Pedro Crabajal > ESCRITOR
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El paso ©

Lo entrevisté en su oficina. Mejor dicho, en una de ellas. Sé que tiene varias, en Sonora todos lo saben, y él es uno de esos hombres cuyo nombre es pronunciado con respeto. Es increíble que un delincuente sea tomado con tanto respeto, pero quizá, éste delincuente sea el menos delincuente de todos.

Ésta oficina es particularmente lujosa y está bien decorada. Tiene plantas en macetas enormes, verdes, expansivas. Tiene también el mejor de los lujos: un aire acondicionado. La iluminación es francesa, los bulbos de luz se ocultan detrás de formas de metal que simulan ser flores de lis. Quedan muy bien.

En la pared opuesta al fino escritorio de nogal, hay un enorme vidrio con un previsible marco francés, dorado. Da la impresión que la oficina se multiplica, se reduplica y que yo soy la red en un partido de tenis entre mi entrevistado y su reflejo.

Observo a mi entrevistado, aunque sucintamente. No me da la impresión del "chacal" que vive una vida de riesgo. Da la impresión de ser alguien que piensa mucho y que se guarda sus reflexiones. Esa impresión no se me irá luego de desgrabar el tape, aunque se la pase hablando en él, parece más una confesión final que un hábito el hecho de que ha hablado durante casi una hora. A pesar de sus cuarenta y siete años de edad, se conserva en un estado atlético óptimo, sin una gota de grasa en el cuerpo. Durante la entrevista, yo bebo un whisky y él un refresco dietético en un vaso de whisky. Él no fuma y yo me muero por un cigarrillo, pero su presencia seria me impide siquiera sacar el paquete.

No vive una vida fácil. Los narcos quieren controlar su negocio, porque no sólo tiene buenos dividendos, sino que también tiene una vía de acceso medianamente segura a los Estados Unidos. Pesa sobre su cabeza una venganza y sobre sus espaldas carga con el asesinato de Juan Gómez, pero no parece preocupado por eso. Más bien parece interesarse más en marcar una afectación francesa de persona educada cuando habla. No da terror, pero tampoco da terror Fidel Castro cuando en la Habana conversa con los periodistas. Bush tampoco da terror en persona.

A pesar de eso, la entrevista la presenta él, la introduce él, la produce él. Fue él quién me llamó. Me pregunta si mi grabador está encendido, si tengo la cinta necesaria, si está bien frío mi trago, y si mi sillón está cómodo. Aseguro que sí. Casi instantáneamente, al apretar "Rec", se pone a hablar. En un primer momento da la impresión que él es el entrevistador, y yo, un calmo entrevistado. Cada tanto soltaré una pregunta, pero serán muy pocas, porque siempre me dará la impresión (y su cara lo confirmará) de que le estoy molestando en su discurso.

Desgrabo ahora la entrevista. Algo me pesa en el corazón. Como notarán, mi interlocutor duda poco, lo cual me hace pensar que hace bastante que viene ensayando este monólogo.

"stá andando?. Fantástico. Como te decía, mi buen, yo siempre tuve habilidad para...digamos, no habilidad, ideas, como para organizar una empresa. Mis padres tuvieron que sacarme pronto del colegio secundario, no había dinero para vivir ni para pagar las cuentas. Mi padre era un modesto zapatero, muy católico. Imagínese un lugar donde todos van descalzos y la Iglesia pregona que descalzos van los animales, así era mi pueblo de aquél entonces, y así de católico era mi padre, que encontraba en la Iglesia una ayuda para sus fines. Pero esto es México, hombre, y aquí la sangre funciona por sobre todas las cosas, así que al buen curita lo callaron un buen día los pobres que no podían comprarse zapatos y estaban orgullosos de eso y mi padre siguió con tan paupérrimos ingresos como siempre. Por eso tengo estos zapatos (me los muestra, son realmente lujosos, pero están llenos de arena). Me importa mucho cómo vestir los pies. Sí, están llenos de arena, pero estos son para trabajar. Éste quizá sea uno de mis últimos trabajos.

- Se retira? - pregunto yo.

Sí. Como te decía, mi buen, tengo entonces quince años y los pulmones llenos de fuerza. Yo detestaba el trabajo de mi padre; alguna vez, no lo niego, intenté trabajar con él. Pero nos llevábamos mal, porque él creía que su trabajo crecería con oraciones y yo creía que crecería charlando con los hacendados, diciéndoles que si sus empleados no llevaban zapatos se volverían comunistas. Mi padre odiaba la política y no la entendía, como no la entiendo yo. Entre hombres que hacen mi trabajo hay más honor que entre los políticos."

- Qué nos puede decir de Juan Gómez?

