Pedro Crabajal > ESCRITOR
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Un actor en serio ©

Si hay algo de lo que no carece Uruguay es de buenos actores. Algún futbolista se enojará con esta sentencia definitiva, pero su exclusión no es enojosa: ya no me gusta tanto el fútbol. Además, por estos raros años que corren por el mundo, si hay un oficio que no necesita nada de publicidad, directa o indirecta, ese es el oficio de futbolista.

Joselín Dalmás era el mejor actor del Río de la Plata en el siglo XIX. Su vida transcurría en “el Vapor de la Carrera”, yendo desde Colonia a Buenos Aires y viceversa. En el filoso y agitado viaje, divertía a los pasajeros de primera clase personificando o contando historias, ya elaborando improvisaciones, ya cantando porque además de actor, poseía las dotes de cantante con registro de barítono.

Según los comentarios, se dice que Dalmás aprovechaba sus caracterizaciones para jurar amor eterno a las mujeres y así conseguir de ellas su aprobación y algunas otras cosas. Su innata facilidad para llorar, la fuerza de sus rasgos bien marcados, el tono de su voz varonil y sus aptitudes para el escenario le habían otorgado el adecuado apodo de “El Gesto”. Con semejante dotación, no era raro que las mejores familias de Colonia (y las peores también) sufrieran el asedio del actor, que pretendía despojar del bien más preciado que esas familias contenían: la virginidad de sus hijas. ¿Aclararé al lector perspicaz que semejantes precauciones eran en vano y que Dalmás, el más tenaz de los amantes, siempre conseguía lo que quería?. No, ya lo deben haber sospechado.

Durante la época de influencia de Dalmás, varias hijas de buena familia decidieron (o sus padres decidieron) ingresarlas al Convento durante algunos meses o años. Parecía una moda. Sin caer en la guarangada de nombrar a las protagonistas se pueden enumerar las causas:

a) Iban al Convento a esconder la ingravidez, para luego despedirse de su hijo, dejado en crianza a las Monjas del Congreso. En estos casos, Dalmás solía otorgar una buena suma a las monjas para que callaran y criaran a sus hijos.

b) Iban al Convento a esconderse de Dalmás, hasta que sus padres les encontraran marido.

Dalmás, que no consideraba al himen como un bien de cambio, poco caso hacía del estado civil de las mujeres, y continuaba asediándolas aún luego de casadas. Era seguidor, era persuasivo, era galante y su voz sabía adoptar los tonos exactos para lograr que las señoras y señoritas se despojaran de las ropas y ofrecieran su cuerpo a sus apetitos, ya importándoles un ápice las buenas costumbres y los comentarios, convencidas del amor y de los horribles sufrimientos que el actor, por causa de ellas, estaba padeciendo.

Pero toda esta historia sería apenas superior a una revista de chismes, si Dalmás no se hubiese encontrado con una compañera y antagonista de su mismo pelaje, que es quien colaboró para la inmortalidad del actor y para su estatua de bronce, instalada en una plaza céntrica de Colonia.

Cierta vez y huyendo desde España, cierta joven Condesa, viuda, llegóse a Colonia del Sacramento. Como le gustó el paraje, gastó sus dineros en alquilar una casa en la ciudad Vieja, mientras construía una casa a su nivel y a sus niveles, a cierta distancia de la ciudad. La acompañaba un negro gigantesco, cuyo nombre se ha perdido, que era quien la asistía en el baño diario.

Los Colonienses, afectos a las visitas, ofrecieron a la Condesa sus respetos y una obra, pagada por ellos mismos, protagonizada por Dalmás. Ni bien subió al escenario, el flechazo fue mutuo, y el actor representó para su elegida una de las mejores representaciones de Hamlet de las que se tenga memoria. Desde el fondo, el negro, armado con una enorme hoja de palmera, maliciaba, espantando las moscas.

Al llegar a su casa, una carta esperaba a Dalmás, invitándolo a ir a la casa de la ciudad vieja…Fue, llevando su corazón en la mano. No fue necesaria semejante prueba, poco después, y con apenas unos saludos como preámbulo se convirtieron en amantes.

