| Un Quebeco
Paranoico.
Son tantas las excusas para no escribir. Estoy drogado,
o mejor dicho, siempre estoy drogado. Hace frío
como todos los días. Supongo que cuando supere
esta depresión diré que era un tonto,
y que me deprimía por los días fríos,
o por estar drogado. También podré mirar
el índice de suicidios de Québec, que
es altísimo y decir: yo soy un ganador. JA.
He dejado de trabajar para Jacques. Al carajo con su
bestialidad. Qué persona es capaz de quebrarse
dos veces un hueso distinto de la misma extremidad y
encima, seguir laburando?.
Jacques, el que tiene cara de no ser feliz, llamó
anoche. Los camelots (repartidores de diarios) se le
van a causa del invierno y él ya no sabe qué
hacer. El trabajo es bueno y fácil en el verano;
sobran los postulantes para agarrar cinco pilas de diarios,
meterlas en el auto, e irse a Ancienne Lorette, a Plesisville,
esos pueblitos satélites de Québec, que
son los barrios de donde vienen los empleados a trabajar,
haciendo cola por la via treinta o cuarenta, y repartirlos,
sintiendo de cuando en cuando en la boite la suerte
de encontrar una propina. Yo he salido virgen del infierno,
las veces que me han dejado propinas las ha encontrado
mi mujer. Yo nunca encontré una propina para
mí.
Jacques vive aún más lejos, y es divorciado,
es cansino, pero con respecto a su trabajo es urgente.
Vive su reparto como supongo que vivirán los
jugadores los últimos quince minutos del partido
de la final del mundial: sabiendo que el tiempo que
queda es inevitable, y que hay que pasarlo lo mejor
que uno pueda y que el mundial fue todo lo que pasó
antes, y no lo que pasa ahora.
Tiene una cara curiosa, sorteada por tajos que forman
bolsas duras, que forman tajos. Una cara acostumbrada
al frío, vamos. Es un tipo amable, al menos conmigo,
supongo que porque ha supuesto que los latinos somos
rápidos para poner ganchos en el hígado,
lo cual no es del todo falso, pero tampoco es cierto.
La cara es cien por ciento francesa, de ojos chiquitos
y nariz grande y bulbosa. Se viste con una campera cara,
de marca local, de esas que se sienten como llevar la
colcha encima. Da la impresión de no bañarse
nunca, y no le conozco el pelo porque lleva siempre
puesta su knut, o sea su gorra. Es un sucio, vamos.
No duerme nunca porque se le van los camelots y él
tiene que reemplazar a todos. Tiene una conciencia espartana
del deber. Él y su hijo hacen mil diarios al
día. Yo hacía doscientos y no pude continuar.
El cansancio me mataba y me sentía cerca de la
crisis cardíaca.
Cuando me dio el trabajo, yo no escuchaba lo que me
decía, porque me lo decía en francés,
mejor dicho, en quebecois, idioma que yo hablo muy mal.
Tampoco lo escuchaba porque yo necesitaba la plata urgentemente
(todavía la necesito, pero he descubierto que
necesito más a mis pulmones).
Luego, los primeros días me hice a la costumbre
de escucharlo hablar (porque iba con él, manejando
su Dodge familiar) y descubrí que era un conversador
medianamente inteligente, salvo cuando empezaba con
la estupidez de decir que seguía trabajando con
dos huesos quebrados porque “tenía un umbral
del dolor muy alto”. Supuse que debia plata, o
que quería retirarse en centroamérica,
que es lo que hacen todos los viejos de acá:
ir allá a aprender hablar español, bachata,
tango o lo que sea, y cogerse algunas mulatas.
Luego lo empecé a ver poco, lo cual él
me había anticipado. Verlo poco era sinónimo
de estar haciendo las cosas bien. Yo recibía
mi propio parcour en el estacionamiento de Rogers y
me iba ahí, al costado del aeropuerto, a repartirlo.