Un hombre admirable. Un hombre inteligente, hasta cierto punto. Un hombre, como yo. Yo me siento de alguna manera identificado con Juan Gómez.

- Por eso lo mandó a matar?

Se hace un incómodo silencio. Se para un minuto a servirse más whisky.

- Sabes, mi buen? No te he llamado a tí porque creo que seas el mejor de los reporteros. Así que no actués como tal. Te voy a contar una historia y la vas a imprimir. Quien pueda ver que vea, y sino, que se queden ciegos los que no se den cuenta.

- De qué?

Y allí se largó nuevamente a hablar.

"Tengo quince años. Participo de lunes a Jueves en las carreras de resistencia que se hacen al borde del desierto. El profesor de Gimnasia, señor del Río, nos dice que el día que la patria nos necesite, vamos a ser suficientemente machos como para defenderla. Corro, de lunes a jueves, diez kilómetros bajo el sol.El profesor del Río nos dice que del otro lado, los gringos nos han robado medio país y que nosotros, pendejos de mierda, nos hemos dejado robárnoslo. Esas palabras resuenan en mi mente. Las explicaciones parecen claras: del otro lado del desierto hay ciudades con nombres españoles: San Diego, Los Ángeles, California. Cada noche, en mi cabeza, resuenan esas dolorosas ideas: hemos perdido medio país porque hemos sido tan pendejos que nos lo han robado en nuestras propias narices."

"En ese momento ya cruzaba la gente para el otro lado. Eran pocos y se los despreciaba como siempre se desprecia a aquél que ha hecho algo mejor que uno: los conciudadanos decían que para lavar pisos en Estados Unidos mejor se quedaba lavando uno los suyos, en México. Esa era la posición que yo defendía. Hasta que un día llegó de Estados Unidos Fernando Madariaga."

"Usted es muy joven para acordarse de él. Fernando Madariaga cruzó de la forma más penosa para el otro lado: por el desierto. Debe haber llegado de casualidad. Bueno, cuando volvió ya no era el del desierto: volvió con un auto importado y con mujer gringa y dos gringuitos en el asiento de atrás, propios. El caso es que Fernando Madariaga había encontrado el sueño americano: se había deslomado allá haciendo múltiples tareas y ahora era rico. Hablaba inglés según me dicen, pero con mucho acento. Eso no le impedía cambiar de auto cada vez que venía o usar camisas caras, algunas de seda. En medio de un pueblo pobre del desierto, ?para qué usar seda? Volvió varias veces, y en una de ésas, donó plata para el hospital y el colegio que terminó siendo un auto nuevo para el intendente y otra cuenta en Suiza."

"Hay otra cosa que usted no sabe. Fernando Madariaga había sido mi compañero de Colegio secundario. Él sí habia podido terminarlo, pero a duras penas, no porque fuera un mal alumno, sino porque era un pésimo atleta: la pena o la compasión del profesor del Río hizo que terminara dando, en medio del desierto y a solas, su carrera de diez kilómetros necesaria para aprobar. Dicen que le importaba tanto aprobar el secundario que hasta se había puesto a entrenar. Finalmente la aprobó."

"Ver a Madariaga viniendo con ropa fina y autos a este desierto me llenó de odio. Aquél mariquita que había tenido que entrenar para sobrevivir una carrera que yo ya corría sin despeinarme, ahora me miraba por encima del hombro cuando venía a visitar a su madre y a sus hermanos, y encima, a traerles dinero. Mi padre seguía siendo pobre y católico, mi madre ya no podía limpiar más casas, y yo me sentía un inútil. La respuesta era obvia: yo también tenía que cruzar el desierto y hacerme rico como Fernando.

"Lo cruzé una noche que fueron al final tres, con tres compañeros que también odiaban a Madariaga. Ellos resoplaban, a mí me bastaban unas pocas gotas de agua cada media hora. La suerte de no ser fumador y cuidar el cuerpo. Todavía hoy sigo corriendo, pero ya no en el desierto. Administré con rigor mis fuerzas, y llegué entero a Estados Unidos. Mis compañeros se asombraban de mi gran estado físico.

Debo decir que Estados Unidos no me gustó. Yo soy un hombre de ciudad pequeña, y funciono bien en la tranquilidad de una ciudad pequeña. Aquí hay tiros y muertos, pero también hay tranquilidad; es más probable que a uno lo mate un tiro a que lo pise un auto. Debe ser uno de los pocos lugares del mundo donde se da esa maravilla. El otro lugar, Texas.

