| Si hay algo
de lo que no carece Uruguay es de buenos actores. Algún
futbolista se enojará con esta sentencia definitiva,
pero su exclusión no es enojosa: ya no me gusta
tanto el fútbol. Además, por estos raros
años que corren por el mundo, si hay un oficio
que no necesita nada de publicidad, directa o indirecta,
ese es el oficio de futbolista.
Joselín Dalmás era el mejor actor del
Río de la Plata en el siglo XIX. Su vida transcurría
en “el Vapor de la Carrera”, yendo desde
Colonia a Buenos Aires y viceversa. En el filoso y agitado
viaje, divertía a los pasajeros de primera clase
personificando o contando historias, ya elaborando improvisaciones,
ya cantando porque además de actor, poseía
las dotes de cantante con registro de barítono.
Según los comentarios, se dice que Dalmás
aprovechaba sus caracterizaciones para jurar amor eterno
a las mujeres y así conseguir de ellas su aprobación
y algunas otras cosas. Su innata facilidad para llorar,
la fuerza de sus rasgos bien marcados, el tono de su
voz varonil y sus aptitudes para el escenario le habían
otorgado el adecuado apodo de “El Gesto”.
Con semejante dotación, no era raro que las mejores
familias de Colonia (y las peores también) sufrieran
el asedio del actor, que pretendía despojar del
bien más preciado que esas familias contenían:
la virginidad de sus hijas. ¿Aclararé
al lector perspicaz que semejantes precauciones eran
en vano y que Dalmás, el más tenaz de
los amantes, siempre conseguía lo que quería?.
No, ya lo deben haber sospechado.
Durante la época de influencia de Dalmás,
varias hijas de buena familia decidieron (o sus padres
decidieron) ingresarlas al Convento durante algunos
meses o años. Parecía una moda. Sin caer
en la guarangada de nombrar a las protagonistas se pueden
enumerar las causas:
a) Iban al Convento a esconder la ingravidez, para
luego despedirse de su hijo, dejado en crianza a las
Monjas del Congreso. En estos casos, Dalmás solía
otorgar una buena suma a las monjas para que callaran
y criaran a sus hijos.
b) Iban al Convento a esconderse de Dalmás,
hasta que sus padres les encontraran marido.
Dalmás, que no consideraba al himen como un
bien de cambio, poco caso hacía del estado civil
de las mujeres, y continuaba asediándolas aún
luego de casadas. Era seguidor, era persuasivo, era
galante y su voz sabía adoptar los tonos exactos
para lograr que las señoras y señoritas
se despojaran de las ropas y ofrecieran su cuerpo a
sus apetitos, ya importándoles un ápice
las buenas costumbres y los comentarios, convencidas
del amor y de los horribles sufrimientos que el actor,
por causa de ellas, estaba padeciendo.
Pero toda esta historia sería apenas superior
a una revista de chismes, si Dalmás no se hubiese
encontrado con una compañera y antagonista de
su mismo pelaje, que es quien colaboró para la
inmortalidad del actor y para su estatua de bronce,
instalada en una plaza céntrica de Colonia.
Cierta vez y huyendo desde España, cierta joven
Condesa, viuda, llegóse a Colonia del Sacramento.
Como le gustó el paraje, gastó sus dineros
en alquilar una casa en la ciudad Vieja, mientras construía
una casa a su nivel y a sus niveles, a cierta distancia
de la ciudad. La acompañaba un negro gigantesco,
cuyo nombre se ha perdido, que era quien la asistía
en el baño diario.
Los Colonienses, afectos a las visitas, ofrecieron
a la Condesa sus respetos y una obra, pagada por ellos
mismos, protagonizada por Dalmás. Ni bien subió
al escenario, el flechazo fue mutuo, y el actor representó
para su elegida una de las mejores representaciones
de Hamlet de las que se tenga memoria. Desde el fondo,
el negro, armado con una enorme hoja de palmera, maliciaba,
espantando las moscas.
Al llegar a su casa, una carta esperaba a Dalmás,
invitándolo a ir a la casa de la ciudad vieja…Fue,
llevando su corazón en la mano. No fue necesaria
semejante prueba, poco después, y con apenas
unos saludos como preámbulo se convirtieron en
amantes.
