| A
Maria Eugenia Pérez. Con toda Justeza,
nos sobran los motivos.
Peretti me miró. Yo no sabía hacia donde
rajar, y me odiaba, porque siempre me odio cuando me
pasan esas cosas, como cuando hoy, que vine al bar a
verme con una amiga en plan de preámbulo romántico,
y me encontré con Peretti, Juan Carlos, argentino
de nacimiento y profesión, crítico profesional
de lo que sea, mas bien pelado, alto, bien puesto, buena
percha pero insoportable en sus olores personales, (léase
y entiéndase: alitosis, pie de atleta y chivo
carnicero. Juro sobre una Biblia, un Corán, un
Talmud y un Borges que Peretti se baña, y para
peor, usa desodorante en cantidades abismales. Lo sé
porque una vez cometí el error de irme con él
de vacaciones, pero suda tanto que da miedo y más
bien asco y ya he cometido la infidencia de decirle
que chiva monstruosamente y que por su culpa casi pierdo
a una morochaza en Camboriú, y que sus células
se adaptan al perfume y lo combaten, y que tiene que
usar un antitranspirante y no un desodorante y que la
mar en coche. Al final, por semejante confidencia, cree
que es mi amigo.),en fin, barbudo, carisumido, pero
bastante narigueta. Trop meublé, diría
Borges sobre esa cara.
Por supuesto, desde su mesa, apenas me dio tiempo de
inclinar la cabeza en un gesto afirmativo, (particularmente
en ese gesto que acompañado con el sonido del
adverbio monosílabico correspondiente a la afirmación
significa “sí” y en este caso, carente
de sonido, corresponde a un “qué hacé”)
y puso su negligente saco en MI mesa, aunque más
correcto sería decir que lo revoleó, al
punto que tuve los buenos reflejos de levantar mi taza
de café media milésima de segundo antes
de que mi pantalón blanco terminase marrón,
y Peretti asesinado por una cuchara de postre.
- Pablo…al final me la cogí. – fue
su preámbulo para iniciar la charla.
Porque para quienes lo desconocen, la vida privada
de Peretti es pública. Yo sé, por ejemplo,
que se masturba dos veces por día, (los días
buenos tres veces) que tiene una incontenible marea
de mierda en el culo que lo obliga a cagar cuatro veces
por día (disculpen ustedes, disculpen, disculpen,
disculpen…ad infinitum), que se le están
haciendo brazos de murciélago (esos colgajos
debajo de la axila que un amigo mío tuvo que
recortar con una máquina de edición a
una diva), que prende fuego los pedos en una actividad
que ha consistido en llamar “Llamarada Moe”
(debido a un capítulo de “Los Simpsons”),
que es un poeta de mediocre a malo, pero seguidor como
perro de sulky y más bruto que arado de palo,
que no tiene incentivos en la vida, salvo la crueldad
y que una vez se cagó encima en el subte. Esa
descripción me ha llegado de sus propios labios
y muerto estoy si no llego a divulgarla. Peretti se
siente feliz de ser conocido así.
- ¿Te acordás la minita aquella…la
de las tetas enormes?
- Qué hacés, Peretti.
- Bueno, resultó tener un culo enorme también.
La teoría de Raúl estaba equivocada.
Raúl es Raúl De Gennaro, mi amigo, el
dibujante, que cada vez que ve a Peretti, siente ganas
de cometer un harakiri (la palabra correcta es “seppuku”*)
pero con Peretti. La teoría de Gennaro sobre
las minas es más o menos la siguiente: Después
de tantos años de observar cuerpos, ha llegado
a la conclusión de que salvo unas pocas privilegiadas,
generalmente las minas tienen o traseros bonitos, o
pechos bonitos (esto en el adecuado castellano de Raúl
significa “grande y parado”). Las minas
que revisten ambas condiciones, generalmente no tienen
cintura. Las minas que tienen buenos pechos, buena cola
y buena cintura, son bajitas. (Nunca ha sido un problema
para mí eso). Las que tienen una altura normal,
una buena cintura, una buena cola y unos buenos pechos,
son feas de cara. Y las que tienen las cinco cualidades,
tienen otras tres: son millonarias, estúpidas
y peligrosas, no hay que meterse con ellas. Cualquier
mina que se exceda de esta categorización aberrante
y divertida, pertenece al planeta Neptuno, o no merece
la atención de “mirada de escalpelo”
que usualmente usan los tipos de nuestra calaña
cuando mirandesvisten una mina. Atención que
con los años, las minas se están cobrando:
todavía me asombro, al pasar por un gimnasio,
la cantidad de tipos que corren en la cinta, queriendo
llegar a ninguna parte. Pero volvamos a Peretti.