El me dejaba los diarios y nos despedíamos. Eso
me gustaba, porque me iba a repartir los diarios escuchando
radio canadá, que pasa música de todo
el mundo. Seguramente son los “Shakira”
los “Ricky Martin” los “Enrique Iglesias”
de sus respectivos países, me decía, lo
cual hacía que mi parcour fuera un poco más
pelotudo, pero también más amigable. Además,
a las cuatro de la mañana comenzaba un programa
que yo escuchaba con atención, porque los conductores
conversaban entre ellos en francés, y eso me
ayudaba con el idioma.
En un mes y medio, que fue lo que duré en el
trabajo, la nieve empezó a jugarme malas pasadas.
Quien la ve desde afuera, como turista, la ve como una
cosa linda. Cincuenta centímetros de nieve no
son lindos ni divertidos: son aberrantes. Hay que trazar
vías de salida con palas de ancho plástico,
hay que poner tracks para que los autos traccionen y
no patinen. Mientras un enorme tractor, al que para
llamarlo más amigablemente han bautizado "charrou"
salido de una película de miedo y conducido por
un psicópata al que han despertado de su siesta
a las tres de la mañana, insiste en jugar a ver
quién es más macho, si tú con tu
Protegé azul, modelo dos mil, o él, con
un tractor de cinco mil kilos. Se viene encima tuyo
y es hora de decidir: correr en el hielo con tu auto
o morir.
En un mes y medio que duré en el trabajo el
frío comenzó a jugarme malas pasadas.
La nieve pierde su forma mágica en la superficie,
y debido a las ingratas temperaturas, se solidifica,
haciendo que un estacionamiento se transforme en un
ring de patinaje. Hay un elemento que se le agrega a
las botas para evitar desmembrarse uno mismo evitando
caerse; les crampons, que son una suerte de tornillos
puestos sobre una tela de goma, que se aferran a la
bota y dan un poco más de estabilidad caminando
sobre el hielo. Mi mujer me compró unos crampons,
que me duraron una noche, pues los míos eran
de goma y se calzaban sobre el zapato, casi a presión.
Tengo los pies grandes, así que uno de mis crampons
salió disparado a una velocidad impresionante
(de hecho, no lo vi salir disparado) y casi desnuca
a una señora que tenía la mala suerte
de tener insomnio esa noche.
Patrick, el gordo y francés ayudante de Jacques,
vino una noche a hablar conmigo. El mismo tipo que me
hizo la venta del trabajo, el que me presentó
mi trabajo como una opción que no podía
desperdiciar, el que me decía que era un gran
trabajo para alguien como yo, ya no sonreía.
Estaba malhumorado, y me ayudaba a subir los paquetes
al auto. Era sábado. Tres de los veintitrés
paquetes de la edición especial esperaban dentro
del auto. Ese día en la tapa anunciaban que se
había perdido un tipo en la nieve, en medio de
la tempestad, cuando había salido a hacer gym.
- Alló mon bonhomme. Je voudrais parler avec
toi. « Hola, chaval, me gustaría hablar
contigo”
- Oui, Patrick, attend un peu. « Si, Patrick,
pero esperá un poco »
- Je t´aide, mon bonhomme. Je voudrais te dire
que c´est ma derniere semaine. Je quitte la semaine
prochaine. »Yo te ayudo, mi chaval. Te quería
decir (en voz baja) que esta es mi última semana.
La semana que viene no vengo.
- C´est dommage Patrick, digo yo, con una cara
de que me importa un carajo.
- Si, este hijo de puta no me ha dado ni un solo día
libre. Además, todavía no he firmado contrato,
y de paso, me debe una plata que...
- Ajá, digo yo, con la misma cara.
En ese momento aparece Mark, la nueva querida de Jacques.
Mark es el nuevo buchón oficial, su mejor ayudante
y su sombra. Parece incapaz de traicionar a Jacques,
pero también parece incapaz de darse cuenta qué
es una traición. La conversación con Patrick
se termina, aunque en realidad, nunca empezó.
Patrick monologa.
