|
Lo cierto es que el Vasquito estaba irremediablemente
muerto, y muerto se iba a quedar. Uno a uno sus amigos
nos fuimos yendo de la tumba, no sin dejar antes una
flor amarilla, a pedido del Vasquito, que cuando supo
que se iba a morir, nos dijo:
- Muchachos, cuando me entierren, déjenme
una flor amarilla sobre el ataúd, y otra sobre
la tierra. No se pongan en gastos más que en
eso. Dos flores.
Calculó mal el Vasco. Como no tenía familiares,
tuvimos que pagar la casa velatoria, el ataúd,
el cementerio y el crematorio. Todo por culpa de Battistesa,
porque si uno va al crematorio, ¿qué necesidad
de ser enterrado?. Pero Battistesa nos decía
que un amigo se iba a morir, y que eso nunca debe dejar
de tener cierta magia, cierta mística. La magia,
para Battistesa, Dios lo tenga en la gloria, equivalía
a que los empleados del cementerio de Colonia tirasen
la última palada de tierra, se fueran a tomar
una Fagar Cola, siguiesen con su vida durante una semana
y a la semana siguiente cremasen al Vasquito, y nos
entregasen una urna con sus restos, para tirarlos en
la Punta de San Pedro una parte, en playa Ferrando y
Playa el Caño otra, en Santa Ana otra, y la última
en el General. No es que el Vasquito fuera fanático
de Colonia del Sacramento, y quisiera dispersarse por
los cuatro puntos cardinales, sino que en todas esas
localidades el Vasquito había tenido mujeres
que lo habían querido mal, y por eso, el Vasquito
había sentenciado:
- Ya que ni siquiera se acordaron de mí cuando
estaba vivo, por ahí de muerto les ensucio
las ventanas.
Cierto es que Leimov, más conocido por Judío
Atípico (el apodo provenía de su costumbre
de vestirse ortodoxamente por lo cual Vasquito, que
era una bestia, le dijo una vez que parecía un
compadrito y Leimov, iluminado, tiró la kipaj
a la mierda y se compró un chambergo como Dios
manda, para no sacárselo nunca, ni cuando iba
a dormir. Con el tiempo complementó la vestimenta
dejando de ir a la Sinagoga y poniéndose un escarbadientes
tras otro en la boca), nos dijo que el Vasco no se iba
a enterar si no nos poníamos en gastos tan grandes.
La cosa es que Battistesa, (también conocido
como Conciencia), nos dijo que éramos
todos unos hijos de mala madre, y que si no nos poníamos
en gastos por un amigo, ya podríamos ir paladeando
las pedradas de los vecinos y amigos de Colonia, porque
hombre lo que se llama hombre es aquel que hace pata
ancha cuando se viene un Goliath de siete metros de
alto. Leimov, callado, lo miraba desde un rincón.
Las colectas para cumplir con la última voluntad
del Vasquito comenzaron semanas antes de su muerte.
Organizamos rifas, choriceadas y hasta bailongos en
el patio de la Escuela, y una sola noche pudimos alquilar
La Vermú, de Baltasar Brum, y quedarnos con el
diez por ciento de las bebidas y el cincuenta por ciento
de las entradas vendidas. Battistesa operaba siempre
como contador.
Como Conciencia Battistesa no tenía
esperado morirse, lo enterramos con más prisa
y pero igual emoción, cuando lo agarró
la Cot que venía de Montevideo, la última
noche que el Vasquito pudo venir a beber con nosotros.
Conciencia había empujado la silla
de ruedas del Vasquito, que era gordo, todo el repecho
que une Sarandí, desde Emilio Frugoni hasta la
Avenida, y allí, acodados delante del Chanta
Cuatro, brindamos por la Eterna Felicidad del amigo
que se nos iba. Battistesa apenas podía sostener
el vaso, tenía los brazos cansados, pero el alma
contenta.
- A la mierda con la muerte dijo el Vasquito,
en plena borrachera. La muerte sólo
sirve para confirmar lo inútil que es el ser
humano sostuvo, y mientras nos miraba a todos,
avisó Quiero que mis órganos
sean donados para que ayuden a un chico o a una persona
de bien a sobrevivir.
