| Lo entrevisté
en su oficina. Mejor dicho, en una de ellas. Sé
que tiene varias, en Sonora todos lo saben, y él
es uno de esos hombres cuyo nombre es pronunciado con
respeto. Es increíble que un delincuente sea
tomado con tanto respeto, pero quizá, éste
delincuente sea el menos delincuente de todos.
Ésta oficina es particularmente lujosa y está
bien decorada. Tiene plantas en macetas enormes, verdes,
expansivas. Tiene también el mejor de los lujos:
un aire acondicionado. La iluminación es francesa,
los bulbos de luz se ocultan detrás de formas
de metal que simulan ser flores de lis. Quedan muy bien.
En la pared opuesta al fino escritorio de nogal, hay
un enorme vidrio con un previsible marco francés,
dorado. Da la impresión que la oficina se multiplica,
se reduplica y que yo soy la red en un partido de tenis
entre mi entrevistado y su reflejo.
Observo a mi entrevistado, aunque sucintamente. No
me da la impresión del "chacal" que
vive una vida de riesgo. Da la impresión de ser
alguien que piensa mucho y que se guarda sus reflexiones.
Esa impresión no se me irá luego de desgrabar
el tape, aunque se la pase hablando en él, parece
más una confesión final que un hábito
el hecho de que ha hablado durante casi una hora. A
pesar de sus cuarenta y siete años de edad, se
conserva en un estado atlético óptimo,
sin una gota de grasa en el cuerpo. Durante la entrevista,
yo bebo un whisky y él un refresco dietético
en un vaso de whisky. Él no fuma y yo me muero
por un cigarrillo, pero su presencia seria me impide
siquiera sacar el paquete.
No vive una vida fácil. Los narcos quieren controlar
su negocio, porque no sólo tiene buenos dividendos,
sino que también tiene una vía de acceso
medianamente segura a los Estados Unidos. Pesa sobre
su cabeza una venganza y sobre sus espaldas carga con
el asesinato de Juan Gómez, pero no parece preocupado
por eso. Más bien parece interesarse más
en marcar una afectación francesa de persona
educada cuando habla. No da terror, pero tampoco da
terror Fidel Castro cuando en la Habana conversa con
los periodistas. Bush tampoco da terror en persona.
A pesar de eso, la entrevista la presenta él,
la introduce él, la produce él. Fue él
quién me llamó. Me pregunta si mi grabador
está encendido, si tengo la cinta necesaria,
si está bien frío mi trago, y si mi sillón
está cómodo. Aseguro que sí. Casi
instantáneamente, al apretar "Rec",
se pone a hablar. En un primer momento da la impresión
que él es el entrevistador, y yo, un calmo entrevistado.
Cada tanto soltaré una pregunta, pero serán
muy pocas, porque siempre me dará la impresión
(y su cara lo confirmará) de que le estoy molestando
en su discurso.
Desgrabo ahora la entrevista. Algo me pesa en el corazón.
Como notarán, mi interlocutor duda poco, lo cual
me hace pensar que hace bastante que viene ensayando
este monólogo.
"stá andando?. Fantástico. Como
te decía, mi buen, yo siempre tuve habilidad
para...digamos, no habilidad, ideas, como para organizar
una empresa. Mis padres tuvieron que sacarme pronto
del colegio secundario, no había dinero para
vivir ni para pagar las cuentas. Mi padre era un modesto
zapatero, muy católico. Imagínese un lugar
donde todos van descalzos y la Iglesia pregona que descalzos
van los animales, así era mi pueblo de aquél
entonces, y así de católico era mi padre,
que encontraba en la Iglesia una ayuda para sus fines.
