Pedro Crabajal > ESCRITOR
Volver a CUENTOS

Un Quebeco Paranoico ©

Un Quebeco Paranoico.

Son tantas las excusas para no escribir. Estoy drogado, o mejor dicho, siempre estoy drogado. Hace frío como todos los días. Supongo que cuando supere esta depresión diré que era un tonto, y que me deprimía por los días fríos, o por estar drogado. También podré mirar el índice de suicidios de Québec, que es altísimo y decir: yo soy un ganador. JA.

He dejado de trabajar para Jacques. Al carajo con su bestialidad. Qué persona es capaz de quebrarse dos veces un hueso distinto de la misma extremidad y encima, seguir laburando?.
Jacques, el que tiene cara de no ser feliz, llamó anoche. Los camelots (repartidores de diarios) se le van a causa del invierno y él ya no sabe qué hacer. El trabajo es bueno y fácil en el verano; sobran los postulantes para agarrar cinco pilas de diarios, meterlas en el auto, e irse a Ancienne Lorette, a Plesisville, esos pueblitos satélites de Québec, que son los barrios de donde vienen los empleados a trabajar, haciendo cola por la via treinta o cuarenta, y repartirlos, sintiendo de cuando en cuando en la boite la suerte de encontrar una propina. Yo he salido virgen del infierno, las veces que me han dejado propinas las ha encontrado mi mujer. Yo nunca encontré una propina para mí.

Jacques vive aún más lejos, y es divorciado, es cansino, pero con respecto a su trabajo es urgente. Vive su reparto como supongo que vivirán los jugadores los últimos quince minutos del partido de la final del mundial: sabiendo que el tiempo que queda es inevitable, y que hay que pasarlo lo mejor que uno pueda y que el mundial fue todo lo que pasó antes, y no lo que pasa ahora.

Tiene una cara curiosa, sorteada por tajos que forman bolsas duras, que forman tajos. Una cara acostumbrada al frío, vamos. Es un tipo amable, al menos conmigo, supongo que porque ha supuesto que los latinos somos rápidos para poner ganchos en el hígado, lo cual no es del todo falso, pero tampoco es cierto. La cara es cien por ciento francesa, de ojos chiquitos y nariz grande y bulbosa. Se viste con una campera cara, de marca local, de esas que se sienten como llevar la colcha encima. Da la impresión de no bañarse nunca, y no le conozco el pelo porque lleva siempre puesta su knut, o sea su gorra. Es un sucio, vamos.

No duerme nunca porque se le van los camelots y él tiene que reemplazar a todos. Tiene una conciencia espartana del deber. Él y su hijo hacen mil diarios al día. Yo hacía doscientos y no pude continuar. El cansancio me mataba y me sentía cerca de la crisis cardíaca.

Cuando me dio el trabajo, yo no escuchaba lo que me decía, porque me lo decía en francés, mejor dicho, en quebecois, idioma que yo hablo muy mal. Tampoco lo escuchaba porque yo necesitaba la plata urgentemente (todavía la necesito, pero he descubierto que necesito más a mis pulmones).

Luego, los primeros días me hice a la costumbre de escucharlo hablar (porque iba con él, manejando su Dodge familiar) y descubrí que era un conversador medianamente inteligente, salvo cuando empezaba con la estupidez de decir que seguía trabajando con dos huesos quebrados porque “tenía un umbral del dolor muy alto”. Supuse que debia plata, o que quería retirarse en centroamérica, que es lo que hacen todos los viejos de acá: ir allá a aprender hablar español, bachata, tango o lo que sea, y cogerse algunas mulatas.

