa de su Bichicomez, Bichicomiatura, o como se llame esa forma de vida que practica el Ingeniero Colo.

- Amigo…la causa de todo no fue aquella mujer – me dice sin nombrarla, como agarrando su recuerdo con guantes – La causa de todo fue el descubrimiento. Por supuesto, es un descubrimiento tan menor que no causa el mínimo asombro, ni la mínima convicción. Algún día las personas por ahí se darán cuenta, mi amigo, que la vida está llena de cosas simples, y que el complicado es uno.

Le pedí que me contara sobre su descubrimiento. Aceptó, pero se negó a hacer una baseteórica seria sobre el descubrimiento, y me dijo que debía contentarme con elempirismo más absoluto e inapelable, utilizando como método el inductivismo: en este caso, el empirismo era él mismo y yo debía inducir que todos los hombres del mundo o casi todos (menos los linyeras por elección como él) estaban equivocados.

- Yo tenía una carrera y buen futuro por aquellos años. Como todos saben, y además dicen, yo tenía una novia y estaba arreglado para casarme con ella. Bueno, también todos saben lo que pasó: tuvo un accidente y falleció. Antes de casarme con ella yo ya tenía ganas de largar todo, porque antes de empezar la carrera me sentía mancado, o para decirlo en el castellano ampuloso que le gusta a usted, estaba harto: eligiendo la carrera que a mí me gustaba y a mi entorno, a mi mujer y a mis cosas, no era feliz. Mis amigos me daban fuerza y me pedían que no abandonase todo, porque tenía una buena causa: mi futura esposa y mi futura familia, además de mi buen nombre y honor, por supuesto. Además, yo ya estaba metido en la comisión de la construcción del puente Colonia – Buenos Aires,

cobrando sueldo. Hace poco, uno de mis compañeros se jubiló gracias a esa comisión. – me confesó, sonriendo el Ingeniero - Bichicome.

- O sea, usted siempre tuvo la idea de vivir así. Bueno, pero cuénteme su teoría, desarróllemela para que yo pueda entenderlo.

- Tranquilo. Las teorías tienen que ver con los hombres, compañero. ¿Cómo va a estudiar a un filósofo si no conoce su historia? No tiene sentido, porque en los hombres que piensan, la teoría pensada es disparada por su propia vida. Por supuesto que hay teorías mucho más populares, que tienen que ver con otro pensar.

Pero estamos en Colonia y esas teorías no nos interesan. Además no es “desde siempre” , que yo pienso así, sino desde que aplicaron en mí ciertas acciones que le voy a contar ahora.

Le dio una larga chupada a su mate de medio kilo de yerba, y recién allí por fin comenzó a largar el rollo. Según su teoría, al ser humano, el trabajo lo denigra. Aterrado por una idea tan revolucionaria, le pregunté como había llegado a esa conclusión:

- Fácil. Tome usted un ser humano con esperanzas, a eso de los dieciocho años, cuando sale de la UTU. O mejor todavía, tome usted un ser humano recibido, a los veintiséis años, como me recibí yo. Déle un trabajo en un lugar, y quémele las esperanzas, como hacen con nuestra juventud. Dígale no cada vez que tiene una idea. Dígale no cada vez que le traiga un proyecto. Aplauda la estupidez. Aplauda la burocracia. Cóbrele un precio imposible si quiere estudiar, ser distinto. Disfrute negándole posibilidades, quítele de a poco la fuerza. Ese ser humano se sentirá solo, abrumado, incapaz. En cuanto una morocha más o menos pasable le de bola, se pondrá de novio, y de un día para otro, lo verá cargado de hijos, con problemas, con hipotecas, corriendo, para ver si puede parecerse a los otros y cambiar el auto, o comprarse uno de esos telefonitos que se usan ahora, sin tiempo para preguntarse acerca de su propia felicidad.

- Pero eso tiene que ver con el capitalismo.- interrumpí y me lamenté, porque realmente lo había interrumpido.

- Capitalismo…no me haga raír, como decía mi abuela. Vamos al otro extremo dentro del mismo caso. Tome usted al mismo hombre, y acéptele todo lo que le propone. Hágalo exitoso. Hágalo ganador. Déle la mujer más linda de toda la milonga. Déle plata, status, conexiones, seguridad. Si el tipo consigue sostener todo eso, terminará loco, si no termina metiéndose un tiro entre ceja y ceja cuando todo se le caiga. O tome usted al hombre en el comunismo. Déle apenas lo que necesita para vivir. Fomente una incapacidad inmoral, y para peor, capacítelo hasta niveles insoportables: hágalo tragar todos los libros que quiera, hágalo súper médico, súper abogado, superexperto en computación. Déle un sueldo miserable, y una cuota de alimentos, como a cualquier indigente. Lo más probable es que su súper médico se haga bailarín, y en una gira junto a “José Felipe y los rumberos de Cuba” pida asilo en la embajada de Vietnam, y termine atendiendo apestados por doscientos dólares al mes. ¿Y todo por qué? Por el trabajo. Porque el hombre tiene que trabajar, ¿para alcanzar qué? No lo sé.

