| Star Estrella
"...encadenado a esta desazón,
por más que quieren huir al dolor,
no pueden hacerlo..."
Bersuit Vergarabat
El truco sólo había salido peor. Una
mujer, una frágil mujer entrada en los cincuenta,
pero una estrella indestructible en el universo de los
famosos. Cómo había sucedido?
El viento mueve las olas de Palm Beach. Aseguran huracanes.
Una mujer, que es la última en irse, mira la
última ola estrellarse contra la playa. Le insisten,
pero quiere quedarse. Finalmente, y con una tierna insistencia
insolente
(perdonen el oxímoron triple) su chauffer, un
señor de raza negra, la sube al auto. En él
ya están tiritando de miedo cómodamente
instalados, su esposo y sus hijos.
Se deja llevar hasta el vehículo largo casi
como un peso muerto. Dos líneas de lágrimas
pesadas salen de sus ojos. Detrás de la jaula
que conforma la entrada de su privadísima residencia,
esperan, dispuestos a morir por el huracán o
por un autógrafo, sus fans. Pero el auto no saldrá
por allí. Cunningham, el amo de llaves irlandés
(sería irlandés?) avisará en cinco
minutos via videoportero que la señora se quedará
en su casa, pero que, como hay un huracán llegando,
sería conveniente que se fuesen retirando. Lo
repetirá tres veces y las que sean necesarias,
y guardará copia de cada vez que lo haga.
Nuestra estrella, sin embargo, saldrá por la
servidumbre de paso que ha hecho construir y que da
a la casa vecina, donde ya no vive nadie, y que también
le pertenece.
Ésa casa sigue siendo suntuosa, en gran parte
porque la familia del francés vivía allí,
y a ella no le importaba mantenerla, o mejor dicho,
hubiese tardado aproximadamente unos mil años
en entrar en bancarrota sólo por mantener dos
casas. El francés que había sido su último
chofer, (ella amaba ser generosa con el servicio, para
evitar malos momentos posteriores, por ejemplo, biografías
no autorizadas) no era francés, ni siquiera era
de Quebec, Haití o Louisiana, era de Alabama.
Había que reconocérselo, pensaba nuestra
estrella, los acentos le salían bien.
Cuándo lo contrató, ella pensaba que
efectivamente era francés. Ésa fué
una de las causas por las que no lo echó de su
casa cuando su entrenadora personal le contó
sobre la usurpación de acento del tipo que la
conducía todos los días, cuando le contó
que el tipo quizá debía o quizá
había pagado una causa penal, y que no se llamaba
Jean, sino Jhon y que en la zona de los bares todos
lo conocían por no saber callarse. La otra, la
secreta, fué porque el francés se lo rogó
y le pidió que no dejara a su familia ni en la
calle, ni fuera de la suntuosa casa de al lado. Otra
causa fué porque ella sabía muy bien lo
que puede llegar a hacer un tipo del servicio enojado
y la final, la más importante...
Digámoslo ya. El tipo había sido su amante,
en dos oportunidades. Un error, pagado caro finalmente,
por medio de un acuerdo prejudicial secreto.
Lo triste, lo decepcionante, fué que igualmente
hizo el libro, poniéndola por las nubes. Un par
de llamadas y ninguna editorial quiso publicarlo. Meses
habían pasado desde el día que él
le pidió perdón, cuando le confesó
que era actor y que tenía escrita una película
para actuar juntos, meses en los que ella le había
pedido que si le resultaba cómodo, guardara el
acento, y que si no, utilizara el acento de Alabama
o el que él quisiera. Meses, en los que, como
muchas veces pasa, ella se había arrepentido
de ser su amante.
Cuánto tiempo pasaría hasta que éste
nuevo chofer le hiciera la misma escena? El francés
había terminado por renunciar, porque sí,
de un día para otro, y se había ido, enojado,
dando un portazo. Y ése mismo día, una
empresa de mudanzas se llevó algunas cosas que
no le pertenecían de la casa de al lado.
- Y se había ido hasta una editorial a publicar
su libro sobre mi vida, de la cual conocía veinte
minutos por día, y algunas veces, una hora hasta
el aeropuerto. dijo casi en voz alta.
- Qué? - preguntó su marido, que vivía
en Babia.
- Nada.
Era verdad. Ella usaba el helicóptero, que era
mucho más interesante que pasarse las horas maldiciendo
en el tráfico.
También es verdad que tenía talento.
De sobra. Lo había demostrado siendo una bailarina
en la película aquella, sobre el escritor que
se enamora de la prostituta. Había sido una escritora
famosa, una maga, una doctora. Los contratos caían,
agregando a cada película una cifra más
alta. De repente, ella, que había sido la menos
pronosticada de sus hermanas, se compraba un piso en
Manhattan, por la lejana cifra de ocho millones de dólares.
Ahora ése éra el piso donde vivían
sus padres, y tampoco costaba tanto dinero mantenerlo.