Luego lo empecé a ver poco, lo cual él me había anticipado. Verlo poco era sinónimo de estar haciendo las cosas bien. Yo recibía mi propio parcour en el estacionamiento de Rogers y me iba ahí, al costado del aeropuerto, a repartirlo. El me dejaba los diarios y nos despedíamos. Eso me gustaba, porque me iba a repartir los diarios escuchando radio canadá, que pasa música de todo el mundo. Seguramente son los “Shakira” los “Ricky Martin” los “Enrique Iglesias” de sus respectivos países, me decía, lo cual hacía que mi parcour fuera un poco más pelotudo, pero también más amigable. Además, a las cuatro de la mañana comenzaba un programa que yo escuchaba con atención, porque los conductores conversaban entre ellos en francés, y eso me ayudaba con el idioma.

En un mes y medio, que fue lo que duré en el trabajo, la nieve empezó a jugarme malas pasadas. Quien la ve desde afuera, como turista, la ve como una cosa linda. Cincuenta centímetros de nieve no son lindos ni divertidos: son aberrantes. Hay que trazar vías de salida con palas de ancho plástico, hay que poner tracks para que los autos traccionen y no patinen. Mientras un enorme tractor, al que para llamarlo más amigablemente han bautizado "charrou" salido de una película de miedo y conducido por un psicópata al que han despertado de su siesta a las tres de la mañana, insiste en jugar a ver quién es más macho, si tú con tu Protegé azul, modelo dos mil, o él, con un tractor de cinco mil kilos. Se viene encima tuyo y es hora de decidir: correr en el hielo con tu auto o morir.

En un mes y medio que duré en el trabajo el frío comenzó a jugarme malas pasadas. La nieve pierde su forma mágica en la superficie, y debido a las ingratas temperaturas, se solidifica, haciendo que un estacionamiento se transforme en un ring de patinaje. Hay un elemento que se le agrega a las botas para evitar desmembrarse uno mismo evitando caerse; les crampons, que son una suerte de tornillos puestos sobre una tela de goma, que se aferran a la bota y dan un poco más de estabilidad caminando sobre el hielo. Mi mujer me compró unos crampons, que me duraron una noche, pues los míos eran de goma y se calzaban sobre el zapato, casi a presión. Tengo los pies grandes, así que uno de mis crampons salió disparado a una velocidad impresionante (de hecho, no lo vi salir disparado) y casi desnuca a una señora que tenía la mala suerte de tener insomnio esa noche.

Patrick, el gordo y francés ayudante de Jacques, vino una noche a hablar conmigo. El mismo tipo que me hizo la venta del trabajo, el que me presentó mi trabajo como una opción que no podía desperdiciar, el que me decía que era un gran trabajo para alguien como yo, ya no sonreía. Estaba malhumorado, y me ayudaba a subir los paquetes al auto. Era sábado. Tres de los veintitrés paquetes de la edición especial esperaban dentro del auto. Ese día en la tapa anunciaban que se había perdido un tipo en la nieve, en medio de la tempestad, cuando había salido a hacer gym.

- Alló mon bonhomme. Je voudrais parler avec toi. « Hola, chaval, me gustaría hablar contigo”
- Oui, Patrick, attend un peu. « Si, Patrick, pero esperá un poco »
- Je t´aide, mon bonhomme. Je voudrais te dire que c´est ma derniere semaine. Je quitte la semaine prochaine. »Yo te ayudo, mi chaval. Te quería decir (en voz baja) que esta es mi última semana. La semana que viene no vengo.
- C´est dommage Patrick, digo yo, con una cara de que me importa un carajo.
- Si, este hijo de puta no me ha dado ni un solo día libre. Además, todavía no he firmado contrato, y de paso, me debe una plata que...
- Ajá, digo yo, con la misma cara.

En ese momento aparece Mark, la nueva querida de Jacques. Mark es el nuevo buchón oficial, su mejor ayudante y su sombra. Parece incapaz de traicionar a Jacques, pero también parece incapaz de darse cuenta qué es una traición. La conversación con Patrick se termina, aunque en realidad, nunca empezó. Patrick monologa.