No me gustaban los trabajos que me ofrecían allá, y la verdad, yo no sido nunca destacado por trabajar mucho. Además, el hecho de que cualquier gringo me mirara con lástima o nervios, me ponía los pelos de punta. Yo no sirvo para lavar copas, mi buen amigo, yo soy un lanzador de ideas. Que las copas las laven otros.

A seis meses de vivir allá, uno de los amigos que había cruzado conmigo (y con el cual yo vivía) me preguntó si me animaba a traer a su novia desde México, cruzando el desierto. Le dije que sí y que me pagara por adelantado. Me dijo que no debía pagarme, pues yo vivía en su casa sin pagar mis gastos, dado que en aquél momento no trabajaba. Le dije que iba a arriesgar mi vida y la de su novia. Acordó en pagarme, al llegar.

Siempre he sido un hombre cauto. Crucé a la novia de mi amigo, una flaquita de vestido blanco que terminó amarillo de puro sucio. No fué un trabajo fácil, hasta ahora me acuerdo. Ella se emperraba en que no quería seguir, pero yo le daba agua y la levantaba a los tirones. Llegamos. Pero como temía que mi amigo no me pagara, la alojé en un hotel, y fuí a buscarlo a la salida de su trabajo. Me dijo que no debía a pagarme, que ambos éramos mexicanos y que yo le debía favores. Le dije que yo tenía a su novia en mi poder y que si quería volver a verla, me pagara. Finalmente accedió y le devolví a su novia.

Con el dinero encima, y sin ganas de quedarme viviendo entre los gringos, me volví a México. No había nadie que hubiera cruzado el desierto dos veces a pie y hubiese vuelto para contarlo, y como el mío es un pueblo chico, la bola se fué corriendo y empecé a cruzar gente una vez por semana y a cobrar por ello. Yo ya tenía mis papeles como residente en Estados Unidos, pero algo me decía que la policía de allá me estaba siguiendo. La de acá por supuesto que no, ellos trabajan para un poder político que cree que cuantos menos pobres tengan, es mejor.

Durante un año crucé por ese maldito desierto todas las semanas. Debo decirlo, no todo el mundo resistía la caminata de tres días al rayo de ese sol implacable. Algunos se morían de sed (incluso si yo les avisaba que llevaran toda el agua que pudieran). Otros, picados por las víboras que durante la noche buscaban el calor de nuestras fogatas (en ese tiempo podían hacerse todavía fogatas, ahora la Migra las detecta y detiene a nuestra gente).Al año me cansé, y volví con mis dólares y mis pesos a Estados Unidos, para organizar lo que yo ya tenía visto como una empresa.

Primero había que tercerizar el trabajo indeseable. Hablé con mi amigo, el de la novia, y le pregunté si quería recuperar el dinero que me había pagado y cobrarse aún unos cuántos dólares más. Le hago corta la historia: desde ése entonces es quién se ocupa de cobrarle a los familiares en Estados Unidos. Él ha armado allá también su empresa, que es siempre mí empresa. Yo necesitaba tenerlo del otro lado para que me cobrara en dólares y me los gire aquí. No le voy a contar toda ésa parte: podrían mandarme preso.- agregó, con una sonrisa irónica y triste.

Aquí hablé con el profesor del Río, que seguía entrenando jóvenes en la secundaria. Le pedí que cada año hablara con los de quinto año, que están siempre deseosos de obtener dinero y me mandara los que corrían mejor en el desierto. Que los entrenara como soldados, que juntos, él y yo, y sin disparar un sólo tiro, íbamos a devolver el sur de Estados Unidos al norte de México. Esa misma noche me pasó cinco nombres, que de un sólo tirón agrandaron mi empresa y me convirtieron, en un año, en un hombre muy rico. Pero cruzar el desierto no es fácil, así que muchos desertaban. Para completar entonces mi necesidad de muchachos que cruzaran el desierto, del Río me los empezó a mandar más jóvenes. Para convencerlos, puse un prostíbulo, del cual muchas veces se aprovecharon. No es un negocio para mí, pero como todo el mundo lo usa por estos lares, y se financia solo, bienvenido. Llevar a los jóvenes que empiezan allí es un gasto que me ayuda a mantener toda la empresa. Cuando vuelven, beben hasta el cansancio y a mi cuenta, se llevan a una chaparra al cuarto (la mayoría de las veces para dormir, solamente, sin hacer nada) y vuelven a su casa con sus bien ganados ingresos.

Con el tiempo empezaron a llegar a mis oficinas (yo ya tenía dos, una pública y otra semiescondida) personas que querían cruzar, pero no querían caminar por el desierto. Ahí empecé a usar la cabeza: pasaportes, dobles fondos en los autos, mercaderías, "bribes" a los oficiales de la Migra gringa. Ese servicio es bastante más caro, porque lleva mucho más trabajo previo, pero también es más efectivo, ya que el cliente siempre llega al otro lado.

