| Je ne t’ai connu jamais.
Mais je sais que nous pouvions être amis.
Mi vida comenzó hace dos años. Lo triste o inevitable, es que va
a terminar el año que viene.
Soy anticuario, aunque sé muy poco de antigüedades. Tanto como
puede saber un profesor de historia, retirado, que detestaba enseñar y
que se decidió un día a pedir un año de licencia, porque
el stress lo estaba consumiendo. En ese año disfruté de los placeres
modernos durante los primeros tres meses, (a saber, marihuana, canales porno en
la tele, cultura, acompañado en los tres ritos por mi mujer). Al cuarto
mes capté, entre la nebulosa, la idea de que mi mujer se estaba hartando
de mi, que me encontrara hecho un vago, que el abuso de la marihuana me deprimiera,
y que el porno acabara siempre igual, así que me decidí a hacer
algo con mi vida y me plantee seriamente seguir mi vocación. Empecé
a comprar antigüedades para revenderlas luego; ese mercado que para otros
puede resultar trivial, para mí era único. Siempre supuse que todo
tiempo pasado fue mejor, y, ahora que estoy muriendo, la verdad es que cada vez
le encuentro más sentido a la frase. Todo tiempo pasado fue mejor ¨,
cada cosa tiene su historia, un peine puede haber sido el de Napoleón,
un simple y viejo inodoro puede haber sido el habitual receptáculo de
pensamientos del cardenal Richelieu (quien no piensa en el baño?) y necesitaba
esas cosas para tener contacto directo con las cosas que vivieron una historia
que yo no he vivido.
He dicho que voy a morir. A poco de empezar a trabajar como anticuario, recorriendo
los barrios de toda la provincia, a veces cruzando límites estatales o
provinciales, empecé a sentirme mal. No soy un fumador compulsivo, pero
me di cuenta que cada vez que fumaba sentía como que los pulmones fueran
a explotar. Una noche, insomne, como siempre, en el baño, di con unos extraños
bultos en mi espalda, cerca de la nuca. Mi mujer (es médica) se puso a
llorar. Yo no tuve precisamente una actitud valiente, cualquier cosa que tenga
que ver con morir me deprime tanto
como cualquier misa, pero no se puede decir que he enfrentado mi destino como
una gallina escapándose del cuchillo del carnicero.
Quise tener una segunda opinión a mano. El médico, un tipo joven
de suaves maneras, que me atendió me dijo que el cáncer de pulmón
me estaba matando, y que en mi lugar, el empezaría a hacer lo que siempre
había anhelado hacer con su vida. Le contesté que ya lo estaba haciendo,
me metí en el coche, y me puse a llorar. Creo que es la única vez
que he llorado así, con pena por mí mismo. He recorrido escuelas
enseñando a algunas personas a las cuales la cárcel les queda chica,
he conocido alumnos de una idiotez tal que son incapaces de entender las reglas
mínimas del pensamiento eleático; he tratado de enseñar,
sabiendo que sin las ganas de aprender es en vano y por esos motivos he llorado
por rabia, resentimiento, odio. Esa vez, solo, en mi coche, fue la primera vez
en mi vida que lloré por mí. Pero no fue un largo rato. La muerte
prevista enseña mucha filosofía, y la base de esa filosofía
es que el tiempo que pasa no se recupera, incluso ese tiempo en que se llora.
Se muere todo el tiempo, y la última muerte es solo la final. Tu, lector,
que crees comprenderme, te das cuenta que el mundo en el que empezaste a leer
esto, ya murió?
Sin ganas de compadecerme, vi que tenía que juntar una buena reserva
de antigüedades y luego venderlas, para no dejar a mi viuda desprotegida
económicamente. Entonces empecé a viajar, a veces con ella, a veces,
solo. El mejor lugar para conseguir antigüedades es aquel que no figura en
el mapa, donde el capcioso tiempo se ha detenido, donde los días todavía
son largos. Hacia ese tipo de ciudades dirigí mis cañones y mi última
fuerza.
