Pedro Crabajal > ESCRITOR
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Bien Plantée ©

Por ahí el amor era eso. Como dice la Bersuit, casi en tono de pregunta “Y el amor se hizo tal vez más traumático pero mucho más intenso”. Por ahí era esperar a que sucediera algo mágico entre nosotros, no sé…que surgieran chispazos entre las tinieblas, o que yo me comunicara con tus vidas anteriores. O que lograra de vos una frase emocionante, o que vos lograras de mi una frase inteligente…no sé…no sé, no sé, no sé. Sólo sé que no sé.

Ya sé que te revientan mis citas, mi manía de enciclopedizar todo, hasta aquello que no tiene motivo para ser cortado, pegado y archivado, y te revienta más que (te revienta sobretodo) que yo ande por el mundo buscando cajones de fruta, podridos, mojados, y los acomode con una mano sobre la vereda e imagine que me siento sobre ellos, que me mojo el culo y me queda una marca irredimible sobre un pantalón nuevo, o que me hago un siete sobre el siete, un verdadero cuarenta y nueve, aunque vos preferirías que yo no mencionase números que terminan con nueve, sobretodo, uno que empieza por sesenta y termina por nueve, porque el sexo es un tema que no debe discutirse ni escribirse, porque “por las noches la soledad desespera” y nada se sabe, nada se dice y todo se prueba.

Pero por ahí el amor era eso, y eso no era el amor para mí y ahora tengo que terminar esto que podía haber sido hermoso y ahora no lo es. Duelos circulares, espadas chinas de madera, camas de clavos. ¿Para qué prolongar en dolor un fracaso nacido de nuestras propias expectativas? Te quiero, cebrita, es imposible no quererte, pero se me hace imposible amarte, aunque a lo mejor…Detestabas que te dijera cebrita (Definición del diccionario del cerdo: “cebrita”: dícese de toda yegua rayada que no se puede montar), pero el apelativo te quedaba perfecto, pintado (a rayas), porque era muy difícil que entendieras el sexo como yo lo entiendo. Cuando hablamos de amor, hablamos de sexo. Al revés, ya no tanto. Era muy difícil acostarse con vos, porque vos querías marcar los tiempos, los ritmos, las voces y los gemidos y los pensamientos ajenos. Yo quería convertirte en un helado gigante, lamerte de los pies a la espalda, comerte el centro y el alma y quedarme con vos. Pero el sexo, cebrita, era y seguirá siendo una cosa de dos que se entienden, como dos que se paran en la calle a matarse a trompadas.

Vos pensarás que dibujo con humo mis afectos y no es así. En realidad, el dibujado con humo, el contrahecho soy yo, pero mis afectos son afectos y no hay tu tía. Los quiero, y los quiero de verdad: debe ser por eso que no me afecta que hablen mal de mis amigos, porque los conozco con pelos y señales y sé perfectamente cuáles son sus debilidades, sus horribles divertidas pasiones y perversiones. Y elijo quererlos así, como un todo, con la pata de palo y el ojo de vidrio, porque ellos me eligieron así, sin dudar, seleccionándome entre tanto ejemplar bueno, recto y argentino. Vos te enojabas porque yo censuraba a tus amigas, en realidad, no las censuraba, me daban muchísima pena, tan solas, tan budistas, tan constantes en el dolor. A todos aquellos que nos duele el mundo, cebrita, a todos, nos pasa lo mismo: no podemos dejar de hablar, como yo no puedo dejar de escribirte ahora. Yo no censuraba a tus amigas: te contaba sobre su locura, sobre su soledad, y eso te molestaba, porque la soledad era la misma que la tuya y la mía, cebrita, y viendo la soledad ajena se fomenta la propia…

No recuerdo si fue una plaza o un café, a lo mejor fue un café y vos no tenías miedo. Yo me moría de terror, porque verte caminar por la calle es saber que los autos frenan para mirarte, y que algún que otro conductor siempre tiene a mano el piropo impropio o justo para lanzarte; el piropo que no tiene un destino más o menos firme, pero una sola intención: lograr tu atención. El piropo pedrada del que pasa caminando al lado tuyo y te lo dice, para largarse luego, para largarse pronto. El piropo ganas.