Estaba exultante. Tuve que escuchar aproximadamente
cinco veces la cantidad de tiempo que estuvo con la
mina, las veces que lo hizo, las posiciones, las veces
que se bañó para no tener “el problemita
que los dos sabemos que tengo”, una detallada
fotografía de la mina desnuda, (no era para nada
fea) y una invitación para ir a ver el video
que grabó de ella (con su consentimiento por
supuesto) mientras hacían el amor.
Acepto con la promesa de ir luego, porque sé
que si no lo hago hay dos opciones:
a) Se va a ofender fulero. Paso seguido, va a hacer
mierda con esa excusa mi nuevo libro de cuento, tratándolo,
con su lenguaje literario de “insoportable miasma
asnal, hija pútrida de una mente retorcida y
caprichosa, alejada de la realidad literaria. Si no
entendió la fineza, se lo digo en criollo: no
lo compre, porque no tiene utilidad" . Teniendo
en cuenta que mi último libro es un libro para
chicos que no han pasado del cuarto grado, una crítica
semejante de un tipo que es respetado fuera del ambiente
artístico y denostado dentro de él (como
corresponde a un buen crítico), me va a dejar
a las puertas mismas de la cárcel o de la inanición
con la posibilidad de ganarme la vida de allí
en adelante rellendo los programas de teatro de Pepe
Cibrián.
b) Se va a ofender más que fulero, porque el
boludo se ofende fácil. Imagine la opción
a) pero multiplicada por cuatro.
Además tengo que ir a aburrirme viendo a su
amante (no tengo vicio de voyeur) porque Peretti goza
de algo ineludible: el convencimiento caprichoso de
un niño de cinco años. Sin semejante valor,
creo que su vida sexual sería nula. Alguna vez
he coincidido con una mujer que ha salido con anterioridad
con Peretti, pero me ha dado cierta cosa llevármela
a la cama: no pude. Al final creo que me hice el gay
o algo por el estilo, porque no me daba acostarme con
una mina que era de alguien casi iba tirando bastante
cercano como un tipo así. No me daba acostarme
con ella, punto. Mezcla de asco, respeto por uno mismo,
(Silogismo: si así es Peretti, ¿cómo
serán las minas que andan con él?), respeto
por el otro (yo sabía que le iba a joder, y si
se ofendía…ver punto a y b) La mina me
hablaba de él, y no sabía cómo
contarme qué clase de tipo era. Se estuvo acostando
con Peretti alrededor de dos meses, y por cómo
hablaba, supongo que el personaje se le pegó
tanto que terminó creyéndose alguna de
las habladurías de este payo sin gracia. Sin
embargo, la mina dijo que a veces era caballeroso, tierno
y cuando no se daba cuenta, buen tipo. “A la pelota”
– pensé. – “El muy gusano tiene
alma todavía. Esta mina , si no está enganchada
con Peretti, le pega en el palo.”
Mientras Peretti habla se le forman dos sobrecomisuras
de baba en los costados de la boca, que me dan mucho
asco, lo cual creo que no es un gran problema para él
(que la gente le tenga asquito) porque debe estar acostumbrado.
Supongo que se da cuenta, y como no tiene ambición
de Rotweiller, saca un pañuelo asqueroso y se
limpia cada tanto la boca. Otra tercera condición
de Peretti: come basura. Recuerdo que sus amigos del
secundario le decían “La Hiena” porque
dormía durante tres meses, se apareaba una vez
al año, y se reía de cualquier boludez.
Sé que está contando algo que para él
es importante, pero he desarrollado, cuando lo encuentro,
una fabulosa capacidad, extraída del personaje
del libro de Thomas Mann, Hannibal Lecter. Pienso en
otra cosa. En este momento, mientras Peretti me habla
sus fruslerías sentimentales, pienso en el tipo
que debe haber debajo de éste canalla.
- ¿Y vos qué creés, Pablín?
¿Estaré enamorado?
- Ah…esas cosas..
- ¿Podés dejar de decir “ah, esas
cosas” y contestarme de una buena vez? Cada vez
que te pregunto algo decís “ah, esas cosas”.
¿Me estás prestando atención?
- Claro que sí, Peretti.
- ¿Estaré enamorado o no?
- Ah…esas cosas..