Una noche, me dieron la dirección de una señora (previsiblemente
vieja), que vivía en un pueblo alejado. La señora era, según
mis informantes, además de vieja, francesa, desconfiada, solitaria (a fuer
de tener marido, que la dejaba sola por preferir irse a cualquier lado, léase,
el bar.) y además bien provista de cuidadas antigüedades. Con semejante
currículo, no podía dejar de ir a su casa, desempolvar mi francés,
mi voulez vous, mi enchanté; mi moi, je desirais. Me hice las dos horitas
en el auto hasta su casa, ansioso como un adolescente delante de su primera cita.
Viste alguna vez esos caminos ardorosos, donde el vapor de agua se levanta
al costado de la ruta, transformando las imágenes en un espejo infiel?
Mi viaje fue así, la ruta estaba caliente, larga, solitaria. Igualmente,
creo que si me hubiese encontrado con alguien, en ese camino, lo hubiese puteado.
El calor excesivo es algo que no tolero.
Ubiqué inmediatamente el lugar. No era una tarea sobrecogedora: pueblo
de diez manzanas, divididas en un cuadrado perfecto, apenas una pequeña
mancha de cemento en el eterno pasto de la pampa. Miré mi reloj y me puse
a mirar el barrio, buscando posibles vendedores. No era una buena hora para tocarle
el timbre a la señora francesa. Eran las dos de la tarde, la hora religiosa
de la siesta. Esperaría hasta las cuatro. Era estûpido arriesgarme
a que por interrumpir una siesta, me partieran un jarrón antiguo en la
cabeza. Puse a Vivaldi en el lector de CD, me recosté, puse el coche en
punto muerto y el aire acondicionado.
A las tres y cincuenta y nueve cerré el auto con el telecomando electrónico.
La gente comenzaba a salir de sus casas, el barrio volvía a estar en terapia
intensiva (nótese que no he dicho ¨vivo¨) y algunos chicos, pocos,
jugaban al fútbol en la calle, mientras uno en bicicleta comentaba el partido,
como si fuera un relator de radio. Uno de los pibes, que me pareció demasiado
adulto (tenía barba) como para estar jugando con chicos, le pegó
un puntinazo a la pelota, que fue a terminar en el coqueto jardín de una
señora, que salió ipso facto con un cuchillo en una mano y la pelota
y realizó una operación quirúrgica sin anestesia ahí
mismo. Partido terminado.
El comentarista deportivo pasó a mi lado y frenó su bicicleta,
llena de cintas de colores amarillas y azules en el manubrio, y con mucho acento
del interior me preguntó para qué tenía una alarma en el
auto, si ahí nadie robaba nada.
Le contesté que viajaba seguido a Buenos Aires, y que allá robaban,
y mucho. Con la mueca que hace cualquier persona vieja, una mueca que quizá
el imitaba de su padre o su abuelo, me contestó que él siempre iba
a quedarse en su pueblo.
Cuatro de la tarde. Parado en la puerta de la casa de la anciana, me di cuenta
que su mal gusto en pintura de exteriores debía ser tema de conversación
de las vecinas de enfrente, que ya estaban sacando la silla a la vereda para tomar
mate. Toqué el timbre, una vez, suave. Tardaron mucho en atenderme, como
si la casa fuera extremadamente larga hacia el fondo. Finalmente la puerta se
abrió, y una mujer de cara arrugada y pelo blanco, me preguntó,
con sus erres gangosas.
- Buenas tagdes. El señog deseaba algo?
Me presenté en francés, como un comprador de antigüedades,
a quienes unos conocidos suyos habían referido. La mención de los
nombres de esas personas bastó; se sabe que en el interior la guardia de
seguridad está compuesta por las vecinas de enfrente, que ya se habían
instalado a tomar mate con bizcochitos, y que estaban decidiendo a ver si yo era
el hijo o el amante de la vieja francesa. Escuchar ese comentario me hizo darme
cuenta que la vieja no se daba con nadie en el barrio. La vieja me invitó
a pasar, como si me hiciera pasar a un palacete, con una pequeña reverencia,
abriendo la puerta hasta que los goznes gritaron.
Verdaderamente era un palacete, pero un palacete en vías de demolición.