Pero esto es México, hombre, y aquí la
sangre funciona por sobre todas las cosas, así
que al buen curita lo callaron un buen día los
pobres que no podían comprarse zapatos y estaban
orgullosos de eso y mi padre siguió con tan paupérrimos
ingresos como siempre. Por eso tengo estos zapatos (me
los muestra, son realmente lujosos, pero están
llenos de arena). Me importa mucho cómo vestir
los pies. Sí, están llenos de arena, pero
estos son para trabajar. Éste quizá sea
uno de mis últimos trabajos.
- Se retira? - pregunto yo.
Sí. Como te decía, mi buen, tengo entonces
quince años y los pulmones llenos de fuerza.
Yo detestaba el trabajo de mi padre; alguna vez, no
lo niego, intenté trabajar con él. Pero
nos llevábamos mal, porque él creía
que su trabajo crecería con oraciones y yo creía
que crecería charlando con los hacendados, diciéndoles
que si sus empleados no llevaban zapatos se volverían
comunistas. Mi padre odiaba la política y no
la entendía, como no la entiendo yo. Entre hombres
que hacen mi trabajo hay más honor que entre
los políticos."
- Qué nos puede decir de Juan Gómez?
Un hombre admirable. Un hombre inteligente, hasta cierto
punto. Un hombre, como yo. Yo me siento de alguna manera
identificado con Juan Gómez.
- Por eso lo mandó a matar?
Se hace un incómodo silencio. Se para un minuto
a servirse más whisky.
- Sabes, mi buen? No te he llamado a tí porque
creo que seas el mejor de los reporteros. Así
que no actués como tal. Te voy a contar una historia
y la vas a imprimir. Quien pueda ver que vea, y sino,
que se queden ciegos los que no se den cuenta.
- De qué?
Y allí se largó nuevamente a hablar.
"Tengo quince años. Participo de lunes
a Jueves en las carreras de resistencia que se hacen
al borde del desierto. El profesor de Gimnasia, señor
del Río, nos dice que el día que la patria
nos necesite, vamos a ser suficientemente machos como
para defenderla. Corro, de lunes a jueves, diez kilómetros
bajo el sol.El profesor del Río nos dice que
del otro lado, los gringos nos han robado medio país
y que nosotros, pendejos de mierda, nos hemos dejado
robárnoslo. Esas palabras resuenan en mi mente.
Las explicaciones parecen claras: del otro lado del
desierto hay ciudades con nombres españoles:
San Diego, Los Ángeles, California. Cada noche,
en mi cabeza, resuenan esas dolorosas ideas: hemos perdido
medio país porque hemos sido tan pendejos que
nos lo han robado en nuestras propias narices."
"En ese momento ya cruzaba la gente para el otro
lado. Eran pocos y se los despreciaba como siempre se
desprecia a aquél que ha hecho algo mejor que
uno: los conciudadanos decían que para lavar
pisos en Estados Unidos mejor se quedaba lavando uno
los suyos, en México. Esa era la posición
que yo defendía. Hasta que un día llegó
de Estados Unidos Fernando Madariaga."
"Usted es muy joven para acordarse de él.
Fernando Madariaga cruzó de la forma más
penosa para el otro lado: por el desierto. Debe haber
llegado de casualidad. Bueno, cuando volvió ya
no era el del desierto: volvió con un auto importado
y con mujer gringa y dos gringuitos en el asiento de
atrás, propios. El caso es que Fernando Madariaga
había encontrado el sueño americano: se
había deslomado allá haciendo múltiples
tareas y ahora era rico. Hablaba inglés según
me dicen, pero con mucho acento. Eso no le impedía
cambiar de auto cada vez que venía o usar camisas
caras, algunas de seda. En medio de un pueblo pobre
del desierto, ?para qué usar seda? Volvió
varias veces, y en una de ésas, donó plata
para el hospital y el colegio que terminó siendo
un auto nuevo para el intendente y otra cuenta en Suiza."
"Hay otra cosa que usted no sabe. Fernando Madariaga
había sido mi compañero de Colegio secundario.