Pensar en Peretti enamorado es más difícil
que pensar en la existencia de ratas en la luna. Desde
que lo conozco se ha enamorado de todas las que le han
dado un cacho de bolilla, lo cual significa que no se
ha enamorado de ninguna. Tiene buen gusto, ¿para
qué negarlo?. O mejor dicho, las minas tienen
mal gusto. Se ha levantado verdaderos camionazos, unas
hembras divinas, por las cuales uno daría un
pulmón. Nah..no tanto, pero estaban buenas. Me
reservo el pulmón para mis dos atados diarios
de cigarrillos. Sin embargo, de sus minas (de las que
nos hizo conocer) le recuerdo tres: una arquitecta preciosa,
recién recibida, de Belgrano y una maestrita
de escuela de La Lucila que era un auténtico
bombón pequeñito, y el verdadero camión
antiaéreo de las fuerzas armadas de la superpotencia
de Oceanía, de 1984, el libro de Wells: la doctora
de Moreno, dueña de una génesis que ya
hubiera querido para sí Michelle Pfeiffer (no
exagero). Casadas las tres, por supuesto.
Al lado de Peretti parecían enormemente felices.
Lo mimaban, le tiraban del poco pelo que le queda, jugando,
le ponían apodos estúpidos, le pagaban
la cena. Era un bacán, y como dice el tango,
podría haber vivido de las minas si no fuera
que correspondiendo a los apodos estúpidos, él
también lo era, y podía dejarse pagar
una noche completa de tragos, cena y telo de cinco estrellas,
pero jamás podría haber dejado que una
mina le llenara la heladera. Desde que lo conozco, arrastra
el esqueleto por la vida, come salteado y dice que eso
es una virtud, porque se revienta cada mango que tiene
en gastos onerosos que no le sirven para nada, como
una gran bodega vacía, donde no guarda vinos.
Sé que desconfia de la amistad, porque nunca
la tuvo, nunca tuvo nada para dar. Cuando ve que Raúl
y yo nos reímos en sintonía o podemos
trabajar perfectamente juntos con sólo hacernos
un cabezazo, como una banda de rock cuando toca durante
mucho tiempo junta, agarra su saco y se va, alegando
citas de última hora. Esto de elaborar mientras
Peretti me habla de cómo a la mina le gusta que
la aten y simulen que la violan, está bueno.
- Y ahora me estoy chamuyando una que es bastante putita…
- Ah…esas cosas, Peretti.
- ¿Sos boludo vos?
El mozo trae mi cuenta. Pago la mía y la de
Peretti, y me voy para casa, caminando lentamente. El
día se está aburriendo de guapo, el calor
está cesando y unas nubes amenazan la noche,
por lo cual, esta noche voy a dormir. Mi amiga nunca
llegó: prefirió quedarse a ver Forrest
Gump por novena vez, al llamarme al celular antes de
salir y saber que yo estaba con Peretti. “Es un
revienta polvos ese tipo”. Bueno, por lo menos,
eso dice la gente: cae siempre cuando alguien va a tener
sexo y se va cuando uno ya no quiere tener sexo. Mejor
dicho: provoca que la gente no quiera tener sexo, porque
se queda charlando sobre películas que nadie
vió, libros que nadie leyó, obras que
nadie iría a ver y viajes que nadie quiere hacer.
Todo eso matizado por el insoportable habanito negro
que fuma todo el tiempo, incluso luego de haberlo apagado
para que no se le agote pronto.
En medio del camino a casa me he puesto a pensar si
voy a escribir esto. Me encuentro atrapado entre dos
paredes. El personaje es atrapante y dudo si voy a pincelarlo
bien, me parece que siempre me voy a quedar corto de
palabras, porque la sensación de encontrarse
con un Peretti (todos deberíamos tener uno cerca
cada tanto, más precisamente, cada veinte años)
es rara, una mezcla de odio y lástima y simpatía
y ganas de corregirlo de una piña y ganas de
irse de putas con él. Pero no lo hagan.
Si lo escribo temo parecerme a Peretti, y andar divulgando
intimidades de mí y mis conocidos por todos lados.
Y si no lo escribo, temo parecerme aún más
a Peretti, que no dice las cosas que necesita decir,
y anda diciendo pavadas todo el tiempo.
*Para los japoneses, la palabra "Harakiri"
no existe. El ritual de abrirse el vientre de derecha
a izquierda dos veces y ser decapitado por una suerte
de "padrino benevolente" se llama "Seppukku".
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