La sorpresa o la pena me invadieron en esa casa: un piano de cola imposible de
afinar (o reparar, llegado el caso), un Straumman, alemán, que la vieja
se había hecho traer expresamente de Alemania, para su casamiento, decoraba
la sala que en un tiempo había sido opulenta, y ahora sólo era miserable.
Algunas cosas imposibles de conseguir decoraban la sala: estatuas de marfil que
necesitaban una buena lavada, mamuskas, monedas antiguas, lámparas. La
alfombra, de estilo persa, una verdadera rareza en una casa del interior, sobresalía,
podrida, sobre un piso de madera más podrido aún. Olía en
el ambiente como a alcohol y remedios, supuse que la vieja estaba tan enferma
como yo, pero que seguramente era una hija de puta que se iba a morir después
de mí.
Solo por ese motivo dejó de caerme simpática, y me propuse maximizar
mis ganancias, tirando al suelo todos los precios que iba a pasarle. La vieja
me ofreció un café y un rato de conversación: me comentó
que estaba prácticamente sola, dado que su marido era un cretino, y que
quería vender todo porque estaba enferma, se iba a morir y no quería
dejarle ni un sous. La extrema cortedad de mi tiempo hizo que reparara poco en
ella y mucho en su casa; de ella solo recuerdo el pelo blanco y las uñas
afiladas y mugrientas.
Me sirvió el café en unas tazas de porcelana maravillosas. Se
las elogié y le pregunté si me las vendería, lo cual contestó
negativamente. Me dijo que aunque se proponía vender todo, había
cosas que había decidido dejar para una hija o una sobrina (como se notará,
yo no le prestaba atención). Conversamos sobre los franceses un buen rato,
y previsiblemente me preguntó si yo conocía la Tour Eiffel, el Boulevard
Josmin, Champs Elisées, aunque mi difusa atención se había
centrado en mirar la casa y calcular cuánto de ganancia me dejaría
aquella pequeña mina de oro. Me dije que tenía que ser más
cauto con la dueña de todo eso, y fingí interesarme en su conversación.
En eso estaba cuando vi una pequeña maravilla que no esperaba, como mirándome,
desde el descolorido mueble que la sostenía.
Era una cajita musical. Debía tener no menos de cincuenta años,
una cajita con una tecnología muy antigua y muy deliciosa. Sin tocarla
siquiera, imaginé su mecanismo, a la distancia. Cono de bronce, con pequeñas
hendiduras, por donde pasaba un pelo, también de bronce, que generaba el
sonido. Un verdadero hallazgo. La señora me hablaba y me hablaba, la interrumpí,
dejando de lado todas las artimañas del comprador. Le dije que por favor
me vendiera esa cajita musical. Algo molesta me dijo que no podía ni siquiera
mostrármela, que para hacerlo, necesitaba autorización de su marido.
Supuse que el marido era el dueño del recuerdo de familia y me puse doblemente
contento. Al parecer el buen hombre necesitaba efectivo constante, para mantener
su costumbre de ir al bar. Pensé que ni bien la poseyera, no iba a vender
nunca esa cajita musical, que sería un recuerdo para mi esposa.
La vieja dio la impresión de estar incómoda conmigo a partir
del momento en que le hablé de la caja, como si le hubiera tocado algún
recuerdo. Me preguntó qué me interesaba de la casa, (un poco secamente)
y empezamos a tasar. Era una negociante dura, pero no negligente. No sé
si conocía de antemano algunos valores del mercado de las antigüedades
o los intuía, pero las mamuskas me costaron bastante plata, al igual que
dos estatuas de marfil.
Sin embargo, yo seguía obsesionado por la cajita, y la señora,
obsesionada en decirme que sólo su marido podía mostrármela.
Por suerte o por desgracia llegó el marido. Me vio en la casa y me saludó
demasiado afectuosamente. Al contacto con su cara olí el rancio olor a
vino y a viejo. Su mujer me presentó y le contó que hacia yo ahí.
