| Por ahí
el amor era eso. Como dice la Bersuit, casi en tono
de pregunta “Y el amor se hizo tal vez más
traumático pero mucho más intenso”.
Por ahí era esperar a que sucediera algo mágico
entre nosotros, no sé…que surgieran chispazos
entre las tinieblas, o que yo me comunicara con tus
vidas anteriores. O que lograra de vos una frase emocionante,
o que vos lograras de mi una frase inteligente…no
sé…no sé, no sé, no sé.
Sólo sé que no sé.
Ya sé que te revientan mis citas, mi manía
de enciclopedizar todo, hasta aquello que no tiene motivo
para ser cortado, pegado y archivado, y te revienta
más que (te revienta sobretodo) que yo ande por
el mundo buscando cajones de fruta, podridos, mojados,
y los acomode con una mano sobre la vereda e imagine
que me siento sobre ellos, que me mojo el culo y me
queda una marca irredimible sobre un pantalón
nuevo, o que me hago un siete sobre el siete, un verdadero
cuarenta y nueve, aunque vos preferirías que
yo no mencionase números que terminan con nueve,
sobretodo, uno que empieza por sesenta y termina por
nueve, porque el sexo es un tema que no debe discutirse
ni escribirse, porque “por las noches la soledad
desespera” y nada se sabe, nada se dice y todo
se prueba.
Pero por ahí el amor era eso, y eso no era el
amor para mí y ahora tengo que terminar esto
que podía haber sido hermoso y ahora no lo es.
Duelos circulares, espadas chinas de madera, camas de
clavos. ¿Para qué prolongar en dolor un
fracaso nacido de nuestras propias expectativas? Te
quiero, cebrita, es imposible no quererte, pero se me
hace imposible amarte, aunque a lo mejor…Detestabas
que te dijera cebrita (Definición del diccionario
del cerdo: “cebrita”: dícese de toda
yegua rayada que no se puede montar), pero el apelativo
te quedaba perfecto, pintado (a rayas), porque era muy
difícil que entendieras el sexo como yo lo entiendo.
Cuando hablamos de amor, hablamos de sexo. Al revés,
ya no tanto. Era muy difícil acostarse con vos,
porque vos querías marcar los tiempos, los ritmos,
las voces y los gemidos y los pensamientos ajenos. Yo
quería convertirte en un helado gigante, lamerte
de los pies a la espalda, comerte el centro y el alma
y quedarme con vos. Pero el sexo, cebrita, era y seguirá
siendo una cosa de dos que se entienden, como dos que
se paran en la calle a matarse a trompadas.
Vos pensarás que dibujo con humo mis afectos
y no es así. En realidad, el dibujado con humo,
el contrahecho soy yo, pero mis afectos son afectos
y no hay tu tía. Los quiero, y los quiero de
verdad: debe ser por eso que no me afecta que hablen
mal de mis amigos, porque los conozco con pelos y señales
y sé perfectamente cuáles son sus debilidades,
sus horribles divertidas pasiones y perversiones. Y
elijo quererlos así, como un todo, con la pata
de palo y el ojo de vidrio, porque ellos me eligieron
así, sin dudar, seleccionándome entre
tanto ejemplar bueno, recto y argentino. Vos te enojabas
porque yo censuraba a tus amigas, en realidad, no las
censuraba, me daban muchísima pena, tan solas,
tan budistas, tan constantes en el dolor. A todos aquellos
que nos duele el mundo, cebrita, a todos, nos pasa lo
mismo: no podemos dejar de hablar, como yo no puedo
dejar de escribirte ahora. Yo no censuraba a tus amigas:
te contaba sobre su locura, sobre su soledad, y eso
te molestaba, porque la soledad era la misma que la
tuya y la mía, cebrita, y viendo la soledad ajena
se fomenta la propia…
No recuerdo si fue una plaza o un café, a lo
mejor fue un café y vos no tenías miedo.
Yo me moría de terror, porque verte caminar por
la calle es saber que los autos frenan para mirarte,
y que algún que otro conductor siempre tiene
a mano el piropo impropio o justo para lanzarte; el
piropo que no tiene un destino más o menos firme,
pero una sola intención: lograr tu atención.
El piropo pedrada del que pasa caminando al lado tuyo
y te lo dice, para largarse luego, para largarse pronto.
El piropo ganas.