Él sí habia podido terminarlo, pero a
duras penas, no porque fuera un mal alumno, sino porque
era un pésimo atleta: la pena o la compasión
del profesor del Río hizo que terminara dando,
en medio del desierto y a solas, su carrera de diez
kilómetros necesaria para aprobar. Dicen que
le importaba tanto aprobar el secundario que hasta se
había puesto a entrenar. Finalmente la aprobó."
"Ver a Madariaga viniendo con ropa fina y autos
a este desierto me llenó de odio. Aquél
mariquita que había tenido que entrenar para
sobrevivir una carrera que yo ya corría sin despeinarme,
ahora me miraba por encima del hombro cuando venía
a visitar a su madre y a sus hermanos, y encima, a traerles
dinero. Mi padre seguía siendo pobre y católico,
mi madre ya no podía limpiar más casas,
y yo me sentía un inútil. La respuesta
era obvia: yo también tenía que cruzar
el desierto y hacerme rico como Fernando.
"Lo cruzé una noche que fueron al final
tres, con tres compañeros que también
odiaban a Madariaga. Ellos resoplaban, a mí me
bastaban unas pocas gotas de agua cada media hora. La
suerte de no ser fumador y cuidar el cuerpo. Todavía
hoy sigo corriendo, pero ya no en el desierto. Administré
con rigor mis fuerzas, y llegué entero a Estados
Unidos. Mis compañeros se asombraban de mi gran
estado físico.
Debo decir que Estados Unidos no me gustó. Yo
soy un hombre de ciudad pequeña, y funciono bien
en la tranquilidad de una ciudad pequeña. Aquí
hay tiros y muertos, pero también hay tranquilidad;
es más probable que a uno lo mate un tiro a que
lo pise un auto. Debe ser uno de los pocos lugares del
mundo donde se da esa maravilla. El otro lugar, Texas.
No me gustaban los trabajos que me ofrecían
allá, y la verdad, yo no sido nunca destacado
por trabajar mucho. Además, el hecho de que cualquier
gringo me mirara con lástima o nervios, me ponía
los pelos de punta. Yo no sirvo para lavar copas, mi
buen amigo, yo soy un lanzador de ideas. Que las copas
las laven otros.
A seis meses de vivir allá, uno de los amigos
que había cruzado conmigo (y con el cual yo vivía)
me preguntó si me animaba a traer a su novia
desde México, cruzando el desierto. Le dije que
sí y que me pagara por adelantado. Me dijo que
no debía pagarme, pues yo vivía en su
casa sin pagar mis gastos, dado que en aquél
momento no trabajaba. Le dije que iba a arriesgar mi
vida y la de su novia. Acordó en pagarme, al
llegar.
Siempre he sido un hombre cauto. Crucé a la
novia de mi amigo, una flaquita de vestido blanco que
terminó amarillo de puro sucio. No fué
un trabajo fácil, hasta ahora me acuerdo. Ella
se emperraba en que no quería seguir, pero yo
le daba agua y la levantaba a los tirones. Llegamos.
Pero como temía que mi amigo no me pagara, la
alojé en un hotel, y fuí a buscarlo a
la salida de su trabajo. Me dijo que no debía
a pagarme, que ambos éramos mexicanos y que yo
le debía favores. Le dije que yo tenía
a su novia en mi poder y que si quería volver
a verla, me pagara. Finalmente accedió y le devolví
a su novia.
Con el dinero encima, y sin ganas de quedarme viviendo
entre los gringos, me volví a México.
No había nadie que hubiera cruzado el desierto
dos veces a pie y hubiese vuelto para contarlo, y como
el mío es un pueblo chico, la bola se fué
corriendo y empecé a cruzar gente una vez por
semana y a cobrar por ello. Yo ya tenía mis papeles
como residente en Estados Unidos, pero algo me decía
que la policía de allá me estaba siguiendo.
La de acá por supuesto que no, ellos trabajan
para un poder político que cree que cuantos menos
pobres tengan, es mejor.