El tipo se puso loco de contento y comenzó a hacerme ofertas, algunas de
las cuales eran buenas y otras simplemente desesperadas: revistas pornográficas
de 1940 en adelante, un Ford modelo A que tenía en el fondo y al cual cambiándole
un par de cosas andaría, pin ups originales de Betty Paige, la mar. Yo
aproveché la volada para pedirle inmediatamente que me vendiera su cajita
musical. Me dijo que no tenia ningún inconveniente en hacerlo, que la cajita
era de su mujer, pero que cuando uno se casa comparte todo (eso lo dijo mirando
con odio a su mujer) y que me la podía llevar por poca plata. Su mujer
se puso loca, yo tomé la cajita entre mis manos, la revisé con amor,
vi su madera pulida que había soportado la humedad asmática de la
casa, tomé entre mis dedos a la bailarina de cristal que la decoraba, la
hice girar, la hice volver a bailar. Pero sólo por unos segundos, al parecer,
algo en la cuerda estaba fallado, quizá el tambor de bronce no hacía
buen contacto con la púa, porque el mecanismo solo giraba unos segundos,
hasta que se detenía, como trabado. Abrí la caja para revisarla,
y al dejar abierta la tapa de seda que sostenía a la bailarina, cayeron
al suelo los diez mil dólares.
El marido los contó, con la alegría del que encuentra diez mil
dólares. Esto al principio. La mujer miró a su marido. El marido
a la mujer. La alegría se le borró de la cara, el hombre se dio
cuenta en ese momento que ese dinero no le pertenecía, o quizás
le había pertenecido y su propia esposa se lo había robado. El odio
contenido, los pactos de no agresión, las banderas blancas y mi presencia
en esa casa, todo eso estaba demás. Estalló la furia contenida en
ambos: ella decía que había escondido ese dinero porque él
nunca le daba plata, mientras él decía que ella era una miserable
que los hacía pasar angustias económicas. Todo al mismo tiempo,
mientras una de las hermosas tazas de porcelana, voló por encima de la
cabeza del viejo, que demostró una impresionante destreza en esquivar antigüedades.
- Perra malparida, francesa de mierda, loca.
- Hijo de puta, volvete a tu bag de miegda, donde estan todos los bogachos como
vos.
- Claro que voy a volver, pero con esta plata!! – dijo, mostrándole
el fajo de billetes.
- Esa plata es mía.
- Vos nunca trabajaste!
- Vos tampoco.
Mientras las antiguas bombas caían yo trataba de hacer mutis por el
foro, pero al parecer, yo también formaba parte de la pelea.
- Y todo pog su culpa, pog andag metiendo la mano donde no debe, cuchaguita
de fagmacia, metido en todos los frascos. – me espetó la francesa.
-Qué cagajo vino a haceg a este pueblo? – me dijo, como si ya se
hubiese olvidado que le estaba comprando antigüedades.
Yo sabía que no me iba a ir sin la cajita y sin mis mamuskas, que ya
había pagado. Empecé a juntar mis cosas en una vieja bolsa de arpillera;
la escena, más que surrealista, parecía posmoderna. Los viejos peleando
por el dinero, yo juntando cosas deseando irme, la tarde cayendo silenciosa en
el pueblo, donde, en caso de que el viejo o la vieja me clavaran un hacha en la
espalda, nadie iría a buscarme. Supuse que ni siquiera había policía
en ese pueblo...
Traté de pasar lo más desapercibido posible mientras ellos discutían.
Me hizo recordar a un sentimiento infantil, yo hacía lo mismo cuando mis
padres discutían por alguna travesura que yo hubiese hecho. Estaba a punto
de manotear la cajita e irme, cuando el viejo me tomó del brazo. Supuse
que me iba a putear de arriba a abajo, pero me dijo:
- Cuánto le pagó a mi mujer por las cosas que se lleva?
- Quinientos pesos por estas tres cosas - dije, señalando mi bolsa de arpillera.
Sacó doscientos dólares del fajo que ya se había metido
en el bolsillo, me los metió doblados en el bolsillo de la camisa y me
dijo:
- Vaya con Dios, buen hombre. - y mirando a su mujer, grito - Quiero el divorcio,
francesa de mierda.
Antes de irme, alcancé a oír que ella le retrucaba:
- Ni siquiera estamos casados legalmente, bogacho asqueroso!!
Yo me volví a casa y le regalé la cajita musical a mi mujer.
No saben lo contenta que se puso.
EL FIN. Todos los derechos registrados
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