Pero fué en los cuarenta que algo le hizo clic.
Había estado tanto tiempo siendo otra, había
comenzado desde tan pequeña, haciendo danzas,
pintura, piano, dicción, canto había estudiado
idiomas tan disímiles como el alemán y
el portugués, no para conocer ésos idiomas,
sino para saber hacer los acentos, (acordarse de éso
le helaba la sangre, la idea se retrasmitía por
asociación al francés), había estado
haciendo circo, escenario, dirección, había
estado, digámoslo finalmente, trabajando toda
su vida. Además, algo raro había estado
pasando mientras estaba fuera, filmando en el Congo
o Uruguay, metida en un viejo vestido en una vieja casa
de Rumania, o fumando un cigarrillo luego de una escena
de sexo (con un tipo de partenaire con el cual había
terminado muy mal una relación personal) , en
Canadá. Sus hijos habían crecido, y el
mayor ya se había ido de casa, a vivir solo.
Éso no hubiese sido un gran problema pero ella
suponía que era drogadicto y éso le dió
terror. Fué allí que había comenzado
a tratar de deshacer
su carrera, tratar de desarmarla lentamente, como quien
se aburre del mecano, fué allí que comenzó
a odiar tener que maquillarse y disfrazarse para ir
al mercado, al colegio de sus hijos, para ser anónima.
Fué allí el comienzo del punto más
alto de su carrera también, fué allí
donde la gente se
empezó a juntar delante de su casa para ver si
salía, si tomaba té, o si nadaba desnuda
en su propia pileta. Odió eso también,
odió la falta de privacidad, odió tener
que ser proclamada, defendida, venerada, a las tres,
a las cinco y a las nueve, en ediciones especiales,
odió, yendo una vez a filmar a Marruecos, que
la reconocieran por la calle.
Comenzó su plan de deconstrucción bajando
un escalón y aceptando un trabajo lejano, un
trabajo que no había hecho jamás, hacer
de una persona de la edad de su madre en un teatro insignificante,
en medio de una compañía cuyo talento,
en líneas generales, dejaba bastante que desear.
Pero su maldita obsesión por el trabajo mal hecho
no la
había dejado tranquila, así que cuando
el director renunció, se puso ella a dar las
órdenes, y a nadie, dentro de la producción,
se le hubiera ocurrido mejor remplazo. En suma, la obra
fué un éxito pocas veces visto en la tierra
del teatro y cuando decidieron mudar de escenario, ella
ya no estaba en la compañía.
Se le ocurrió entonces hacer un disco. Su voz
no era especialmente agraciada, pero sabía que
si en algún lugar iba a fracasar, ése
lugar era en la música country. Aceptó
un contrato rápido con una banda de desconocidos,
donde su
piedad le jugó una mala pasada: los músicos
no estaban dispuestos a dejarse abochornar por una desafinada
así que consiguieron las máquinas adecuadas
y de a poco, y casi sin que ella lo supiera, grabaron
lo necesario para hacer con éso un disco y venderlo.
La metían en la cabina de grabación y
grababan su voz, y finalmente, luego de varios meses
de trabajo, consiguieron afinar sus instrumentos de
manera tal que la voz saliera afinada. Luego, con fueron
sampleando su voz,
cortando y pegando los pedacitos afinados que le había
hecho repetir una y otra vez, y pegándolos sobre
la música. Fué una tarea titánica
y el mejor disco donde la persona que canta, en realidad,
no canta, como tantos que circulan por éstos
tiempos.
A propósito del disco, es válido decir
que en sur del país se levantó un conjunto
de puristas que denunciaron el álbum como algo
que no debía ser llamado "música
country". Nuestra estrella respiró finalmente,
libre, unos meses, mientras el márketing publicitario
se dedicaba a alguna nota más jugosa, y mientras
el público decidía si era una irrespetuosa
de las raíces del sur o alguna otra cosa. Su
movimiento puso en jaque a los directivos de varios
medios importantes: era y es bastante difícil
crear a una estrella, y éso lleva tiempo y dinero,
y si bien destruirla era
un buen negocio (excelente a veces) un mísero
disco mal cantado no valía la pena y que mejor
era dejar las cosas
como estaban. Lo que llena el propósito de las
revistas de chismes es el embarazo no deseado, los cuernos,
las
drogas y el rey de las noticias, el amo y señor
de las ventas, el asesinato de un famoso o provocado
por un famoso.
Algunos dueños de medios no eran religiosos,
pero rogaban al señor que de vez en cuando, un
artista, drogado si podía ser, matase de un sablazo
a su portero. Nuestra estrella sabía también
estos detalles, pero ella quería convertirse
en anónima luego de ser pública, no convertirse
en una criminal, matando al pobre irlandés, y
con las drogas, tenía bastante ya culpa de haberse
fumado unos porros cuando joven, y se preguntaba si
su falta de carácter para decir que no en ése
momento tenía algo que ver con la actual drogadependencia
de su hijo. Alguna estrella conocida hubiese usado a
su propio hijo para hundirse delante de los medios,
pero ella simplemente no era así.