A Dalmás lo aterraba lo que se pudiera decir de él en la ciudad. Era el amante más popular y secreto de toda Colonia, y tenía una reputación que mantener. Por eso, cuando se encontraba con la Condesa, trababa las puertas y se asustaba si escuchaba pasos en el corredor. Dicen que el negro, conocedor de estas rarezas, aprovechaba las visitas de Dalmás para hacerle malas jugadas. La Condesa, lenta pero irremediablemente, se iba hartando de las manías del actor.

También demás esta decir que la relación era vox populi. Se hablaba de ella en las pulperías y en la misa, en las tertulias ofrecidas por las señoras, se hablaba en voz baja en las camas de los matrimonios. Las precauciones de Dalmás eran, después de todo, ridículas. Sin embargo con el correr de los días, la Condesa se fue haciendo cada vez más popular: Dalmás tenía cuarenta años y la Condesa era viuda, desde la llegada de la Condesa nadie había visto merodear al actor por la casa de las niñas y señoras recatadas, y todos esperaban que el Señor diese el sello definitivo a una relación de la cual ya todos sabían.

Sin embargo, algo trágico sucedió. Una vez, ayudada por los vapores de la excitación, la Condesa rogó a Dalmás que le recitara algo mientras le demostraba su estima. Dalmás era un actor consumado, el dueño de la mejor caracterización que se tenga memoria, y apresurado por impresionar a su amada, dio a su recitativo demasiados recursos, y pocos recursos a su físico. El resultado fue que su estima fue decayendo, decayendo, decayendo y la Condesa, furiosa, lo echó de la habitación, mandándolo a traer al negro.

Dalmás hizo caso y se retiró cabizbajo de la habitación. El negro, al pasar, le sonreía.

Los días pasaban y Dalmás no tenía noticias de su amante. Comenzó a hacerse cuestionamientos de todo tipo. ¿Había dejado de amarlo su amor? No, eso era imposible, no podía suceder. Comenzó a enviarle largas misivas, que al principio la Condesa respondía con cortas evasivas, y que luego, fatalmente harta de las tediosas letras que ya no comprendía, tiraba cerradas a la basura. Para sacarse de encima a semejante amante, la Condesa se consiguió un nuevo favorito, pero Dalmás no consiguió nunca despegarse de aquél amor.

Intentando por todos los medios acercarse a su amada, Dalmás ofrecía espectáculos complejos, que dilapidaban su fortuna. Una vez, en uno de esos espectáculos, la Condesa propuso a Dalmás salir a la calle en medio de una densa lluvia, y recitar “La Tempestad”. El resultado fue una neumonía que casi lo deja mirando crecer las flores desde el otro lado.

Al tiempo, harta ya de sus imprecaciones amorosas, y de escucharlo gemir como un perro callejero debajo del farol de su cuarto mientras atendía a sus amantes, la Condesa arregló con el empresario que tenía contratado a Dalmás una larga gira por Buenos Aires y Asunción. Con eso, quizá, se olvidaría de ella.

Contrariado y como si la relación hubiese seguido, dedicó una larga carta a su amada, pidiéndole permiso para irse, pues un contrato lo ataba al empresario, y también pidiéndole disculpas por dejarla sola. La misiva nunca tuvo respuesta, y Dalmás, dejó el puerto de Colonia en medio de un silencio espectral, una noche de Junio. El amor de la condesa hacía ya mucho tiempo que se había apagado, y otros señores, menos fabulosos en sus caracterizaciones y más humanos, la festejaban.

Luego de cumplir mediocres actuaciones a lo largo de su gira, Dalmás volvió presuroso a Colonia. Al llegar se enteró que la Condesa había muerto, víctima de una rara enfermedad, dos días antes de su llegada. La noticia lo dejó de una sola pieza, y hay quienes piensan que su posterior muerte (dejó de alimentarse y de actuar, se lo veía tirado sobre un jergón) fué quizá, su último acto. El cementerio de Colonia ya no exhibe su placa, mandada a retirar por las mejores familias de la ciudad, luego de una maniobra un tanto poco sutil (al parecer, antes de morir, Dalmás escribió con lujo de detalles nombres y apellidos de sus amantes, y los dió a conocer). Nadie sabe donde están los restos de "El Gesto".

El 22 de Diciembre del 1900, Joselín Dalmás, el actor más grande que hubiera conocido el Río de la Plata, murió de amor en su casa de la Calle de los Suspiros.


UN ACTOR EN SERIO.
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