- Sobrevivir es una buena respuesta a su pregunta.

- Justamente. Míreme. Yo soy la prueba de que su respuesta es equivocada.

- ¿Y si todos fueran linyeras? ¿Quién les daría de comer?

- ¡¡A mí nadie me da de comer!! – renegó, pegando un talerazo sobre un cráneo de vaca - ¿O trajo usted la yerba, mocito?

- En su teoría quedan afuera los artistas. Muchos artistas hacen lo que quieren, viven como quieren, y sin embargo…

- Y sin embargo la tasa de suicidio entre los artistas sigue siendo alarmante.

Además, ¿qué artistas llegan? ¿Los buenos? ¿Los malos? Según Oscar Wilde no existen los libros malos, sino los libros mal escritos. Pero oiga, ¿usted leyó a Kafka?

- Si, y me encanta.

- Qué carajo de bueno tiene “La Metamorfosis” , me quiere decir? – me gritó exaltado. - ¿Está correctamente escrito? Sí. Y sigue siendo un libro insoportable.

- Bueno, es una obra de fama mundial…- traté de conciliar.

- Mil millones de moscas no pueden estar equivocadas al tirarse desesperadas sobre una bosta de vaca. Mi amigo, mire…ser artista no es trabajo.

- O sea, las obras de Bach son malas porque son populares. Y a Bach no había que pagarle porque lo suyo no era trabajo –interrumpí exaltado.

- ¿Son populares? Mire usted…Llueve sopa y yo con un tenedor. – se burló Colo.

Tráigame cinco personas que escuchen a Bach

- ¿No es usted un poco drástico? ¿No está el mundo conformado de pequeñas victorias y pequeñas derrotas? ¿No tiene escala de grises, usted?

- ¡¡El Mundo es blanco o negro, caballero!! ¡¡No se puede vivir entre grises!! ¡¡El mundo está así por la bendita escala de grises!! – Dijo, gritando, con el talero levantado. Por un momento creí que iba a pegarme. Pero se serenó - Volviendo a nuestro tema, nuestro individuo, harto de la vida, se pregunta a los noventa años

¿Qué hice de mi vida? ¿Por qué no trabajé un poco más y tuve un chalet?

- La otra opción sería que el mismo individuo se pregunte ¿Por qué no toqué más la arena de la playa “La oreja de negro”? – dije, sobrándolo un poco.

- Es posible que todos nos preguntemos cosas distintas. Seguramente, antes de morir yo me preguntaré muchas cosas. Pero una de las cosas que seguramente no voy a preguntarme, es si viví. Si, viví. Eso lo sé. Y no tengo la necesidad de enumerarle para que usted me crea.

- No. Seguramente ha vivido. De eso no tengo dudas – dije, señalando al cráneo de vaca.

- El abigeato no existe. La vaca es de quién la encuentra. – dijo sosteniéndome la mirada, seguro de si mismo. Harto ya de un tipo tan altanero para la propia defensa de su modo de vida (después de todo, la entrevista se realizó en su miserable casa, delante de su miserable pava

que ardía en su miserable fuego hecho a base de bosta de vaca, madera mojada y juncos secos), decidí ir definiendo la entrevista, ya con ganas de ganar la puerta, y q me encontrase San Jorge si era santo.

- Cuénteme, y al final…¿cómo cambió de vida?

- Al final, cuando…cuando falleció esta señorita…- se entrecortaba al hablar – me mi cuenta que yo tenía razón, y que la vida no tenía sentido. Entonces me vine para acá a vivir, y dejé todo, para que otros aspirantes a sueños quemados lo sufrieran.

Yo lo tuve todo, compañero. Tuve el trabajo del que se siente denigrado, cuando estudiaba, y tuve el trabajo del gavión, que anda levantando plata sin hacer nada.

Tuve la suerte de encontrar a la morocha que me daba bola cuando estaba solo, y a la más linda del baile, con la que me iba a casar. A los veintiocho años ya había vivido lo suficiente como para darme cuenta que la vida es puro grupo, que el trabajo es puro cuento, y que si vamos a sufrir, por lo menos tomémonos el trabajo de sufrir en serio. Esa es mi modesta teoría.

- Tiene usted razón, Colo…Usted tuvo mucha suerte – dije, y lo miré.

Al rato me fui de aquél lugar, a escribir esta historia. Tenía en el corazón una mezcla de odio y nostalgia, hasta que delante de la máquina, una luz cegadora, un disparo de nieve, o lo que sea, me hizo reflexionar. Me di cuenta del trasfondo y sonreí: la obstinada negación del Ingeniero-Bichicome Colo a hablar de su novia muerta, me hizo comprender que él todavía no había podido recuperarse de la pérdida y que se había contado una historia para poder sobrevivir, y se la había creído. Y sonreí con toda la boca: la historia que cuentan las señoras mientras barren la vereda, es, en parte, cierta.

Después de todo, yo también había hecho un descubrimiento inútil.


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