Al movimiento de puristas se le opuso uno de aquellos
que son los probadores de veneno, los que primero catan
la comida, los que primero escuchan todo el disco y
luego opinan, y que por ése hecho se creen más
inteligentes que los
puristas. Luego de varios meses de silencio, éstos
oyentes de la nueva ola, dijeron no sólo que
el disco era muy bueno, sino que además, nuestra
estrella había indagado en los confines más
profundos de la música del sur, y que sus músicos
habían encontrado un modo preciosista de afinar.
Eso se notaba en la ternura simple de la letra de
"Let´s fish together", en la sensualidad
escondida de "I love your bike", en la risa
cómplice hacia las mujeres de "My husband
goes to that bar too" . Los músicos saltaron
de alegría, como Mao Tsé, y dejaron el
anonimato y pasaron a la notoriedad, e hicieron uso
y abuso de la claúsula del contrato que les permitía
pedirle a la estrella, una vez por año y en un
festival importante, que cantara junto a ellos. Otra
vez, su deseo de fracasar, había fracasado, lo
cual hizo que su deseo fuera aún mucho más
fuerte.
Se sintió, como es natural, muy sola. Nadie
que conociera podría comprenderla. Los actores
mayores (sobretodo las actrices) matan y mataban por
un papel estelar. Fué en ése tiempo que
decidió no hacer nada de nada. Pero, acordándose
de su osadía con el asunto de hacer teatro con
gente de escasos recursos y también acordándose
de la osadía mayor, o sea, el disco de la música
del país, seguía siendo
la preferida de la gente, aunque ella ya no los prefiriera.
Prefería a su familia, tenía asuntos de
los que ocuparse, y no podía. En ése momento,
al borde de la crisis, decidió consultar a un
psiquiatra, que le dijo que si buscando fracasar, fracasaba,
en realidad lo que ella debería buscar era un
éxito en el fracaso. Como nuestra estrella no
estaba abonada a la metafísica y ni a la semiótica,
dió por terminada la sesión y no volvió
a esa terapia nunca más.
Finalmente decidió ir más lejos, y se
asoció a una productora, para que filmara su
vida. En el contrato dejó especificado que quería
mostrar todo de su casa, incluso los hechos más
íntimos salvo cuando hacía el amor con
su
marido ( lo que ocurría más bien poco)
, y cuando hablaba por teléfono con su hijo mayor.
Tuvo que modificar su casa y sacar los espejos para
instalar las cámaras, con alguna pena por un
espejo de piedra que se había hecho traer de
Grecia. Pero para destruir su carrera bien valía
el trabajo.
Los detalles cotidianos no pasaron por alto. Nunca
se arregló delante de la cámara cuando
se levantaba, y prefería, en lugar de una lujosa
robe de chambre, un pantalón pijama de diez dólares
y una remera que decía "Argentina".
Las peleas constantes con su marido, su poca paciencia
como horticultora, su negociación leonina de
algunos contratos, su lipoaspiración, el color
del papel sanitario de su baño, una cruda pelea
que tuvo con el director de una publicidad para cremas
francesas, en la que ella no tenía la razón,
su crudo lenguaje para con el servicio doméstico
(que nunca, antes de las cámaras, había
utilizado), su fumar en cámara y en el mismo
cuarto que sus hijos, nada hizo que la detestaran. No
funcionó.
Han llevado hoy las últimas cámaras.
Mañana habrá que llamar al carpintero
y cambiar los pisos de los cuartos, y luego, decirle
a Cunningham que envíe la factura a la productora.
Han asegurado que pagarán cualquier tipo de pisos,
dado que el programa ha sido un éxito, incluso
en los países más insólitos. El
público la ama más y más, por su
simpleza, por su belleza, por su carisma y su fuerza
de voluntad, incluso, cuando está equivocada.
No había sido éste el mismo pueblo que,
por no leer entrelíneas en los diarios, había
enviado dos veces a la guerra a sus hombres y había
envenenado buena parte del planeta?. Y qué pasa
con los de afuera?
- Es que el mundo está loco? - se preguntó,
delante de una humeante taza de té inglés.
Quizá, es la respuesta a ésa pregunta.
Se apoya ahora contra la pared de su estudio que está
revestida en cuero rojo. Llora. Va a mirarse la cara
dolorida al espejo griego. Parece un polaco, con las
mejillas dolorosas y rojas. Viene a su cabeza, por asociación
de ideas, el francés. Algo le ilumina la cara,
una esperanza. Corre casi llevándose por delante
la mesa ratona, llama a su abogado, que le da el teléfono
del sujeto. Finalmente, lo llama y le dice que mañana
quiere verlo, que le va a dictar su biografía
para que la escriba.
El tipo corta. Cree que es una broma de mal gusto.
Pedro Carbajal
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