Durante un año crucé por ese maldito
desierto todas las semanas. Debo decirlo, no todo el
mundo resistía la caminata de tres días
al rayo de ese sol implacable. Algunos se morían
de sed (incluso si yo les avisaba que llevaran toda
el agua que pudieran). Otros, picados por las víboras
que durante la noche buscaban el calor de nuestras fogatas
(en ese tiempo podían hacerse todavía
fogatas, ahora la Migra las detecta y detiene a nuestra
gente).Al año me cansé, y volví
con mis dólares y mis pesos a Estados Unidos,
para organizar lo que yo ya tenía visto como
una empresa.
Primero había que tercerizar el trabajo indeseable.
Hablé con mi amigo, el de la novia, y le pregunté
si quería recuperar el dinero que me había
pagado y cobrarse aún unos cuántos dólares
más. Le hago corta la historia: desde ése
entonces es quién se ocupa de cobrarle a los
familiares en Estados Unidos. Él ha armado allá
también su empresa, que es siempre mí
empresa. Yo necesitaba tenerlo del otro lado para que
me cobrara en dólares y me los gire aquí.
No le voy a contar toda ésa parte: podrían
mandarme preso.- agregó, con una sonrisa irónica
y triste.
Aquí hablé con el profesor del Río,
que seguía entrenando jóvenes en la secundaria.
Le pedí que cada año hablara con los de
quinto año, que están siempre deseosos
de obtener dinero y me mandara los que corrían
mejor en el desierto. Que los entrenara como soldados,
que juntos, él y yo, y sin disparar un sólo
tiro, íbamos a devolver el sur de Estados Unidos
al norte de México. Esa misma noche me pasó
cinco nombres, que de un sólo tirón agrandaron
mi empresa y me convirtieron, en un año, en un
hombre muy rico. Pero cruzar el desierto no es fácil,
así que muchos desertaban. Para completar entonces
mi necesidad de muchachos que cruzaran el desierto,
del Río me los empezó a mandar más
jóvenes. Para convencerlos, puse un prostíbulo,
del cual muchas veces se aprovecharon. No es un negocio
para mí, pero como todo el mundo lo usa por estos
lares, y se financia solo, bienvenido. Llevar a los
jóvenes que empiezan allí es un gasto
que me ayuda a mantener toda la empresa. Cuando vuelven,
beben hasta el cansancio y a mi cuenta, se llevan a
una chaparra al cuarto (la mayoría de las veces
para dormir, solamente, sin hacer nada) y vuelven a
su casa con sus bien ganados ingresos.
Con el tiempo empezaron a llegar a mis oficinas (yo
ya tenía dos, una pública y otra semiescondida)
personas que querían cruzar, pero no querían
caminar por el desierto. Ahí empecé a
usar la cabeza: pasaportes, dobles fondos en los autos,
mercaderías, "bribes" a los oficiales
de la Migra gringa. Ese servicio es bastante más
caro, porque lleva mucho más trabajo previo,
pero también es más efectivo, ya que el
cliente siempre llega al otro lado.
He tenido varios problemas. Desde el concepto de empresa,
hay mucha gente a la que le molesta que yo haga tanto
dinero. A los narcos les molesta que la gente pase sin
comerse varias cápsulas de cocaína. El
negocio de la mula es excelente, pero, no es legal,
y hay que mantener las apariencias de una industria
honesta. Claro que hacemos cosas malas, como todas las
industrias. Si no pagan por el emigrado lo tenemos guardado
en un hotel, pero no es un secuestro, es apenas, como
dicen los gringos, un "delay".
A la policía no le molesta que yo haga dinero,
siempre que pague por mi protección. Los narcos
están enojados conmigo porque no quiero convertir
en camellos a mi gente. La policía está
enojada conmigo porque dice que no le pago lo suficiente,
pero llegado el caso, me protegerían. Bah, ahora
no sé. Vió lo de anoche?
