Pedro Crabajal > ESCRITOR
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EL VIAJE DE PERETTI ©

A Maria Eugenia Pérez. Con toda Justeza,
nos sobran los motivos.

Peretti me miró. Yo no sabía hacia donde rajar, y me odiaba, porque siempre me odio cuando me pasan esas cosas, como cuando hoy, que vine al bar a verme con una amiga en plan de preámbulo romántico, y me encontré con Peretti, Juan Carlos, argentino de nacimiento y profesión, crítico profesional de lo que sea, mas bien pelado, alto, bien puesto, buena percha pero insoportable en sus olores personales, (léase y entiéndase: alitosis, pie de atleta y chivo carnicero. Juro sobre una Biblia, un Corán, un Talmud y un Borges que Peretti se baña, y para peor, usa desodorante en cantidades abismales. Lo sé porque una vez cometí el error de irme con él de vacaciones, pero suda tanto que da miedo y más bien asco y ya he cometido la infidencia de decirle que chiva monstruosamente y que por su culpa casi pierdo a una morochaza en Camboriú, y que sus células se adaptan al perfume y lo combaten, y que tiene que usar un antitranspirante y no un desodorante y que la mar en coche. Al final, por semejante confidencia, cree que es mi amigo.),en fin, barbudo, carisumido, pero bastante narigueta. Trop meublé, diría Borges sobre esa cara.

Por supuesto, desde su mesa, apenas me dio tiempo de inclinar la cabeza en un gesto afirmativo, (particularmente en ese gesto que acompañado con el sonido del adverbio monosílabico correspondiente a la afirmación significa “sí” y en este caso, carente de sonido, corresponde a un “qué hacé”) y puso su negligente saco en MI mesa, aunque más correcto sería decir que lo revoleó, al punto que tuve los buenos reflejos de levantar mi taza de café media milésima de segundo antes de que mi pantalón blanco terminase marrón, y Peretti asesinado por una cuchara de postre.

- Pablo…al final me la cogí. – fue su preámbulo para iniciar la charla.

Porque para quienes lo desconocen, la vida privada de Peretti es pública. Yo sé, por ejemplo, que se masturba dos veces por día, (los días buenos tres veces) que tiene una incontenible marea de mierda en el culo que lo obliga a cagar cuatro veces por día (disculpen ustedes, disculpen, disculpen, disculpen…ad infinitum), que se le están haciendo brazos de murciélago (esos colgajos debajo de la axila que un amigo mío tuvo que recortar con una máquina de edición a una diva), que prende fuego los pedos en una actividad que ha consistido en llamar “Llamarada Moe” (debido a un capítulo de “Los Simpsons”), que es un poeta de mediocre a malo, pero seguidor como perro de sulky y más bruto que arado de palo, que no tiene incentivos en la vida, salvo la crueldad y que una vez se cagó encima en el subte. Esa descripción me ha llegado de sus propios labios y muerto estoy si no llego a divulgarla. Peretti se siente feliz de ser conocido así.

- ¿Te acordás la minita aquella…la de las tetas enormes?

- Qué hacés, Peretti.

- Bueno, resultó tener un culo enorme también. La teoría de Raúl estaba equivocada.

Raúl es Raúl De Gennaro, mi amigo, el dibujante, que cada vez que ve a Peretti, siente ganas de cometer un harakiri (la palabra correcta es “seppuku”*) pero con Peretti. La teoría de Gennaro sobre las minas es más o menos la siguiente: Después de tantos años de observar cuerpos, ha llegado a la conclusión de que salvo unas pocas privilegiadas, generalmente las minas tienen o traseros bonitos, o pechos bonitos (esto en el adecuado castellano de Raúl significa “grande y parado”). Las minas que revisten ambas condiciones, generalmente no tienen cintura. Las minas que tienen buenos pechos, buena cola y buena cintura, son bajitas. (Nunca ha sido un problema para mí eso). Las que tienen una altura normal, una buena cintura, una buena cola y unos buenos pechos, son feas de cara. Y las que tienen las cinco cualidades, tienen otras tres: son millonarias, estúpidas y peligrosas, no hay que meterse con ellas. Cualquier mina que se exceda de esta categorización aberrante y divertida, pertenece al planeta Neptuno, o no merece la atención de “mirada de escalpelo” que usualmente usan los tipos de nuestra calaña cuando mirandesvisten una mina. Atención que con los años, las minas se están cobrando: todavía me asombro, al pasar por un gimnasio, la cantidad de tipos que corren en la cinta, queriendo llegar a ninguna parte. Pero volvamos a Peretti.