- ¡¡Viva el Vasco!! dijimos y chocamos
la última copa.
Al salir del Chanta Cuatro, algunos propusimos acomodar
al Vasco en la bajadita de Sarandí y que el mismo
impulso lo llevara hasta su casa. Alguien objetó
que la silla de ruedas no tenía frenos, pero
Cattaldi, el chachinero, alias Previsión
agarró un par de piedras grandes y las ató
con unas tripas que tenía encima para hacer chorizos,
y se las dio al Vasquito. Cuando falten cincuenta
metros para llegar a tu casa, tirá la piedra
y hacé lastre. Cuando falten veinte, tirá
la segunda y vas a frenar. No demores mucho porque vas
a terminar contra el zanjón, y no te apures mucho
porque te vas a quedar frenado en medio de la calle.
Con los buenos consejos de Previsión
, el Vasquito pudo llegar a la casa.
El que no llegó nunca a su casa fue Conciencia
Al dejar al Vasquito desanduvo sus pasos en camino a
las dos avenidas. A la altura de Baltasar Brum, Conciencia
quiso cruzar al estilo Uruguay, esto es,
el peatón pisa la cebra y el vehículo
que viene por la calle, se detiene. Demasiado abstraído
o demasiado preocupado por la futura muerte de su amigo,
se abstuvo de pensar en la propia y no se dio cuenta
que la Cot proveniente de Montevideo traía al
chofer dormido, y murió cruelmente, despedazado
por el ómnibus de doce toneladas. En declaraciones
a Radio Colonia, el chofer dijo:
- Menos mal que el pobre tipo me despertó
con el choque. Su muerte no ha sido en vano. Me quedaban
tres cuadras para llegar a la costanera, hermano,
si no lo hubiese chocado, hubiese caído con
gente y todo al agua. Derecho p´abajo.
No hubo mucha posibilidad de donar los órganos
de Conciencia, porque fue difícil
encontrar alguno completo. Algunos vecinos a veces se
costeaban hasta la Intendencia Municipal a llevar un
dedo, un par de pelos, algo de masa encefálica.
El Ingeniero Colo, alias El Bichicome (le
decían así porque se había vuelto
loco luego de que su mujer muriera también, en
un accidente automovilístico, corriendo como
coequiper de Pedro Passadore en la F-3 Sudamericana),
organizó un museo prolijamente diseñado
con cartones y papel maché sobre la playa La
oreja de Negro con los restos que fue encontrando
con los años de caminar Baltasar Brum. Le cobraba
entrada únicamente a los porteños.
Con celeridad enterramos lo que quedaba de Battistesa.
Bastó una cajita de fósforos como ataúd,
y estábamos todos presentes, cariacontecidos,
consumidos por la pena. El Vasquito, que todavía
no había partido rumbo al hospital, dijo unas
palabras, pidió que lo inclináramos cerca
de la tierra, y con una cucharita de café, hizo
el pozo necesario para enterrar a Battistesa en lo que
siempre será su última morada.
Cuando le llegó el turno al Vasquito de morir,
nos miró a todos y nos impuso una obligación.
A Leimov le impuso ir a buscar al Pibe, un chico argentino
que se había escapado de Buenos Aires escondido
en el Buquebus, y criarlo. Al Ingeniero Colo le impuso
bañarse por lo menos tres veces a la semana.
A Previsión le propuso que si quería
dejar de sufrir de la gota, comiera verduras. A mí
me impuso casarme por civil y por Iglesia, como Dios
manda si es que existe. Y esta noche, luego de tres
años de la muerte del Vasquito, una vez que ya
he pronunciado mis votos al lado de la Sorda
Pérez y que ya soy un hombre de bien, que trabaja,
que espera su primer hijo, y que tiene la certidumbre
de que todo acaba en este mundo, se me ha dado por escribir,
por recordar y por llorar , recordando con alegría
y tristeza aquello que fui y que ya no seré.
FLORES EN LA TUMBA DEL VASQUITO. Todos
los derechos registrados ©
SUBIR
Volver
a CUENTOS
|