He tenido varios problemas. Desde el concepto de empresa, hay mucha gente a la que le molesta que yo haga tanto dinero. A los narcos les molesta que la gente pase sin comerse varias cápsulas de cocaína. El negocio de la mula es excelente, pero, no es legal, y hay que mantener las apariencias de una industria honesta. Claro que hacemos cosas malas, como todas las industrias. Si no pagan por el emigrado lo tenemos guardado en un hotel, pero no es un secuestro, es apenas, como dicen los gringos, un "delay".

A la policía no le molesta que yo haga dinero, siempre que pague por mi protección. Los narcos están enojados conmigo porque no quiero convertir en camellos a mi gente. La policía está enojada conmigo porque dice que no le pago lo suficiente, pero llegado el caso, me protegerían. Bah, ahora no sé. Vió lo de anoche?

Con esto de la muralla tuve que empezar a contratar a otra gente. La empresa se vió afectada por una nueva dificultad, así que busqué a hombres fuertes que supieran cavar. También tuve que comprar casas y bares próximos a la frontera, para horadar desde allí la tierra. Hicimos varios huecos, pero, como usted sabe, el de Juan Gómez era el mejor. Todo el mundo sabe eso.

Según tengo entendido, Juan Gómez había estudiado arquitectura, durante dos años. Su pobreza y su falta de humildad (nunca vino a pedirme dinero para que lo ayudara en la carrera, sino, para estas fechas, estaría todavía vivo y sería todavía arquitecto) lo devolvieron a este pueblo polvoriento donde nació. Cuando se hizo el primer túnel, él le avisó a todos que iba a construir uno mejor, y que iba a cobrar poco por usarlo. Lo hizo efectivamente, y aprovechó su fama para denunciarme públicamente entre los inmigrantes y los coyotes el día que se desprendió la tierra del mío, matando a todos los que iban en su interior. Aunque usted no lo crea, ese día y los posteriores fueron terribles para mí. Yo no quiero que nadie muera. No me gusta la sangre y no me gusta la muerte. No va bien con los negocios. Si se me cae un túnel y la gente muere adentro, mis clientes futuros no querrán pasar la frontera conmigo. Eso fué lo que pasó y Juan Gómez comenzó a aprovecharse de mi desgracia.

Lo mandé llamar y vino. Le dije que no fuera estúpido y que me vendiera el túnel que él había hecho, o que me lo alquilara. Yo iba a necesitar siempre otros túneles. Que no le convenía tenerme como un enemigo. Que le convenía que yo fuera su socio siquiera. No razonaba. En ese aspecto no somos iguales, yo trato siempre de pensar si me están haciendo una oferta o quieren esquilmarme.

Por aquellos días yo me había conseguido un matón de poca monta. Otro muchacho que quería desbancarlo, vino a acompañarme ese día en la reunión con Juan. Era de pistola rápida, mientras Juan me mandaba a la mierda, mi pistolero nuevo, llevado por el fragor de la reunión, lo mató, por haberme faltado al respeto. Tuve que matar a mi propio matón, por haber disparado sin mi consentimiento. Como usted ve, no he sido yo el que ha matado a Juan Gómez. He matado una sola vez, y en defensa propia. Usted no es culpable si su pistolero saca la pistola demasiado rápido... Es la única vez que he asesinado a alguien porque ha puesto en riesgo mis negocios.

Pero al fin y al cabo no me salió bien. Ese pistolero no era un cualquiera, y el error fué mío. Ese pistolero era el hermano de alguien importante para la región. Esta noche me han mandado un mensaje. Han tomado prisioneros a varios policías y a varios civiles y los han asesinado, en mi lugar, en mi territorio: el desierto. Es por eso que le estoy contando todo esto. Usted publicará esto en la edición de mañana, en su diario. Yo ya estaré lejos de aquí.

- Eso es todo?

- Eso es todo.

Desgrabo ahora la grabación, ayudado por un café y varias aspirinas. Me corre un frío por la piel. Al cruzar la calle para ir a buscar mi auto,saco un cigarrillo y veo, mirando a la oficina de mi entrevistado, una figura que se dibuja en el espejo.

No era mi entrevistado. No llevaba la misma ropa. Escuché los tiros que acababan con la vida de Ismael Gutiérrez, el "Padre de los coyotes". Tengo la certeza de que si no me han matado a mí también, si han esperado que yo pusiera la llave en mi auto, me subiera, cerrara la puerta, y me fuera es para mandarle mediante esta nota publicada en el diario un mensaje a alguien. No sé a quién.


EL PASO.
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