Estaba exultante. Tuve que escuchar aproximadamente cinco veces la cantidad de tiempo que estuvo con la mina, las veces que lo hizo, las posiciones, las veces que se bañó para no tener “el problemita que los dos sabemos que tengo”, una detallada fotografía de la mina desnuda, (no era para nada fea) y una invitación para ir a ver el video que grabó de ella (con su consentimiento por supuesto) mientras hacían el amor.

Acepto con la promesa de ir luego, porque sé que si no lo hago hay dos opciones:

a) Se va a ofender fulero. Paso seguido, va a hacer mierda con esa excusa mi nuevo libro de cuento, tratándolo, con su lenguaje literario de “insoportable miasma asnal, hija pútrida de una mente retorcida y caprichosa, alejada de la realidad literaria. Si no entendió la fineza, se lo digo en criollo: no lo compre, porque no tiene utilidad" . Teniendo en cuenta que mi último libro es un libro para chicos que no han pasado del cuarto grado, una crítica semejante de un tipo que es respetado fuera del ambiente artístico y denostado dentro de él (como corresponde a un buen crítico), me va a dejar a las puertas mismas de la cárcel o de la inanición con la posibilidad de ganarme la vida de allí en adelante rellendo los programas de teatro de Pepe Cibrián.

b) Se va a ofender más que fulero, porque el boludo se ofende fácil. Imagine la opción a) pero multiplicada por cuatro.

Además tengo que ir a aburrirme viendo a su amante (no tengo vicio de voyeur) porque Peretti goza de algo ineludible: el convencimiento caprichoso de un niño de cinco años. Sin semejante valor, creo que su vida sexual sería nula. Alguna vez he coincidido con una mujer que ha salido con anterioridad con Peretti, pero me ha dado cierta cosa llevármela a la cama: no pude. Al final creo que me hice el gay o algo por el estilo, porque no me daba acostarme con una mina que era de alguien casi iba tirando bastante cercano como un tipo así. No me daba acostarme con ella, punto. Mezcla de asco, respeto por uno mismo, (Silogismo: si así es Peretti, ¿cómo serán las minas que andan con él?), respeto por el otro (yo sabía que le iba a joder, y si se ofendía…ver punto a y b) La mina me hablaba de él, y no sabía cómo contarme qué clase de tipo era. Se estuvo acostando con Peretti alrededor de dos meses, y por cómo hablaba, supongo que el personaje se le pegó tanto que terminó creyéndose alguna de las habladurías de este payo sin gracia. Sin embargo, la mina dijo que a veces era caballeroso, tierno y cuando no se daba cuenta, buen tipo. “A la pelota” – pensé. – “El muy gusano tiene alma todavía. Esta mina , si no está enganchada con Peretti, le pega en el palo.”

Mientras Peretti habla se le forman dos sobrecomisuras de baba en los costados de la boca, que me dan mucho asco, lo cual creo que no es un gran problema para él (que la gente le tenga asquito) porque debe estar acostumbrado. Supongo que se da cuenta, y como no tiene ambición de Rotweiller, saca un pañuelo asqueroso y se limpia cada tanto la boca. Otra tercera condición de Peretti: come basura. Recuerdo que sus amigos del secundario le decían “La Hiena” porque dormía durante tres meses, se apareaba una vez al año, y se reía de cualquier boludez. Sé que está contando algo que para él es importante, pero he desarrollado, cuando lo encuentro, una fabulosa capacidad, extraída del personaje del libro de Thomas Mann, Hannibal Lecter. Pienso en otra cosa. En este momento, mientras Peretti me habla sus fruslerías sentimentales, pienso en el tipo que debe haber debajo de éste canalla.

- ¿Y vos qué creés, Pablín? ¿Estaré enamorado?

- Ah…esas cosas..

- ¿Podés dejar de decir “ah, esas cosas” y contestarme de una buena vez? Cada vez que te pregunto algo decís “ah, esas cosas”. ¿Me estás prestando atención?

- Claro que sí, Peretti.

- ¿Estaré enamorado o no?

- Ah…esas cosas..