Yo no te dije ninguno y te dije todos ese día en el café, porque me gustabas, porque siempre me has gustado. Ay, cebrita, si supieras lo que duele escribirte esta carta, lo que pienso en tu sonrisa, en tus ojos, en tus manos. Luego, de alguna manera misteriosa, nos fuimos acercando y yo me encontré un día con vos, en la cama, llorando porque la vida para vos no es más que sufrimiento y para mí no es más que una suma platónica de cosas que nunca podré entender: el sillón, la computadora, el piso con pelusa, los mates que me tomo, el colectivero que putea porque demoro mucho en subir, la gente que es cordial y no tanto, la espuma de afeitar agrandándose en la mano, son para mí instancias de la realidad, momentos gratos. Te puede parecer estúpido que a un tipo le parezca grato tener que levantar pelusa del suelo, o parar el colectivo, pero en todas esas cosas, en todos esos inútiles espejos (se me eriza la piel de pensar en un espejo, Borges decía que los espejos, un personaje de Borges decía que los espejos, Dios decía a través de Borges que decía a través de un personaje que decía a través de un libro que decía, a través de un librero que decía cinco pesos) hay una certeza de que todo no ha muerto, de que el mundo sigue vivo, coleando (a lo mejor es un manotazo de ahogado), y luchando.

Por eso no me puedo quedar con vos, cebrita. A lo mejor, vos tampoco querés quedarte conmigo. Dentro de las instancias de la realidad, me dí cuenta que me querías sólo por ser un buen tipo, y la verdad…yo no quiero que me quieras ni por bueno, ni por malo ni por lástima: no soy una larva del padre de tus hijos, antes quiero ser novio, quiero ser amante, quiero ser tu poesía. Quería, cebrita…quería.

Desde chico entendí que hay que pelear por lo que uno quiere, sin rasgarse los vestidos, sin apuñalar a nadie, y entender al torpe destino que quiere atropellarnos como un camello ciego. Sin embargo, alea jacta est es imposible, y el destino no tiene vinculación con nosotros mismos, no tiene nada que ver con nosotros, y ni siquiera dudo de que esté escrito, estoy seguro que no lo está. Cuando Homero Simpson se va al pasado y se sienta sobre un pez que sale del agua no está alterando a Marge en el futuro, está alterando todo el futuro, está alterando toda la totalidad del futuro, toda la suma de posibles posibles está siendo cambiada, es como cuando un viento sopla sobre la arena y transforma un médano en otro, lo único que puede hacer el médano es volver a ser médano con la ayuda del viento, y ahí lo ves, tan contento, tan simple, tan médano. Por supuesto, luego viene Gessell, Mengueche o quien sea y pone unas cuantas plantas rastreras y se acabó el destino de todos, y en mi caso, mi querida cebrita, el destino ya llegó, ya vino, ya estuvo y ahora es la hora de cambiarlo hacia otro destino, porque yo no soy un médano, aunque el viento también me arrastre.

Cuando terminaste en mi cama, en mi vieja y sucia cama, ajada de besos y preguntas, yo tenía ganas de llorar de felicidad. Sin embargo, poco a poco fui entendiendo que esa noche y esa cama donde vos lloraste y donde yo debí haber llorado, fue la excusa misma de nuestra relación, fue el punto de partida, el pitazo inicial de algo que debió haber concluido al poco o al mismo tiempo. Vos no debés cargar conmigo, es infame, es lento y la gente va a mirarte. Y por mucho que quieras sentirte orgullosa de cumplir con tu deber, no va a ser bueno, no va a ser honesto ni de tu parte ni de la mía. Así que, cebrita, te dejo.

En alguna otra parte del mundo, en algún lugar, quizá, en alguna otra silla de ruedas (electrónica o no) debe haber otra mujer, otra inválida como yo, alguien que demora los colectivos y las horas, alguien que tiene que doblar medio cuerpo para levantar la pelusa, alguien que no te produzca ni pena ni olvido, alguien a quien verdaderamente yo ame. Bien plantado sobre sus pies te estará esperando un nuevo amor, un amor que merezca la pena, un amor que elijas, y no un amor que rueda sobre la vereda, un amor que vas a tener que cuidar y empujar, un amor que tiene menos resto que el resto, un amor (mejor dicho, un tipo) paralítico, como yo.

Te quiero, pero no tanto.

Luis.


BIEN PLANTEE.
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