Con esto de la muralla tuve que empezar a contratar
a otra gente. La empresa se vió afectada por
una nueva dificultad, así que busqué a
hombres fuertes que supieran cavar. También tuve
que comprar casas y bares próximos a la frontera,
para horadar desde allí la tierra. Hicimos varios
huecos, pero, como usted sabe, el de Juan Gómez
era el mejor. Todo el mundo sabe eso.
Según tengo entendido, Juan Gómez había
estudiado arquitectura, durante dos años. Su
pobreza y su falta de humildad (nunca vino a pedirme
dinero para que lo ayudara en la carrera, sino, para
estas fechas, estaría todavía vivo y sería
todavía arquitecto) lo devolvieron a este pueblo
polvoriento donde nació. Cuando se hizo el primer
túnel, él le avisó a todos que
iba a construir uno mejor, y que iba a cobrar poco por
usarlo. Lo hizo efectivamente, y aprovechó su
fama para denunciarme públicamente entre los
inmigrantes y los coyotes el día que se desprendió
la tierra del mío, matando a todos los que iban
en su interior. Aunque usted no lo crea, ese día
y los posteriores fueron terribles para mí. Yo
no quiero que nadie muera. No me gusta la sangre y no
me gusta la muerte. No va bien con los negocios. Si
se me cae un túnel y la gente muere adentro,
mis clientes futuros no querrán pasar la frontera
conmigo. Eso fué lo que pasó y Juan Gómez
comenzó a aprovecharse de mi desgracia.
Lo mandé llamar y vino. Le dije que no fuera
estúpido y que me vendiera el túnel que
él había hecho, o que me lo alquilara.
Yo iba a necesitar siempre otros túneles. Que
no le convenía tenerme como un enemigo. Que le
convenía que yo fuera su socio siquiera. No razonaba.
En ese aspecto no somos iguales, yo trato siempre de
pensar si me están haciendo una oferta o quieren
esquilmarme.
Por aquellos días yo me había conseguido
un matón de poca monta. Otro muchacho que quería
desbancarlo, vino a acompañarme ese día
en la reunión con Juan. Era de pistola rápida,
mientras Juan me mandaba a la mierda, mi pistolero nuevo,
llevado por el fragor de la reunión, lo mató,
por haberme faltado al respeto. Tuve que matar a mi
propio matón, por haber disparado sin mi consentimiento.
Como usted ve, no he sido yo el que ha matado a Juan
Gómez. He matado una sola vez, y en defensa propia.
Usted no es culpable si su pistolero saca la pistola
demasiado rápido... Es la única vez que
he asesinado a alguien porque ha puesto en riesgo mis
negocios.
Pero al fin y al cabo no me salió bien. Ese
pistolero no era un cualquiera, y el error fué
mío. Ese pistolero era el hermano de alguien
importante para la región. Esta noche me han
mandado un mensaje. Han tomado prisioneros a varios
policías y a varios civiles y los han asesinado,
en mi lugar, en mi territorio: el desierto. Es por eso
que le estoy contando todo esto. Usted publicará
esto en la edición de mañana, en su diario.
Yo ya estaré lejos de aquí.
- Eso es todo?
- Eso es todo.
Desgrabo ahora la grabación, ayudado por un
café y varias aspirinas. Me corre un frío
por la piel. Al cruzar la calle para ir a buscar mi
auto,saco un cigarrillo y veo, mirando a la oficina
de mi entrevistado, una figura que se dibuja en el espejo.
No era mi entrevistado. No llevaba la misma ropa. Escuché
los tiros que acababan con la vida de Ismael Gutiérrez,
el "Padre de los coyotes". Tengo la certeza
de que si no me han matado a mí también,
si han esperado que yo pusiera la llave en mi auto,
me subiera, cerrara la puerta, y me fuera es para mandarle
mediante esta nota publicada en el diario un mensaje
a alguien. No sé a quién.
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