Yo no te dije ninguno y te dije todos ese día
en el café, porque me gustabas, porque siempre
me has gustado. Ay, cebrita, si supieras lo que duele
escribirte esta carta, lo que pienso en tu sonrisa,
en tus ojos, en tus manos. Luego, de alguna manera misteriosa,
nos fuimos acercando y yo me encontré un día
con vos, en la cama, llorando porque la vida para vos
no es más que sufrimiento y para mí no
es más que una suma platónica de cosas
que nunca podré entender: el sillón, la
computadora, el piso con pelusa, los mates que me tomo,
el colectivero que putea porque demoro mucho en subir,
la gente que es cordial y no tanto, la espuma de afeitar
agrandándose en la mano, son para mí instancias
de la realidad, momentos gratos. Te puede parecer estúpido
que a un tipo le parezca grato tener que levantar pelusa
del suelo, o parar el colectivo, pero en todas esas
cosas, en todos esos inútiles espejos (se me
eriza la piel de pensar en un espejo, Borges decía
que los espejos, un personaje de Borges decía
que los espejos, Dios decía a través de
Borges que decía a través de un personaje
que decía a través de un libro que decía,
a través de un librero que decía cinco
pesos) hay una certeza de que todo no ha muerto, de
que el mundo sigue vivo, coleando (a lo mejor es un
manotazo de ahogado), y luchando.
Por eso no me puedo quedar con vos, cebrita. A lo mejor,
vos tampoco querés quedarte conmigo. Dentro de
las instancias de la realidad, me dí cuenta que
me querías sólo por ser un buen tipo,
y la verdad…yo no quiero que me quieras ni por
bueno, ni por malo ni por lástima: no soy una
larva del padre de tus hijos, antes quiero ser novio,
quiero ser amante, quiero ser tu poesía. Quería,
cebrita…quería.
Desde chico entendí que hay que pelear por lo
que uno quiere, sin rasgarse los vestidos, sin apuñalar
a nadie, y entender al torpe destino que quiere atropellarnos
como un camello ciego. Sin embargo, alea jacta est es
imposible, y el destino no tiene vinculación
con nosotros mismos, no tiene nada que ver con nosotros,
y ni siquiera dudo de que esté escrito, estoy
seguro que no lo está. Cuando Homero Simpson
se va al pasado y se sienta sobre un pez que sale del
agua no está alterando a Marge en el futuro,
está alterando todo el futuro, está alterando
toda la totalidad del futuro, toda la suma de posibles
posibles está siendo cambiada, es como cuando
un viento sopla sobre la arena y transforma un médano
en otro, lo único que puede hacer el médano
es volver a ser médano con la ayuda del viento,
y ahí lo ves, tan contento, tan simple, tan médano.
Por supuesto, luego viene Gessell, Mengueche o quien
sea y pone unas cuantas plantas rastreras y se acabó
el destino de todos, y en mi caso, mi querida cebrita,
el destino ya llegó, ya vino, ya estuvo y ahora
es la hora de cambiarlo hacia otro destino, porque yo
no soy un médano, aunque el viento también
me arrastre.
Cuando terminaste en mi cama, en mi vieja y sucia cama,
ajada de besos y preguntas, yo tenía ganas de
llorar de felicidad. Sin embargo, poco a poco fui entendiendo
que esa noche y esa cama donde vos lloraste y donde
yo debí haber llorado, fue la excusa misma de
nuestra relación, fue el punto de partida, el
pitazo inicial de algo que debió haber concluido
al poco o al mismo tiempo. Vos no debés cargar
conmigo, es infame, es lento y la gente va a mirarte.
Y por mucho que quieras sentirte orgullosa de cumplir
con tu deber, no va a ser bueno, no va a ser honesto
ni de tu parte ni de la mía. Así que,
cebrita, te dejo.
En alguna otra parte del mundo, en algún lugar,
quizá, en alguna otra silla de ruedas (electrónica
o no) debe haber otra mujer, otra inválida como
yo, alguien que demora los colectivos y las horas, alguien
que tiene que doblar medio cuerpo para levantar la pelusa,
alguien que no te produzca ni pena ni olvido, alguien
a quien verdaderamente yo ame. Bien plantado sobre sus
pies te estará esperando un nuevo amor, un amor
que merezca la pena, un amor que elijas, y no un amor
que rueda sobre la vereda, un amor que vas a tener que
cuidar y empujar, un amor que tiene menos resto que
el resto, un amor (mejor dicho, un tipo) paralítico,
como yo.
Te quiero, pero no tanto.
Luis.
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