Hoy hace frío, lo cual no es una novedad. Los quebecois llaman a este frío de más de menos veinte “frette”, lo que vendría a ser como “Un frío de recagarse”. Yo no había entendido cabalmente el significado de esa frase. Ahora lo entiendo.

Son las seis de la mañana y estoy parado en Turmel, 1632. Me gusta esa calle, porque tengo ocho clientes, todos juntos. También me gusta St. Gedeón, que es la que me avisa que me queda media hora de trabajo. Estoy extremadamente cansado, agotado. Siento que la única diferencia entre los dos pibes que escalaron Los Andes luego de que el avión se cayera y tuvieran que comerse a sus amigos, es que no he tenido que comerme a mis amigos. Simplemente, porque no están aquí.

No tengo ganas de hacer más este trabajo. A la mierda. Mañana renuncio. Qué puede hacerme este tipo? Nada. El puede perder más que yo. Bueno, más que yo no puede perder, porque yo soy tan pobre que cada vez que pierdo, pierdo todo. Pero él pierde un buen camelot. Además, creo que se “come” mis propinas. Al carajo con él. No tolero más el frío, ni tener que mear como un animal en la calle, a las tres de la mañana, escondiéndome de los que están despiertos.

Ese odio me impulsa a terminar rápido mi parcour. Bueno, también es el que me desgasta y hace que yo llegue a casa ese día prácticamente dormido. Cuando llego le digo a mi mujer que quiero dejar, y ella no hace ningún comentario. Necesitamos el dinero, pero también necesitamos que yo no tenga un paro cardíaco.


Las cosas suceden como en esta historia. Me levanto de dormir y tengo que ir de nuevo a trabajar. Esta vez voy con mi mujer, y le explico a Jacques que no tolero el frío, cosa que no entiende.

- Por qué te vas? Patrick te llamó por teléfono, verdad?
- No, Jacques. Me voy porque me duelen los huesos, los músculos, la piel, la barba y el pelo.
- Es un tema de plata?
- No, Jacques, es un tema de invierno. Vos podés cambiar la temperatura?
- No, claro que no…jajaja….- pero ataca de nuevo – Estás seguro que M. Fontanier no te llamó?
- No Jacques.
- No podés hacer nada? Quedarte una última semana? A partir de la semana que viene entran mil diarios…y vamos a tener que hacerlos nosotros solos – me dice, poniendo su mejor cara de perrito faldero y señalando a Mark. – Hace un mes que terminamos el parcour a las tres de la tarde. De allí, a dormir. De allí, al parcour.
- No puedo hacer nada, Jacques. Me muero de frío. Para mí frío es cero grados. Está haciendo menos treinta durante toda la semana.
- Estás seguro que no te llamó M. Fontanier? Porque si Patrick te llamó yo te puedo explicar. Está enojado conmigo porque…
- Jacques, no me importa. Necesito terminar el parcour e irme a casa. Mañana no vengo.
- Voy a llamar a Patrick y preguntarle si te llamó.

Durante los quince minutos siguientes la conversación sigue de igual manera. Patrick no me llamó. Aprovechando que mi mujer está conmigo esa noche hacemos el último parcour lentamente, sin matarnos. A las seis de la mañana hemos terminado, nos damos un beso, nos metemos al auto, llegamos a casa, nos bañamos, desayunamos y nos vamos a dormir, a hacer el amor, a reírnos. Es tan lindo renunciar a algunas cosas, aún sabiendo que quizá haya que volver.

Esa noche Jacques llama para preguntarme de nuevo si Patrick me ha llamado y si quiero hacer el parcour.

La noche siguiente me llama la secretaria de Jacques, para ver si quiero hacer el parcour, y para saber si Patrick no me ha llamado.

La tercer noche, cuando nadie llama, llama Patrick. Lo atiende mi mujer.

Agradezco haber estado durmiendo en ese momento. Ese francés es tan insoportable...


UN QUEBECO PARANOICO.
Todos los derechos registrados ©



SUBIR
Volver a CUENTOS

CUENTOS