A Dalmás lo aterraba lo que se pudiera decir
de él en la ciudad. Era el amante más
popular y secreto de toda Colonia, y tenía una
reputación que mantener. Por eso, cuando se encontraba
con la Condesa, trababa las puertas y se asustaba si
escuchaba pasos en el corredor. Dicen que el negro,
conocedor de estas rarezas, aprovechaba las visitas
de Dalmás para hacerle malas jugadas. La Condesa,
lenta pero irremediablemente, se iba hartando de las
manías del actor.
También demás esta decir que la relación
era vox populi. Se hablaba de ella en las pulperías
y en la misa, en las tertulias ofrecidas por las señoras,
se hablaba en voz baja en las camas de los matrimonios.
Las precauciones de Dalmás eran, después
de todo, ridículas. Sin embargo con el correr
de los días, la Condesa se fue haciendo cada
vez más popular: Dalmás tenía cuarenta
años y la Condesa era viuda, desde la llegada
de la Condesa nadie había visto merodear al actor
por la casa de las niñas y señoras recatadas,
y todos esperaban que el Señor diese el sello
definitivo a una relación de la cual ya todos
sabían.
Sin embargo, algo trágico sucedió. Una
vez, ayudada por los vapores de la excitación,
la Condesa rogó a Dalmás que le recitara
algo mientras le demostraba su estima. Dalmás
era un actor consumado, el dueño de la mejor
caracterización que se tenga memoria, y apresurado
por impresionar a su amada, dio a su recitativo demasiados
recursos, y pocos recursos a su físico. El resultado
fue que su estima fue decayendo, decayendo, decayendo
y la Condesa, furiosa, lo echó de la habitación,
mandándolo a traer al negro.
Dalmás hizo caso y se retiró cabizbajo
de la habitación. El negro, al pasar, le sonreía.
Los días pasaban y Dalmás no tenía
noticias de su amante. Comenzó a hacerse cuestionamientos
de todo tipo. ¿Había dejado de amarlo
su amor? No, eso era imposible, no podía suceder.
Comenzó a enviarle largas misivas, que al principio
la Condesa respondía con cortas evasivas, y que
luego, fatalmente harta de las tediosas letras que ya
no comprendía, tiraba cerradas a la basura. Para
sacarse de encima a semejante amante, la Condesa se
consiguió un nuevo favorito, pero Dalmás
no consiguió nunca despegarse de aquél
amor.
Intentando por todos los medios acercarse a su amada,
Dalmás ofrecía espectáculos complejos,
que dilapidaban su fortuna. Una vez, en uno de esos
espectáculos, la Condesa propuso a Dalmás
salir a la calle en medio de una densa lluvia, y recitar
“La Tempestad”. El resultado fue una neumonía
que casi lo deja mirando crecer las flores desde el
otro lado.
Al tiempo, harta ya de sus imprecaciones amorosas,
y de escucharlo gemir como un perro callejero debajo
del farol de su cuarto mientras atendía a sus
amantes, la Condesa arregló con el empresario
que tenía contratado a Dalmás una larga
gira por Buenos Aires y Asunción. Con eso, quizá,
se olvidaría de ella.
Contrariado y como si la relación hubiese seguido,
dedicó una larga carta a su amada, pidiéndole
permiso para irse, pues un contrato lo ataba al empresario,
y también pidiéndole disculpas por dejarla
sola. La misiva nunca tuvo respuesta, y Dalmás,
dejó el puerto de Colonia en medio de un silencio
espectral, una noche de Junio. El amor de la condesa
hacía ya mucho tiempo que se había apagado,
y otros señores, menos fabulosos en sus caracterizaciones
y más humanos, la festejaban.
Luego de cumplir mediocres actuaciones a lo largo de
su gira, Dalmás volvió presuroso a Colonia.
Al llegar se enteró que la Condesa había
muerto, víctima de una rara enfermedad, dos días
antes de su llegada. La noticia lo dejó de una
sola pieza, y hay quienes piensan que su posterior muerte
(dejó de alimentarse y de actuar, se lo veía
tirado sobre un jergón) fué quizá,
su último acto. El cementerio de Colonia ya no
exhibe su placa, mandada a retirar por las mejores familias
de la ciudad, luego de una maniobra un tanto poco sutil
(al parecer, antes de morir, Dalmás escribió
con lujo de detalles nombres y apellidos de sus amantes,
y los dió a conocer). Nadie sabe donde están
los restos de "El Gesto".
El 22 de Diciembre del 1900, Joselín Dalmás,
el actor más grande que hubiera conocido el Río
de la Plata, murió de amor en su casa de la Calle
de los Suspiros.
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