Pensar en Peretti enamorado es más difícil que pensar en la existencia de ratas en la luna. Desde que lo conozco se ha enamorado de todas las que le han dado un cacho de bolilla, lo cual significa que no se ha enamorado de ninguna. Tiene buen gusto, ¿para qué negarlo?. O mejor dicho, las minas tienen mal gusto. Se ha levantado verdaderos camionazos, unas hembras divinas, por las cuales uno daría un pulmón. Nah..no tanto, pero estaban buenas. Me reservo el pulmón para mis dos atados diarios de cigarrillos. Sin embargo, de sus minas (de las que nos hizo conocer) le recuerdo tres: una arquitecta preciosa, recién recibida, de Belgrano y una maestrita de escuela de La Lucila que era un auténtico bombón pequeñito, y el verdadero camión antiaéreo de las fuerzas armadas de la superpotencia de Oceanía, de 1984, el libro de Wells: la doctora de Moreno, dueña de una génesis que ya hubiera querido para sí Michelle Pfeiffer (no exagero). Casadas las tres, por supuesto.

Al lado de Peretti parecían enormemente felices. Lo mimaban, le tiraban del poco pelo que le queda, jugando, le ponían apodos estúpidos, le pagaban la cena. Era un bacán, y como dice el tango, podría haber vivido de las minas si no fuera que correspondiendo a los apodos estúpidos, él también lo era, y podía dejarse pagar una noche completa de tragos, cena y telo de cinco estrellas, pero jamás podría haber dejado que una mina le llenara la heladera. Desde que lo conozco, arrastra el esqueleto por la vida, come salteado y dice que eso es una virtud, porque se revienta cada mango que tiene en gastos onerosos que no le sirven para nada, como una gran bodega vacía, donde no guarda vinos. Sé que desconfia de la amistad, porque nunca la tuvo, nunca tuvo nada para dar. Cuando ve que Raúl y yo nos reímos en sintonía o podemos trabajar perfectamente juntos con sólo hacernos un cabezazo, como una banda de rock cuando toca durante mucho tiempo junta, agarra su saco y se va, alegando citas de última hora. Esto de elaborar mientras Peretti me habla de cómo a la mina le gusta que la aten y simulen que la violan, está bueno.

- Y ahora me estoy chamuyando una que es bastante putita…

- Ah…esas cosas, Peretti.

- ¿Sos boludo vos?

El mozo trae mi cuenta. Pago la mía y la de Peretti, y me voy para casa, caminando lentamente. El día se está aburriendo de guapo, el calor está cesando y unas nubes amenazan la noche, por lo cual, esta noche voy a dormir. Mi amiga nunca llegó: prefirió quedarse a ver Forrest Gump por novena vez, al llamarme al celular antes de salir y saber que yo estaba con Peretti. “Es un revienta polvos ese tipo”. Bueno, por lo menos, eso dice la gente: cae siempre cuando alguien va a tener sexo y se va cuando uno ya no quiere tener sexo. Mejor dicho: provoca que la gente no quiera tener sexo, porque se queda charlando sobre películas que nadie vió, libros que nadie leyó, obras que nadie iría a ver y viajes que nadie quiere hacer. Todo eso matizado por el insoportable habanito negro que fuma todo el tiempo, incluso luego de haberlo apagado para que no se le agote pronto.

En medio del camino a casa me he puesto a pensar si voy a escribir esto. Me encuentro atrapado entre dos paredes. El personaje es atrapante y dudo si voy a pincelarlo bien, me parece que siempre me voy a quedar corto de palabras, porque la sensación de encontrarse con un Peretti (todos deberíamos tener uno cerca cada tanto, más precisamente, cada veinte años) es rara, una mezcla de odio y lástima y simpatía y ganas de corregirlo de una piña y ganas de irse de putas con él. Pero no lo hagan.

Si lo escribo temo parecerme a Peretti, y andar divulgando intimidades de mí y mis conocidos por todos lados. Y si no lo escribo, temo parecerme aún más a Peretti, que no dice las cosas que necesita decir, y anda diciendo pavadas todo el tiempo.

*Para los japoneses, la palabra "Harakiri" no existe. El ritual de abrirse el vientre de derecha a izquierda dos veces y ser decapitado por una suerte de "padrino benevolente" se llama "Seppukku".


EL VIAJE DE PERETTI.
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