Hoy hace frío, lo cual no es una novedad. Los
quebecois llaman a este frío de más de
menos veinte “frette”, lo que vendría
a ser como “Un frío de recagarse”.
Yo no había entendido cabalmente el significado
de esa frase. Ahora lo entiendo.
Son las seis de la mañana y estoy parado en
Turmel, 1632. Me gusta esa calle, porque tengo ocho
clientes, todos juntos. También me gusta St.
Gedeón, que es la que me avisa que me queda media
hora de trabajo. Estoy extremadamente cansado, agotado.
Siento que la única diferencia entre los dos
pibes que escalaron Los Andes luego de que el avión
se cayera y tuvieran que comerse a sus amigos, es que
no he tenido que comerme a mis amigos. Simplemente,
porque no están aquí.
No tengo ganas de hacer más este trabajo. A
la mierda. Mañana renuncio. Qué puede
hacerme este tipo? Nada. El puede perder más
que yo. Bueno, más que yo no puede perder, porque
yo soy tan pobre que cada vez que pierdo, pierdo todo.
Pero él pierde un buen camelot. Además,
creo que se “come” mis propinas. Al carajo
con él. No tolero más el frío,
ni tener que mear como un animal en la calle, a las
tres de la mañana, escondiéndome de los
que están despiertos.
Ese odio me impulsa a terminar rápido mi parcour.
Bueno, también es el que me desgasta y hace que
yo llegue a casa ese día prácticamente
dormido. Cuando llego le digo a mi mujer que quiero
dejar, y ella no hace ningún comentario. Necesitamos
el dinero, pero también necesitamos que yo no
tenga un paro cardíaco.
Las cosas suceden como en esta historia. Me levanto
de dormir y tengo que ir de nuevo a trabajar. Esta vez
voy con mi mujer, y le explico a Jacques que no tolero
el frío, cosa que no entiende.
- Por qué te vas? Patrick te llamó por
teléfono, verdad?
- No, Jacques. Me voy porque me duelen los huesos, los
músculos, la piel, la barba y el pelo.
- Es un tema de plata?
- No, Jacques, es un tema de invierno. Vos podés
cambiar la temperatura?
- No, claro que no…jajaja….- pero ataca
de nuevo – Estás seguro que M. Fontanier
no te llamó?
- No Jacques.
- No podés hacer nada? Quedarte una última
semana? A partir de la semana que viene entran mil diarios…y
vamos a tener que hacerlos nosotros solos – me
dice, poniendo su mejor cara de perrito faldero y señalando
a Mark. – Hace un mes que terminamos el parcour
a las tres de la tarde. De allí, a dormir. De
allí, al parcour.
- No puedo hacer nada, Jacques. Me muero de frío.
Para mí frío es cero grados. Está
haciendo menos treinta durante toda la semana.
- Estás seguro que no te llamó M. Fontanier?
Porque si Patrick te llamó yo te puedo explicar.
Está enojado conmigo porque…
- Jacques, no me importa. Necesito terminar el parcour
e irme a casa. Mañana no vengo.
- Voy a llamar a Patrick y preguntarle si te llamó.
Durante los quince minutos siguientes la conversación
sigue de igual manera. Patrick no me llamó. Aprovechando
que mi mujer está conmigo esa noche hacemos el
último parcour lentamente, sin matarnos. A las
seis de la mañana hemos terminado, nos damos
un beso, nos metemos al auto, llegamos a casa, nos bañamos,
desayunamos y nos vamos a dormir, a hacer el amor, a
reírnos. Es tan lindo renunciar a algunas cosas,
aún sabiendo que quizá haya que volver.
Esa noche Jacques llama para preguntarme de nuevo si
Patrick me ha llamado y si quiero hacer el parcour.
La noche siguiente me llama la secretaria de Jacques,
para ver si quiero hacer el parcour, y para saber si
Patrick no me ha llamado.
La tercer noche, cuando nadie llama, llama Patrick.
Lo atiende mi mujer.
Agradezco haber estado durmiendo en ese momento. Ese
francés es tan insoportable...
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